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miércoles, 28 de noviembre de 2012

María, fe y kénosis en el seguimiento de Jesús

El 11 de octubre dio comienzo, para toda la Iglesia, un año dedicado a la fe. Así lo ha querido el papa Benedicto XVI, conmemorando el 50 aniversario de la inauguración del concilio Vaticano II. La fe es apoyar nuestra vida, con total abandono y sin reservas, en Aquel que es nuestra Roca y cuya solidez nos sostiene. En Isaías 7,9, leemos esta famosa frase sobre la fe: “Si no creéis, no subsistiréis”. Alguien interpreta esa frase, partiendo del texto hebreo, del siguiente modo: “Si no os apoyáis en mí, no experimentaréis que sois sostenidos”. La experiencia de saberse en buenas manos, sostenido y cuidado en todo tiempo (como las aves del cielo y los lirios del campo, Mt 6,26-28) sólo puede saborearla quien corre el riesgo de apoyarse en Dios, el Dios Amor, Luz y Vida revelado en Cristo Jesús.

En la Escritura, encontramos una inmensa nube de testigos de la fe. El capítulo 11 de la carta a los Hebreos recorre la historia de la salvación en clave de personajes que destacaron por su fe, desde Abel hasta el mismo Jesús, “el que inicia y completa nuestra fe” (Heb 12, 2). De entre todos estos grandes creyentes bíblicos, hoy vamos a poner los ojos en María, madre y discípula del Señor.
Hay incontables libros hermosos sobre María, escritos desde el amor y una tierna devoción a la Madre de Dios. Yo quisiera invitar hoy a los lectores a escribir su propio libro sobre el camino de fe de María, bebiendo de las únicas fuentes en las que podemos seguir las huellas de esta joven mujer de Nazaret: los cuatro evangelios.
En realidad, la primera cita que hace alusión a María en el N.T., es el conocido pasaje de la carta a los Gálatas que habla de la encarnación del Hijo y de  nuestra filiación divina: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer…” (Gál 4,4). Es la colaboración de María en la obra de la salvación. Es María, corredentora de la humanidad. Es María, la hija amada del Padre que consintió que el Verbo tomara carne y cuerpo en sus entrañas. Es la Apóstol con una misión: alumbrar a su Hijo para la vida del mundo.
La alusión de Pablo nos conduce al evangelio de la infancia de Lucas (Lc 1-2). Quizá es este evangelista el que más nos ayuda a intuir el camino interior de María.
Contemplemos a María en el episodio de la Anunciación. ¿Hay algo más inesperado que el hecho de que Dios ponga sus ojos en una joven virgen de Nazaret? “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”, diría Natanael más adelante, haciéndose eco del sentir común de los judíos contemporáneos de Jesús (Jn 1,46). Pues precisamente allí donde no cabía esperar nada, en “la Galilea de los gentiles”, lejos del templo sagrado y de Jerusalén,  allí puso Dios los ojos para buscar a la mediadora de su salvación.
Esa mujer era virgen, incapaz, por tanto, de concebir la vida desde su condición virginal, al igual que tantas mujeres estériles de la historia de Israel, desde Sara, mujer de Abrahán, hasta la misma Isabel, madre de Juan. En esa misma línea de incapacidad, aunque por motivos diversos, se sitúa María. Pero Dios muestra, una vez más, a través de ella, que lo que es imposible para el ser humano es posible para Dios (Gn 18,14; Lc 1,37).
La irrupción del ángel en la vida de María y su saludo rebosan de gozo mesiánico: “¡Alégrate!” “¡Alégrate, hija de Sión!... El Señor, Rey de Israel, está en medio de ti!”, dirá el profeta Sofonías (3,14-15). “¡Llena de gracia!”… Y ella se preguntaba qué saludo era aquel. “¡El Señor está contigo!” Lo mismo que se les dijo a Moisés, Josué, Gedeón o los profetas antes de encargarles una misión de liberación (Éx 3,12; Jos 1,5; Jue 6,12; Jr 1,8.19). Pero ella se llenó de miedo y el ángel tuvo que disipar sus temores: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios”. La gracia es la huella del paso de Dios por el alma, que la renueva enteramente y la embellece imprimiendo en ella el amor inmenso y gratuito de Dios. Así lo canta la esposa del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, y así podría cantarlo también María:
“… ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste”.
O como reza el poema de Gabriela Mistral: “Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa, como la hierba a que bajó el rocío…” Como el rocío, Dios ha descendido hasta María, le ha revelado su identidad más honda, y le ha encargado una misión: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin… El Espíritu Santo vendrá sobre ti.” 
Es misterioso cómo Jesús cumplió esta palabra de manera totalmente contraria a las expectativas humanas. Y María tuvo que purificar su fe y aprender a ser discípula compartiendo la kénosis de su hijo quien, “a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos…” (Filp 2,6-7). Jesús fue grande haciéndose el último de todos y el servidor de todos (Lc 22,27). A Jesús le conocían como “el carpintero, el hijo de María”, y se escandalizaban de él (Mc 6,3). El reino de Jesús no era de este mundo y por eso fue asesinado por los jefes de este mundo (Jn 18,36)… ¡Qué paradójico fue todo! ¡Y qué fe necesitó María para pronunciar las mismas palabras que habían sido pronunciadas en el pasado por Abrahán, cuando Dios le pidió sacrificar a su hijo único, el amado (Gn 22,1), por Moisés, en el Horeb, ante la zarza ardiente (Éx 3,4), por Samuel, cuando escuchó su nombre en medio de la noche (1 Sam 3), o por Isaías, en la teofanía del templo (Is 6,8)…!: “Heme aquí”, “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

