Muchas veces siento que necesito una "larga cura de silencio". Las palabras a menudo llenan mi cabeza. Borbotan en mis oídos como agua en ebullición. Los pensamientos y los episodios que se suceden atropellándose y colmando mis horas son una especie de contaminación acústica interior. Hace unos días hacía unas fotocopias con cierta celeridad (como suelo hacer casi todo), cuando la máquina se detuvo y se negó a proseguir: "memoria llena". Lo mismo le pasa a mi pc cuando tengo una docena de ventanas abiertas y tres o cuatro programas funcionando a la vez: no responde, "memoria insuficiente".
En las últimas semanas me está pasando lo mismo. Mi pc interno no responde. Memoria saturada. Indudablemente, necesito una pausa. Necesito cerrar ventanas y focalizar mi atención en pocas cosas, o quizá en una sola. Necesito silencio.
Siempre se cuenta en nuestra congregación, como parte de la memoria de nuestro alumbramiento, que cuando el fundador eligió a dos, de entre las muchas mujeres que habían abrazado la vocación paulina, para ser discípulas del Divino Maestro, éstas preguntaron: "Y nosotras, ¿qué debemos hacer?" Entonces Santiago respondió: "Vosotras haréis silencio, silencio, silencio". A medida que pasan los años advierto cada vez más el valor de este "encargo".
El silencio es la única puerta de acceso al ser esencial.
El silencio es el camino a la re-ordenación, a la re-integración, al re-nacimiento.
El silencio es la antesala del encuentro con Dios, o quizá su único espacio posible.
El silencio es la urdimbre donde se tejen con cuidado las palabras creadoras de lo mejor que podemos ser.
Y paso del silencio a las palabras. Diariamente "hacemos cosas con palabras". Podemos acariciar o desgarrar, herir o curar, condenar o justificar, decir mentiras o decir verdades... Gloria Fuertes lo expresa de un modo que me gusta: "Cómo te quema el pelo la gente que te grita".
Tanto nuestras palabras como nuestros silencios "hacen cosas". Hay silencios que matan. Negar la palabra, la mirada o el saludo a una persona es como negar su vida. La quito de en medio. La ignoro como si no existiera. Hago que no exista. También hay palabras que matan. La murmuración y la infamia son modos muy sutiles de causar un daño irreparable. Por eso, la sabiduría bíblica dedica muchos proverbios al uso compasivo y sabio de las palabras:
"Quien habla sin tino hiere como espada,
mas la lengua de los sabios cura" (Prov 12,18)
"Quien contiene sus labios es sensato" (10,19)
"Quien vigila su boca guarda su vida...
El justo odia la palabra mentirosa,
pero el malo infama y deshonra" (13,3.5)
"Una respuesta suave calma el furor,
una palabra hiriente aumenta la ira" (15,1)
"Palabras suaves son panal de miel,
dulces al alma, saludables para el cuerpo" (16,24)
"El golpe del látigo produce cardenales,
el golpe de la lengua quebranta los huesos...
A tus palabras pon balanza y peso,
a tu boca pon puerta y cerrojo" (Eclo 28,17.25)
Hoy necesito silencio para vaciarme y para aquilatar una palabra que merezca la pena ser pronunciada.
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sábado, 22 de octubre de 2011
viernes, 14 de octubre de 2011
Gente corriente, buena gente
No hacen falta acontecimientos extraordinarios para hacer que un día te parezca especial. Aunque sí. Lo que alguien, anónimo hasta ahora para mí, ha hecho conmigo ha sido extraordinario.
Diez y media de la mañana en el campus de la universidad. Camino apresuradamente (como casi siempre) de la librería hacia la biblioteca, cargada (como siempre también) con numerosos bártulos sobre los hombros, bajo el brazo y en las manos... Sólo me falta aprender el arte de cargar un cesto sobre la cabeza en perfecto equilibrio para llevar conmigo los utensilios que siempre considero "imprescindibles".
No es de extrañar que, entre las prisas y las cargas, me pasara desapercibido el mínimo escalón del acceso al nuevo edificio, tropezara y cayera de bruces. En el "aterrizaje", carpetas por el suelo, gafas en medio de la cara, restregón de rodillas y yo, sin poder desembarazarme de los cachivaches para ponerme en pie. Y, como siempre en estos casos, las carreras de los espectadores para auxiliarte, y las palabras consoladoras: "Ya decíamos nosotros que aquí se caería más de uno..."
En fin, sacudo mi falda, doy gracias con una sonrisa aturdida y me dirijo, dolorida, hacia la biblioteca, con aspecto de haber sido arroyada por el AVE.
Me siento. Me duele mucho la rodilla, pero no quiero ni mirarla. Sólo que, a los pocos minutos, siento que la falda se me pega a la piel y que la sangre se desliza pierna abajo. Discretamente me miro. ¡Necesito un botiquín!
Así es que me dirijo a preguntarle al bibliotecario, al que conozco sólo de vista desde hace años.
-Antes había un botiquín por aquí, pero ahora, con las obras, no tengo ni idea.-me dice-. Aunque yo tengo algunas cosas que nos pueden servir.
