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miércoles, 2 de octubre de 2013

La oración es... "dejar que Él me encuentre en medio de todo mi ruido"

Una joven de Madrid me cuenta cómo vive ella la oración. Me parece hermoso e inspirador lo que dice, y aquí os lo dejo.
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¿QUÉ ES, PARA MÍ, LA ORACIÓN? 
Me gusta pensar que la oración es el rato que reservo para que Jesús me mire y yo le mire a Él. Y no siempre me resulta fácil sentarme delante de Él y dejar que Él me mire. Que mire mi miseria, mi pequeñez, mi pecado, mi indignidad… y lo ame. Que mire en mi corazón, las cosas buenas, y las cosas que me avergüenzan, las que nadie ve. Que lea los nombres y los rostros por los que yo no me acuerdo de pedirle. Y dejarle deshacer mis nudos, limpiar mis heridas, barrer mis miserias… dejarle hacer. Y mirarle yo, a Él, a los ojos, sabiéndome indigna y pequeñita. Dejar que me quiera. 
Cuando me cuesta especialmente pongo una imagen suya delante, pegada en la pared o en el suelo. Es fácil bajar la cabeza y no mirarle… pero entonces Él me dice: “mírame, venga, no tengas miedo y deja que te mire yo también a los ojos”. Y Él se ríe, de mi torpeza, de mi vergüenza por cosas absurdas… y yo me río con Él de mí misma… de no haber confiado. 

A veces, mi oración no es tanto “buscar un tiempo tranquilo para Jesús”, sino dejar que Él me encuentre en medio de todo mi ruido cuando no soy capaz de acallarlo. Él me ve en tensión, me mira y mirándome me dice con sus ojos “¡mi pequeña niña ruidosa!” Me gusta mucho ir a misa todos los días que puedo. Al final, con el hábito me he dado cuenta de que le necesito, lo necesito. Es como quedar con un amigo a una hora concreta, todos los días, incluso cuando no te apetece verle. Es como una ducha que agradeces aunque no te apeteciera al principio. Me ayuda a tomar perspectiva. Reconozco que no soy muy de “oraciones vocales”, de repetir Padre Nuestros y Ave Marías como las abuelas, rápido e ininteligiblemente. Pero alguna vez las utilizo para “arrancarme” con una frase y seguir hasta que se me agoten las ideas. Los salmos me tocan el corazón especialmente. Los reescribo, los rehago, les pongo mis propias palabras… o cuando no se me ocurre nada simplemente los rezo susurrándoselos a Jesús. Escribir, como si le hablase a Él, me ayuda especialmente. A veces incluso se lo releo. Y de la liturgia de las horas, sin duda, mi hora favorita es Completas. Es íntimo, es como recogerse en un ovillo en el regazo de Jesús y desde ahí recoger el día.

AGP
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domingo, 28 de octubre de 2012

La oración es... "dejar que Él me programe la hoja de ruta"

CÓMO REZA DOLORES ALEIXANDRE

Desconozco si el modo de orar de Dolores Aleixandre sigue siendo el mismo que describe aquí. El presente escrito fue publicado en la revista El Ciervo en 2006. En todo caso, sigue siendo un testimonio fresco y vivo de la oración de esta mujer admirable, que sigue alentando la fe de muchos, con su presencia y sus escritos.
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El otro día, cuando un taxista me preguntó por dónde quería que fuéramos, le contesté: “Lléveme por donde le parezca mejor”. Y como no me voy a fiar de Dios menos que de un taxista, lo que trato de hacer cuando rezo es dejar que Él me programe la hoja de ruta. Llevo ya tiempo bastante convencida de que esto de la oración le importa a Dios más que a mí, de que es más asunto suyo que mío y de que, como me descuide (San Juan de la Cruz decía aquello de “dejando mi cuidado”) y me ponga a tiro de su acción, Él hará lo que acostumbra, que es hacernos parecidos a Jesús. Así que si lo suyo es amar y comunicarse como le dé su real divina gana, me parece que lo mío es ante todo no estorbar.

Cada noche leo el evangelio del día siguiente y trato de que me resuene también en el corazón la “otra Palabra” que Él ha ido pronunciando a través de las personas y las cosas que han pasado en el día y luego procuro que ese “rumor” me acompase el sueño, en vez del barullo de los tertulianos radiofónicos, televisivos o literarios. A esa hora les digo como en el cónclave: Exeant omnes!, y les cierro la puerta sin más contemplaciones. Sólo se queda dentro la gente que va a acompañarme al día siguiente cuando rece.

En la mañanita echo mano del “kit de oración” consistente en cojín de zen que me ayuda a mantenerme en buena postura, rincón tranquilo con icono y vela encendida (valiente tontería pienso a veces, porque suelo cerrar los ojos). Con el ir y venir de la respiración voy repitiendo tranquilamente el nombre de Jesús o algunas palabras hebreas como honeni, moskeni o tov hasdeha mehayim que no pienso explicar lo que significan (1). También aprovecho las “ofertas de temporada”, o sea los distintos momentos del año litúrgico: no es lo mismo respirar el nombre de Jesús en Adviento que en Pascua o en Pentecostés. Y no me pregunten por qué.

A veces me rondan las tentaciones: “Vaya desperdicio de imaginación, con la cantidad de ideas de colores que a ti se te ocurren enseguida, en vez de esta sosera tan vacía y tan oscura”. Me defiendo como puedo, agarrada a la experiencia ya antigua de que esa es para mí la puerta estrecha para “entrar en lo escondido” y quedarme ex-puesta a la mirada del Padre. Por eso me agarro como una náufraga al ir y venir de la respiración, que como una okupa benéfica, va desalojando mi corazón de ideas, de palabras y de las distracciones pesadísimas que entran y salen brincando como pulgas de playa.
En medio de tantos intentos torpes y a trompicones, sigo pensando que no sé rezar, pero me consuela pensar que lo contrario (creerme que ya he aprendido) sería mucho peor.

Luego está la oración del entredía, pero esa es otra historia.


(Publicado en la revista El Ciervo, 05.07.06)
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(1) “Honeni”, “¡Misericordia!” (cf. Sal 51,3; 56,2; 57,2…); “Moskeni ahareka”, “Arrástrame/atráeme hasta ti”, Cant 1,4; “Tov hasdeha mehayim”, "Tu amor vale más que la vida", Sal 63,4.