María, la humilde esclava del Señor, tuvo una fe tan grande como para conmover los cimientos de la historia desde la revolución silenciosa del amor en lo pequeño. En el anuncio del ángel lo que resuena, como voz de trompetas, son realidades importantes, relevantes, grandiosas… pero lo que María vio desde el principio fue el día a día en su insignificante aldea de Nazaret, su niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, a las afueras de Belén, treinta años de vida escondida, irrelevante, como hijo de un simple carpintero, la muerte del hijo de sus entrañas en la cruz, como un malhechor, y un pequeño grupo de seguidores dispersos y paralizados por el miedo tras la crucifixión de su Maestro. Nada de tronos ni de reinos. Nada de poderío militar ni de relevancia social. Nada de triunfos ni de éxitos a nuestro estilo... Una vida escondida en lo pequeño y lo inadvertido, e incluso, en lo marginal.
Necesitó María mucha fe para recorrer todo ese camino. Y necesitó aprender, siguiendo las huellas de su Hijo, la difícil tarea del “descenso”. Todo cuanto vio, oyó y tocaron sus manos acerca del Verbo de la Vida, pasó por su corazón, una y otra vez, como repite Lucas en dos ocasiones: “María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19.51). Por eso decimos que María es la mujer del silencio y de la escucha, de la obediencia (ob-audire significa escuchar con atención) y de la confianza. Por eso Isabel la ensalzó con esta bienaventuranza: “¡Feliz tú, porque has creído…!”. Y Jesús la alabó indirectamente con esta otra proclamación de felicidad: “¡Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11,28).
Sigamos las huellas de la fe de María en la visitación, en la Natividad, en Jerusalén, en Caná, al pie de la cruz y en el Cenáculo… Y digamos nuestro sí al Padre como María, para consentir la obra de salvación del Espíritu a través de nosotros, orando con fe humilde: “Quiero lo que tú quieres, sin preguntarme si puedo, sin preguntarme si lo quiero, sin preguntarme si lo deseo.” (Madeleine Delbrêl)

Para el trabajo personal o de grupo

1. Pregúntate, para empezar, qué episodios de la vida de María conoces. Enúncialos por escrito. Si trabajáis en grupo, intentad recomponer el “evangelio de María” con lo que cada uno recuerda sobre ella. ¿Dónde situáis esos relatos? ¿A qué evangelio pertenecen?
2. ¿Qué se dice de María en esos pasajes? ¿Cómo la “retratan”? ¿Cuáles son los rasgos de su carácter? ¿Cómo es su relación con los otros y con Dios? ¿Cómo vive la historia de su pueblo?
3. ¿Qué palabras pronunciadas por María te llaman más la atención y por qué? ¿Por qué son significativas para tu vida creyente? ¿Qué te dicen a ti hoy?
4. Como es el Hijo, así es la madre. Como es el Maestro, así su discípula. Contempla a María a la luz del sermón del monte (Mt 5-7), que es uno de los textos que mejor describen a Jesús. ¿Cómo habrá vivido María las bienaventuranzas,  y el abandono en la providencia, y el amor a los enemigos…? ¿Cómo habrá rezado el Padre nuestro?…
5. Contempla a María como mujer orante. Reza, con ella, el Magnificat (Lc 1,46-55) y cae en la cuenta de la imagen-experiencia de Dios que tiene María. ¿Cómo nombra a Dios? ¿Con qué verbos describe lo que hace Dios con ella y con su pueblo? ¿Qué ejemplos de vida concretos y actuales conoces en los que el Magnificat de María se ha hecho realidad?
6. Compara el cántico de María con el cántico de Ana (1 Sam 2,1-10).
7. Compón tus propias letanías para orar dirigiéndote a María, según la experiencia y la percepción que tienes de ella. Dile cosas que te salgan del corazón. María, mujer llena de Espíritu, ruega por nosotros; María, mujer de la escucha atenta y de la alabanza gozosa, ruega por nosotros…
8. Lectura recomendada: Javier Garrido, El camino de María, Sal Terrae 2007.

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(Publicado en la revista Cooperador Paulino. Comunicación social y pastoral).
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martes, 18 de septiembre de 2012

Agradeciendo el don de María

El misal de las Misas de la Virgen María, publicado en el año mariano de 1987, contiene una serie de plegarias eucarísticas que recorren la vida de María dando gracias a Dios por los diversos momentos en que María se hizo presente en la historia de la salvación junto a su Hijo.