Me hace entrar hacia el depósito de libros y me hace sentar en una silla. Entonces saca agua oxigenada y unas gasas de su pequeño botiquín particular. Yo quiero llevarme todo el instrumental médico al aseo y curarme yo misma, pero él insiste y se convierte en mi enfermero improvisado. Lentitud, delicadeza, cuidado... Casi diría que, ternura.
Y yo me dejo hacer, porque estoy sorprendida de esa espontánea bondad y esa candidez. Soy religiosa. Se ve a la legua. En general, eso provoca una especie de respeto y distanciamiento añadido... Pero a él no le importa en absoluto. No se corta lo más mínimo y me trata como a una amiga de toda la vida. Y me cuenta sus "accidentes" de trabajo en la universidad mientras me venda con maña la herida y se queda limpiando el agua oxigenada vertida por el suelo y recogiendo las gasas manchadas de betadine.
Sí, hoy me he visto sorprendida por el gesto y por el modo de este hombre, hasta ahora extraño para mí. Ahora sé su nombre.
Y de nuevo vuelvo a experimentar, con gratitud, que la bondad puede alcanzarme cuando menos me lo espero a través de gente corriente en la que, habitualmente, ni me fijo. Samaritanos anónimos que diariamente me pasan desapercibidos.
Diez y media de la mañana en el campus de la universidad. Camino apresuradamente (como casi siempre) de la librería hacia la biblioteca, cargada (como siempre también) con numerosos bártulos sobre los hombros, bajo el brazo y en las manos... Sólo me falta aprender el arte de cargar un cesto sobre la cabeza en perfecto equilibrio para llevar conmigo los utensilios que siempre considero "imprescindibles".
No es de extrañar que, entre las prisas y las cargas, me pasara desapercibido el mínimo escalón del acceso al nuevo edificio, tropezara y cayera de bruces. En el "aterrizaje", carpetas por el suelo, gafas en medio de la cara, restregón de rodillas y yo, sin poder desembarazarme de los cachivaches para ponerme en pie. Y, como siempre en estos casos, las carreras de los espectadores para auxiliarte, y las palabras consoladoras: "Ya decíamos nosotros que aquí se caería más de uno..."
En fin, sacudo mi falda, doy gracias con una sonrisa aturdida y me dirijo, dolorida, hacia la biblioteca, con aspecto de haber sido arroyada por el AVE.
Me siento. Me duele mucho la rodilla, pero no quiero ni mirarla. Sólo que, a los pocos minutos, siento que la falda se me pega a la piel y que la sangre se desliza pierna abajo. Discretamente me miro. ¡Necesito un botiquín!
Así es que me dirijo a preguntarle al bibliotecario, al que conozco sólo de vista desde hace años.
-Antes había un botiquín por aquí, pero ahora, con las obras, no tengo ni idea.-me dice-. Aunque yo tengo algunas cosas que nos pueden servir.
Me hace entrar hacia el depósito de libros y me hace sentar en una silla. Entonces saca agua oxigenada y unas gasas de su pequeño botiquín particular. Yo quiero llevarme todo el instrumental médico al aseo y curarme yo misma, pero él insiste y se convierte en mi enfermero improvisado. Lentitud, delicadeza, cuidado... Casi diría que, ternura.
Y yo me dejo hacer, porque estoy sorprendida de esa espontánea bondad y esa candidez. Soy religiosa. Se ve a la legua. En general, eso provoca una especie de respeto y distanciamiento añadido... Pero a él no le importa en absoluto. No se corta lo más mínimo y me trata como a una amiga de toda la vida. Y me cuenta sus "accidentes" de trabajo en la universidad mientras me venda con maña la herida y se queda limpiando el agua oxigenada vertida por el suelo y recogiendo las gasas manchadas de betadine.
Sí, hoy me he visto sorprendida por el gesto y por el modo de este hombre, hasta ahora extraño para mí. Ahora sé su nombre.
Y de nuevo vuelvo a experimentar, con gratitud, que la bondad puede alcanzarme cuando menos me lo espero a través de gente corriente en la que, habitualmente, ni me fijo. Samaritanos anónimos que diariamente me pasan desapercibidos.
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| Mosaico: Jesús, samaritano (Marco Rupnik) |
martes, 11 de octubre de 2011
¿Hacemos las paces?
Termina un día largo y cansado, y quiero regalaros, y regalarme de nuevo, este hermoso escrito de mi hermana. Es un don, y una delicia, narrar la vida como acariciándola con palabras tan audaces y tan auténticas. Incluso si lo que se narra son sólo sucedáneos.
Esa era una frase muy común en la infancia, en mi infancia: ¿Hacemos las paces? Y hacer las paces significaba que el enfado se olvidaba, que esa soledad que conllevaba la enemistad pasajera y esa pequeña marea interior de desamparo por la pérdida de la amistad, de la complicidad y del dañado afecto, desaparecía ipso facto con solo asentir con la cabeza. Que todo tenía arreglo con ese humilde gesto afirmativo que admitía el deseo de paz; que había un borrón y cuenta nueva; que ya había de nuevo motivos para reír y jugar; que el mundo se había vuelto a recomponer. Y, ciertamente, recuerdo una agradable sensación de paz cuando hacíamos las paces, cuando a través de la persona que te importaba, y a la que demandabas esa alianza de paz, te reconciliabas de alguna manera con el mundo.
No estoy segura de si, con los años, se aprende a convivir en paz con el mundo, creo que más bien se trata de indiferencia, deliberada indolencia. Lo cierto es que, a pesar de que el mundo parece librar una batalla contra los seres que lo habitan, mis cuentas particulares están saldadas, y que con quien únicamente tengo necesidad de hacer las paces es conmigo misma. No traigo más luchas, me basta con ésa. Creo que llevo media vida (año arriba, año abajo) pidiéndome de vez en cuando hacer las paces.
El espíritu de superviviencia me ha llevado a encontrar muchos sucedáneos de paz: la escritura, escuchar música, la lectura, un paseo vespertino descalza por una playa, el deporte... Mantengo una alianza permanente con todos ellos; son el otro lado de la balanza. Pero hay dos cosas que me reconcilian especialmente con la vida: Mis hijas cuando duermen y la voz de mi hermana unida a la mía en una canción, esta última es una auténtica tabla de salvación... Es aquel gesto afirmativo que me devolvía la paz cuando era niña.
No estoy segura de si, con los años, se aprende a convivir en paz con el mundo, creo que más bien se trata de indiferencia, deliberada indolencia. Lo cierto es que, a pesar de que el mundo parece librar una batalla contra los seres que lo habitan, mis cuentas particulares están saldadas, y que con quien únicamente tengo necesidad de hacer las paces es conmigo misma. No traigo más luchas, me basta con ésa. Creo que llevo media vida (año arriba, año abajo) pidiéndome de vez en cuando hacer las paces.
El espíritu de superviviencia me ha llevado a encontrar muchos sucedáneos de paz: la escritura, escuchar música, la lectura, un paseo vespertino descalza por una playa, el deporte... Mantengo una alianza permanente con todos ellos; son el otro lado de la balanza. Pero hay dos cosas que me reconcilian especialmente con la vida: Mis hijas cuando duermen y la voz de mi hermana unida a la mía en una canción, esta última es una auténtica tabla de salvación... Es aquel gesto afirmativo que me devolvía la paz cuando era niña.
martes, 18 de enero de 2011
Uno diez
Los martes de las últimas semanas, a nuestro regreso de Madrid, en plena hora punta, siempre nos pilla un atasco realmente cansado y exasperante hasta pasar la última salida de Parla. Así es que hoy decidí probar un camino alternativo para evitarle la pesadez a mi compañera de viaje: la autopista AP-41 hacia Toledo, maravilloso trayecto cómodo y seguro, "treinta minutos sin atascos".
El caso es que, como eso lo pensé poco antes de tomar el desvío hacia la susudicha autopista, no había preparado unas monedas, a mano, para el pago del pequeño primer trayecto que une la M-40 con la AP-41. Cuando detuve el coche ante el control de peaje, la chica exclamó: "Uno diez". Eché mano al bolso que había dejado en el asiento trasero y tras rebuscar afanosamente, no había manera de encontrar la cartera por ninguna parte. En ninguno de sus cinco bolsillos, ni en el bolso propiamente dicho, oculta entre mis libros, mi libreta, mis lápices y una cámara de fotos. Busqué entonces en el bolsillo de la falda, sin éxito. Tiré ya con cierta agitación de la chaqueta, que también estaba en el asiento de atrás, y rebusqué con impaciencia en sus bolsillos. Nada. ¿En la guantera del coche? Tampoco. Y, sin embargo, yo había cogido la cartera. Estaba segura, porque minutos antes había hecho uso de ella en el parking. "Disculpa, joven. No encuentro la cartera. Espérame un momento...". Ella esperaba sin impaciencia, casi con bondad. Bajé del coche y abrí la puerta trasera, buscando en los asientos con los ojos y con las manos (se veía poco, a pesar de la luna casi llena que luego nos alumbró todo el "cómodo" camino solitario en medio de una gran neblina). Entre tanto, seis coches más hacían cola y ellos sí comenzaban a impacientarse...
Tras constatar finalmente la evidencia de que debía de haberme dejado la cartera en el parking miré a la joven cajera con ojos de cordero degollado y me disponía a rogarle: "Mira, págame tú el peaje, por favor, porque he debido de perder la cartera en Madrid...". Pero sólo le dije: "De verdad te aseguro que tenía la cartera. Mira el ticket del parking. Si acabo de pagar...". Pero mientras le decía esas palabras bajé la mirada y mis ojos fueron a caer en una espléndida moneda, en el suelo, junto a la puerta delantera del coche. Me agaché a cogerla y vi otra monedita junto a ella. "¿Cuánto has dicho que tengo que darte?" "Uno diez", repitió ella, mientras yo le mostraba, incrédula, el euro con diez, recogidos del suelo. Hasta tal punto llegó mi desconcierto (y creo que el suyo) que llegué a preguntarle: "¿No lo habrás puesto tú, verdad?" (quería decir si no se le habría caído a ella desde la ventanilla de su puesto.) "No, claro", dijo ella, recibiendo las monedas de mis manos. "Pues adiós". "Adiós".
Por cierto, a nadie le recomiendo huír del atasco de Parla, por ningún motivo, al menos, de noche. La rápida y cómoda AP-41 queda un poco a desmano, parece una carretera fantasma y bancos de niebla la invaden cada poco en estas gélidas noches de invierno.
lunes, 18 de octubre de 2010
El difícil arte de estar enteramente presente
Hoy no quería arriesgarme a quedarme sin la oración diaria, y he decidido asegurarla quedándome en la iglesia, tras la Eucaristía. En casa me reclaman muchas tareas pendientes y muchos cuidados inexcusables. Pero la oración es también inexcusable si quiero vivir en y desde Dios.
En el templo hace frío y el silencio está ausente. En su lugar, un ruido constante de coches y autobuses, con su chirrido estridente al frenar, constituyen la banda sonora de mi oración silenciosa. Aun así, prefiero estar lejos de la tentación de atender a lo urgente descuidando lo importante.
Llevo un minuto intentando silenciarme cuando una mujer mayor, sin presentación previa, se sienta junto a mí y comienza a hablarme: le ha hecho a la Virgen la promesa de "leer en misa", pero no sabe leer bien y quiere que alguna hermana (por ejemplo, yo) la escuche y la ayude a hacer "prácticas" para adquirir soltura y poder cumplir su promesa. (Por una parte, su deseo me resulta conmovedor).
-"Porque verá, mi marido..."
Y me cuenta toda la historia de su marido, fumador empedernido al que le diagnosticaron hace semanas un cáncer de pulmón bastante grave: su estancia en el hospital, su curación, la cabezonería del enfermo curado que no le ha dado las gracias a la Virgen por el don de su sanación... etc, etc.
Mientras escuchaba, interiormente me reía de mí misma y de mi pretensión de "retirarme apaciblemente" a rezar, a la vez que la voz de Jesús apaciguaba mi impaciencia: "No mires el reloooooj. ¿No estarás pensando en decirle que tienes que marcharte? ¿Vas a dejarla plantada como aquel sacerdote que dejó al hombre apaleado tirado en el camino porque tenía que rezar? Escúchala. Escucha con todo el corazón. Escucharla es ahora tu oración".
Y esas palabras batallaban con estas otras, clamorosas: "¡No hay derecho! ¡Será posible que no pueda yo descansar ni un rato de los problemas ajenos!..."
Y, a la vez, en medio de esa lucha, trataba de articular alguna respuesta sensata a la petición de esa mujer: "leer en misa, aunque no sé leer, porque se lo he prometido a la Virgen..."
Señor, ¡cómo la habrías escuchado Tú! ¡Cómo mirarías tú a esa mujer, como si sólo ella existiera en el mundo! Pero yo estoy dividida. No hay un único interés en mí, que es la absoluta ausencia de interés y la absoluta solicitud por esta mujer que, -por algo será-, hoy se ha acercado a mí.
Te lo suplico, Jesús: ¡Vive en mí! ¡Actúa a través de mí!
Pienso ahora que el encuentro con esa mujer era lo más importante de toda la mañana. Pero yo no estaba enteramente presente para darme del todo a ella.
--------------------------------------
"No reces nunca en una habitación sin ventanas" (Talmud)
(Joan Chittister, El aliento del alma. Reflexiones sobre la oración, Sal Terrae 2010, 17-18)
En el templo hace frío y el silencio está ausente. En su lugar, un ruido constante de coches y autobuses, con su chirrido estridente al frenar, constituyen la banda sonora de mi oración silenciosa. Aun así, prefiero estar lejos de la tentación de atender a lo urgente descuidando lo importante.
Llevo un minuto intentando silenciarme cuando una mujer mayor, sin presentación previa, se sienta junto a mí y comienza a hablarme: le ha hecho a la Virgen la promesa de "leer en misa", pero no sabe leer bien y quiere que alguna hermana (por ejemplo, yo) la escuche y la ayude a hacer "prácticas" para adquirir soltura y poder cumplir su promesa. (Por una parte, su deseo me resulta conmovedor).
-"Porque verá, mi marido..."
Y me cuenta toda la historia de su marido, fumador empedernido al que le diagnosticaron hace semanas un cáncer de pulmón bastante grave: su estancia en el hospital, su curación, la cabezonería del enfermo curado que no le ha dado las gracias a la Virgen por el don de su sanación... etc, etc.
Mientras escuchaba, interiormente me reía de mí misma y de mi pretensión de "retirarme apaciblemente" a rezar, a la vez que la voz de Jesús apaciguaba mi impaciencia: "No mires el reloooooj. ¿No estarás pensando en decirle que tienes que marcharte? ¿Vas a dejarla plantada como aquel sacerdote que dejó al hombre apaleado tirado en el camino porque tenía que rezar? Escúchala. Escucha con todo el corazón. Escucharla es ahora tu oración".
Y esas palabras batallaban con estas otras, clamorosas: "¡No hay derecho! ¡Será posible que no pueda yo descansar ni un rato de los problemas ajenos!..."
Y, a la vez, en medio de esa lucha, trataba de articular alguna respuesta sensata a la petición de esa mujer: "leer en misa, aunque no sé leer, porque se lo he prometido a la Virgen..."
Señor, ¡cómo la habrías escuchado Tú! ¡Cómo mirarías tú a esa mujer, como si sólo ella existiera en el mundo! Pero yo estoy dividida. No hay un único interés en mí, que es la absoluta ausencia de interés y la absoluta solicitud por esta mujer que, -por algo será-, hoy se ha acercado a mí.
Te lo suplico, Jesús: ¡Vive en mí! ¡Actúa a través de mí!
Pienso ahora que el encuentro con esa mujer era lo más importante de toda la mañana. Pero yo no estaba enteramente presente para darme del todo a ella.
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"No reces nunca en una habitación sin ventanas" (Talmud)
"Oramos para convertirnos en agentes santos del Dios que nos hizo
para que cuidáramos de la tierra y de todos sus pobladores.
Para asegurarnos de estar viviendo una auténtica vida de oración,
hemos de examinar siempre los frutos que produce en nosotros.
¿Estamos realmente preocupados por los demás por habernos acercado al Dios que los ama
o, por el contrario, hemos transformado la oración en un refugio que nos protege
de las exigencias que nos plantea el ser plenamente humanos?
La oración está destinada a hacernos ver el mundo tal como Dios lo ve.
El compromiso con las necesidades del mundo
es signo de la presencia de Dios en nosotros"
(Joan Chittister, El aliento del alma. Reflexiones sobre la oración, Sal Terrae 2010, 17-18)
miércoles, 6 de octubre de 2010
¿Cuál es tu tormento?
Hace días me enteré de la muerte de un conocido por el que sentía gran aprecio y simpatía. Era un hombre joven, de fe, alegre y entregado a su tarea. Era un hombre querido allí por donde iba pasando. No estaba solo. Tenía grandes amigos y muchos conocidos con los que podía relacionarse, comunicarse y explayar su vida. Y aun así, no sé por qué misteriosa o absurda razón, se quitó la vida.
Dudo que un enfermo de desesperación tenga esa libertad. Pero a los que estamos sanos siempre nos quedará la posibilidad de arriesgarnos a preguntar: "¿Cuál es tu tormento? ¿Hay algo que pueda hacer por ti hoy?" (1).
.........................................
(1) Cf. Simone Weil, A la espera de Dios, Trotta 1998, 72: "Los desdichados no tienen en este mundo mayor necesidad que la presencia de alguien que les preste atención. La capacidad de prestar atención a un desdichado es cosa muy rara, muy difícil; es casi -o sin casi-un milagro...
La plenitud del amor al prójimo estriba simplemente en ser capaz de preguntar: "¿Cuál est tu tormento?". Es saber que el desdichado existe, no como una unidad más en un serie, no como ejemplar de una categoría social que porta la etiqueta "desdichados", sino como hombre, semejante en todo a nosotros, que fue un día golpeado y marcado con la marca inimitable de la desdicha. Para ello es suficiente, pero indispensable, saber dirigirle una cierta mirada...".
También es para mí un misterio el hecho de que una persona no pueda gritar su angustia, ni pedir ayuda, ni aferrarse a las manos de alguien para salir de su infierno. Y otro absurdo incomprensible es que podamos convivir con personas desesperadas sin darnos cuenta del abismo de su desesperación, o quizá sin atrevernos a preguntar cuál es su tormento.
En cualquier caso, este hombre joven, que tenía toda una vida de posibilidades por delante, ya no está. Creo que el Dios en quien creo, si tuviera manos y pies, hubiera corrido a detener sus pasos y hubiera tirado de él hacia la vida, exactamente como lo habría hecho un amigo, una madre o un padre.
Pero Dios "está en el cielo y nosotros aquí, en la tierra" (Qohélet), y nos ha dado la bendita y la maldita libertad de elegir lo que hacemos de nosotros mismos.Dudo que un enfermo de desesperación tenga esa libertad. Pero a los que estamos sanos siempre nos quedará la posibilidad de arriesgarnos a preguntar: "¿Cuál es tu tormento? ¿Hay algo que pueda hacer por ti hoy?" (1).
.........................................
(1) Cf. Simone Weil, A la espera de Dios, Trotta 1998, 72: "Los desdichados no tienen en este mundo mayor necesidad que la presencia de alguien que les preste atención. La capacidad de prestar atención a un desdichado es cosa muy rara, muy difícil; es casi -o sin casi-un milagro...
La plenitud del amor al prójimo estriba simplemente en ser capaz de preguntar: "¿Cuál est tu tormento?". Es saber que el desdichado existe, no como una unidad más en un serie, no como ejemplar de una categoría social que porta la etiqueta "desdichados", sino como hombre, semejante en todo a nosotros, que fue un día golpeado y marcado con la marca inimitable de la desdicha. Para ello es suficiente, pero indispensable, saber dirigirle una cierta mirada...".
viernes, 5 de octubre de 2007
A mi siamesa, pequeña escritora en germen
Cuando era niña, le robé "la libreta de la cuentas" a mi padre, una pequeña libreta en la que apuntaba entradas, salidas, compra de piensos, venta de animales... Se la cogí sin intención de robársela. La verdad es que ahora no me explico cómo pude hacerlo. Era un "documento" importante para él. Pero yo lo único que quería era JUGAR A SER ESCRITORA. Porque, lo curioso es que aún no sabía escribir. Arranqué las páginas de números, que estorbaban y desdecían en la edición que pensaba preparar, y comencé a rellenar las hojas trazando líneas y garabatos semejantes a la letra de algunos médicos que piensan que cuanto más ilegible, más inteligente... Era una forma de dibujar los párrafos de una posible novela escrita.
No os digo cómo se descubrió "el pastel" ni lo que sentí cuando mi padre se encaró conmigo, me tiró lenta y largamente de la oreja hasta ponérmela roja como un tomate, y me dijo que si volvía a mentir, "llamaría a la guardia civil" (lo de "mentir" era porque mil veces preguntó por su libreta, y mil veces yo me callé...; lo de la guardia civil ahora no viene al caso...).
La guardia civil me importaba bien poco. Me importó la confianza traicionada de mi padre. Pero eso ya es otra historia.
Pocos años más tarde, cuando ya sabía escribir "la o con un canuto y algo más", escribí mi primera "novelita". Otro motivo para avergonzarme, porque estaba escrita a imagen y semejanza de las novelas de Corín Tellado que venían en el Ariel, con olor a polvo inmaculado. Se la dejé a mis amigas y mis amigas, con una "envidiable discrección", se la pasaron al profesor de lengua, que me llamó la atención públicamente en clase. Yo tenía doce años. No recuerdo si me puse roja o blanca cuando me llamó a su mesa y me enseñó mis páginas... El caso es que, contra todo lo previsible, él sonreía con paciente bondad y me animó a seguir escribiendo. Al final, añadió: "Sólo que, si quieres escribir, te aconsejo que seas tú misma y que lo hagas siempre sobre cosas que conoces, que vives, que te hacen vibrar" (¡quién me iba a decir que el seco y "borde" de don Juan guardaba alguna semejanza con el profe del Club de los poetas muertos...!).
Han pasado los años y no soy escritora. Pero me sigue encantando escribir. Como al que le encanta ver cine, leer filosofía, viajar, jugar al ajedrez, coleccionar sellos o hacer deporte compulsivamente... Escribir no es algo que elijo. Es una necesidad que me elige.
Y creo entender que ESO MISMO ES LO QUE TE PASA A TI, mi querida siamesa. Escribir es re-crear, en el taller de la propia interioridad, la realidad vivida. Escribir es aplicar un photoshop de imaginación a lo prosaico. Escribir es rescatar la belleza de lo cotidiano y ofrecérsela a otro dibujada en palabras. Escribir es como pintar la realidad de colores o en blanco y negro, de forma abstracta, hiperrealista, impresionista o de otras mil maneras distintas. Y, se haga peor o mejor, para algunas personas es como respirar. ¿Alguien puede entender esto?
ME ENCANTA CÓMO RESCATAS Y RECREAS TÚ LA REALIDAD, desde los diálogos con Dios de "tu loca bajita", hasta el amor a "tu Felipe" del que dices que "sabe a licor de café" (¡!!! Cuando leí esto me pregunté a qué me sabe a mí Dios y las personas a las que amo. ¿LO ENTIENDE ÉL, "FELIPE", CUANDO LO LEE?).
No sé por qué recuerdo ahora la película "El piano". Ella era muda y la habían casado con alguien a quien no conocía y, por tanto, no podía amar aún. El marido trató de seducirla, de enamorarla, sin captar que la voz de ella, su lenguaje y su modo de comunicarse con el mundo exterior era... su piano, su música. Sólo quien "pilló" ese pequeño detalle pudo contactar con ella y tomar posesión de todos sus afectos.
¡Ah! Ya sé por qué me he acordado de El piano. Porque tu voz es escribir sobre lo más prosaico y cotidiano para convertirlo en extraordinario. Y si alguien quiere "feeling" contigo, tendrá que hacer un curso intensivo leyéndote desde enero hasta el presente e intentando escribirte en "tu idioma". O, al menos, susurando: "Sí, te entiendo. Créeme que te entiendo".
martes, 2 de octubre de 2007
Él me lleva
Domingo, 12 de la mañana.
Me encuentro barriendo el arroz arrojado a la puerta de la parroquia de Santa Teresa. Manuel, un andaluz, mendigo por necesidad, sentado sobre su manta, pide para poder ir a Talavera.
Se levanta y merodea a mi alrededor. Yo le miro y sonrío, pero permanezco en silencio, mientras continúo amontonando kilos de arroz en numerosos montones del pórtico de entrada (mi madre diría, a juzgar por el despilfarro, "¡qué familia más "importanciosa", la de los recién casados!").
Manuel inicia la conversación diciendo que los cantos de la Eucaristía eran hermosos, que entró en el templo y estuvo en la celebración porque quería cantar.
-Hacen ustedes misas muy bonitas aquí -dice.
-Me alegro de que le haya gustado -respondo.
Realmente me alegro. Y también me sorprendo de que un hombre de aspecto tosco, descuidado y apestando a vino sonría ahora como un niño y hable con la ilusión de un adolescente.
-Me sé "Dios está aquí", pero con otra letra -dice con brillo en los ojos.
Le pregunto "de dónde viene y adónde va", como los antiguos de la Biblia, y él responde que de Sevilla y a Damiel, a vendimiar. Termina contándome la historia de su vida, su paso de albergue en albergue, sus penurias y calamidades, su profunda religiosidad...
Cuando saca un crucifijo del bolsillo de su camisa, le digo:
-¡Ah! ¿Lo lleva siempre con usted? .- Y él, sin escucharme, afirma con serena emoción:
-Él me lleva siempre.
El vello de sus brazos se eriza cuando lo dice, con toda naturalidad, sin sentimentalismo ni afectación; con seriedad y casi con ternura.
Quedo sorprendida (y estremecida, como él) por esa confesión y por esa experiencia casi inédita entre los cristianos que, por cierto, nunca esperaríamos escuchar de los labios de un mendigo con aspecto de borracho: la experiencia profunda y casi mística de que es Dios el que nos lleva como en volandas; la experiencia de que el Señor, a pesar de múltiples evidencias que dirían lo contrario, cuida nuestra vida.
Me pareció que era un hombre sencillamente bondadoso y no precisamente poco inteligente. ¿Por qué, entonces, llevaba esa vida desarraigada y menesterosa? Una historia de desamor. Lo abandonó su mujer, el encanto de sus ojos, y ahora ella vivía con otro hombre. ¿Más familia? Un hijo casado que acababa de darle su primera nieta, Ana.
Manuel bebe. ¿Se entregó a la bebida para calmar el dolor del abandono? Probablemente. ¿O fue abandonado porque bebía sin poder evitarlo, haciendo insufrible la convivencia? Quizá. No pregunté. Aun así, no se quejó de la vida. No había en él una actitud amarga o resentida, sino conformidad con lo que le había sobrevenido.
Me dejó sorprendida y avergonzada de mis pretensiones, por todo lo que le pido a la vida sin caer en la cuenta de que ya me ha sido dado todo lo que necesito para ser feliz.
......................................
Me encuentro barriendo el arroz arrojado a la puerta de la parroquia de Santa Teresa. Manuel, un andaluz, mendigo por necesidad, sentado sobre su manta, pide para poder ir a Talavera.Se levanta y merodea a mi alrededor. Yo le miro y sonrío, pero permanezco en silencio, mientras continúo amontonando kilos de arroz en numerosos montones del pórtico de entrada (mi madre diría, a juzgar por el despilfarro, "¡qué familia más "importanciosa", la de los recién casados!").
Manuel inicia la conversación diciendo que los cantos de la Eucaristía eran hermosos, que entró en el templo y estuvo en la celebración porque quería cantar.
-Hacen ustedes misas muy bonitas aquí -dice.
-Me alegro de que le haya gustado -respondo.
Realmente me alegro. Y también me sorprendo de que un hombre de aspecto tosco, descuidado y apestando a vino sonría ahora como un niño y hable con la ilusión de un adolescente.
-Me sé "Dios está aquí", pero con otra letra -dice con brillo en los ojos.
Le pregunto "de dónde viene y adónde va", como los antiguos de la Biblia, y él responde que de Sevilla y a Damiel, a vendimiar. Termina contándome la historia de su vida, su paso de albergue en albergue, sus penurias y calamidades, su profunda religiosidad...
Cuando saca un crucifijo del bolsillo de su camisa, le digo:
-¡Ah! ¿Lo lleva siempre con usted? .- Y él, sin escucharme, afirma con serena emoción:
-Él me lleva siempre.
El vello de sus brazos se eriza cuando lo dice, con toda naturalidad, sin sentimentalismo ni afectación; con seriedad y casi con ternura.
Quedo sorprendida (y estremecida, como él) por esa confesión y por esa experiencia casi inédita entre los cristianos que, por cierto, nunca esperaríamos escuchar de los labios de un mendigo con aspecto de borracho: la experiencia profunda y casi mística de que es Dios el que nos lleva como en volandas; la experiencia de que el Señor, a pesar de múltiples evidencias que dirían lo contrario, cuida nuestra vida.
Me pareció que era un hombre sencillamente bondadoso y no precisamente poco inteligente. ¿Por qué, entonces, llevaba esa vida desarraigada y menesterosa? Una historia de desamor. Lo abandonó su mujer, el encanto de sus ojos, y ahora ella vivía con otro hombre. ¿Más familia? Un hijo casado que acababa de darle su primera nieta, Ana.
Manuel bebe. ¿Se entregó a la bebida para calmar el dolor del abandono? Probablemente. ¿O fue abandonado porque bebía sin poder evitarlo, haciendo insufrible la convivencia? Quizá. No pregunté. Aun así, no se quejó de la vida. No había en él una actitud amarga o resentida, sino conformidad con lo que le había sobrevenido.
Me dejó sorprendida y avergonzada de mis pretensiones, por todo lo que le pido a la vida sin caer en la cuenta de que ya me ha sido dado todo lo que necesito para ser feliz.
......................................
EL SILENCIO NECESARIO
"Las palabras crean ídolos de Dios,
sólo el silencio intuye algo"
(Parafraseando a San Gregorio de Nisa)
Haciéndome al silencio de Buenafuente; 23.9.2007

El silencio de mi habitación es tan rotundo como la NADA.
Un silencio que taladra mis oídos con su sorda vaciedad, provocándoles dolor. Un silencio que causa el mismo efecto que la sed en la boca, o que el hambre en el estómago:hambre y sed de los sonidos del devenir humano, de las voces hermosas que ponen nombre a la realidad, de la música sin la cual esta vida sería visiblemente defectuosa...
La cadencia suave, martilleante y rítmica de un reloj en la capilla marca el compás en que transcurre el tiempo de este silencio eterno e inamovible. Estoy aquí sentada, y anhelo los rostros y las voces, el enjambre bullicioso de las gentes en la ciudad.
No podría prescindir de todo eso y sumergirme para siempre en este estático silencio roto, tan sólo, por la rítmica cadencia, eternamente igual, de las agujas de ese reloj de pared.
¿Resuena tu Voz mejor aquí que en las voces vivaces de aquellos a quienes amas? ¿Estás más presente "lejos del mundanal ruido" que en el ruidoso mundo que Tú mismo has creado, alumbrándolo, como una madre? ¿Eres más fácil de encontrar en estos montes quietos y deshabitados que en el cáncer de Gloria, en los dolores de mi madre, en la fraternidad de mi comunidad, en las gentes de mi parroquia, en los hambrientos de tu Palabra, en el agitado devenir de los coches, en la risa desatada de "mis locas bajitas", en las ondas de una emisora de radio humilde...?
Quizá este silencio sólo pretende gritar, con el estridente retumbar de su vacío, que Dios está llenando todo este mundo bullicioso del que, aparentemente, está ausente y despreocupado.
Y, si es así, este silencio es absolutamente necesario, tan necesario como el aliento para tener vida. Porque nos es necesario saber que no duermes, que velas eternamente cada uno de nuestros pasos, que nos amas con mayor densidad y hondura que este silencio que nos envuelve.
Tengo aún cinco días para intentar que me hable tu silencio. Este silencio que hace daño a mis oídos como el tañer de mil campanas desatadas.
sólo el silencio intuye algo"
(Parafraseando a San Gregorio de Nisa)
Haciéndome al silencio de Buenafuente; 23.9.2007

El silencio de mi habitación es tan rotundo como la NADA.
Un silencio que taladra mis oídos con su sorda vaciedad, provocándoles dolor. Un silencio que causa el mismo efecto que la sed en la boca, o que el hambre en el estómago:hambre y sed de los sonidos del devenir humano, de las voces hermosas que ponen nombre a la realidad, de la música sin la cual esta vida sería visiblemente defectuosa...
La cadencia suave, martilleante y rítmica de un reloj en la capilla marca el compás en que transcurre el tiempo de este silencio eterno e inamovible. Estoy aquí sentada, y anhelo los rostros y las voces, el enjambre bullicioso de las gentes en la ciudad.
No podría prescindir de todo eso y sumergirme para siempre en este estático silencio roto, tan sólo, por la rítmica cadencia, eternamente igual, de las agujas de ese reloj de pared.
¿Resuena tu Voz mejor aquí que en las voces vivaces de aquellos a quienes amas? ¿Estás más presente "lejos del mundanal ruido" que en el ruidoso mundo que Tú mismo has creado, alumbrándolo, como una madre? ¿Eres más fácil de encontrar en estos montes quietos y deshabitados que en el cáncer de Gloria, en los dolores de mi madre, en la fraternidad de mi comunidad, en las gentes de mi parroquia, en los hambrientos de tu Palabra, en el agitado devenir de los coches, en la risa desatada de "mis locas bajitas", en las ondas de una emisora de radio humilde...?
Quizá este silencio sólo pretende gritar, con el estridente retumbar de su vacío, que Dios está llenando todo este mundo bullicioso del que, aparentemente, está ausente y despreocupado.
Y, si es así, este silencio es absolutamente necesario, tan necesario como el aliento para tener vida. Porque nos es necesario saber que no duermes, que velas eternamente cada uno de nuestros pasos, que nos amas con mayor densidad y hondura que este silencio que nos envuelve.
Tengo aún cinco días para intentar que me hable tu silencio. Este silencio que hace daño a mis oídos como el tañer de mil campanas desatadas.
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