He querido recoger y aunar unos fragmentos de esas plegarias para ayudarnos a orar a Dios, dando gracias por María, con las palabras que la Iglesia pone en nuestros labios.
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(María, la elegida de Dios) 
Te damos gracias, Señor, Padre Santo,
Dios, rico en misericordia,
porque has constituido a la dichosa Virgen María
cumbre de Israel y principio de la Iglesia,
para que todos los pueblos conozcan
que la salvación viene de Israel
y que la nueva familia brota del tronco elegido.

Ella, hija de Adán por su condición humana,
reparó con su inocencia la culpa del género humano.
Ella, descendiente de Abrahán por la fe,
concibió en su seno creyendo.
Ella es la vara de Jesé
que ha florecido en Jesucristo, Señor nuestro.



(María en la anunciación)

Te damos gracias, Señor,
porque la Virgen creyó el anuncio del ángel:
que Cristo, por obra del Espíritu Santo,
iba a hacerse hombre por salvar a los hombres,
y lo llevó en sus purísimas entrañas con amor.
Así, Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel,
y colmó de manera insospechada
la esperanza de los otros pueblos.



(María, en la visita a Isabel)

Te damos gracias, Señor,
por las palabras proféticas de Isabel,
quien, movida por el Espíritu Santo,
nos manifestó la grandeza
de la Virgen, Santa María.
Porque ella, por su fe en la salvación prometida,
es saludada como dichosa,
y, por su actitud de servicio,
es reconocida como Madre del Señor.
(María, en el Nacimiento de su Hijo)

Te damos gracias, Señor,
Porque, por un admirable misterio
y por un inefable designio,
la Santa Virgen concibió a tu Hijo Único
y llevó encerrado en sus entrañas al Señor del cielo.
La que no conoció varón es madre
y se alegra porque alumbró al Redentor,
porque para Dios nada hay imposible.



(María, en la Epifanía)

Te damos gracias, Señor,
porque por mediación de la Virgen María,
atraes a la fe del Evangelio
a todas las familias de los pueblos.
Los pastores, primicias de la Iglesia de Israel,
iluminados por su resplandor y advertidos por los ángeles,
reconocen a Cristo Salvador.

Pero también los magos,
primeros retoños de la Iglesia de los paganos,
impulsados por su gracia y guiados por la estrella,
entran en la humilde casa
y, hallando al Niño con su Madre,
lo adoran como Dios, lo proclaman como Rey
y lo confiesan como Redentor.

(María, en la Presentación del Señor)

Te damos gracias, Señor,
por María, la Virgen Hija de Sión,
que, cumpliendo la ley,
te presentó al Hijo en el templo,
gloria de tu pueblo Israel
y luz de las naciones.

Ésta es la Virgen puesta al servicio de la obra de la salvación,
que te ofrece el Cordero sin mancha
para ser inmolado en el ara de la cruz.

Ésta es la Virgen Madre,
gozosa en su descendencia bendita,
que sufre por la profecía del anciano Simeón,
pero se alegra por el pueblo que sale al encuentro del Salvador.
De este modo, Señor, disponiéndolo tú,
el mismo amor asocia al Hijo y a la Madre,
el mismo dolor los une
y una misma voluntad de agradarte los mueve.



(María, en la vida sencilla de Nazaret)

Te damos gracias, Señor,
porque María, en Nazaret, al recibir con fe el anuncio del ángel,
concibió en el tiempo como salvador y hermano para nosotros
a tu Hijo, engendrado desde toda la eternidad.

Allí, viviendo unida a su Hijo,
alentó los comienzos de la Iglesia,
ofreciéndonos un luminoso ejemplo de vida.

Allí, la Madre, hecha discípula del Hijo,
recibió las primicias del Evangelio,
conservándolas en el corazón y meditándolas en su mente.

Allí, María, unida a José, el hombre justo,
por un estrechísimo vínculo de amor,
te celebró con cánticos, te adoró en silencio,
te alabó con la vida y te glorificó con su trabajo.

(María, en las bodas de Caná)

Te damos gracias, Señor,
porque María, atenta con los nuevos esposos, rogó a tu Hijo
y mandó a los sirvientes cumplir sus mandatos:
las tinajas de aguas enrojecieron,
los comensales se alegraron
y aquel banquete nupcial simbolizó
el que Cristo ofrece a diario a su Iglesia.

Este signo maravilloso
anunció la llegada del tiempo mesiánico,
predijo la efusión del Espíritu de santidad,
y señaló de antemano la hora misteriosa
en la que Cristo se adornó a sí mismo
con la púrpura de la pasión
y entregó su vida en la cruz por su esposa, la Iglesia.

(María, discípula del Señor)

Te damos gracias, Señor,
por María, Madre de Cristo, nuestro Señor y Salvador,
quien con razón es proclamada dichosa,
porque mereció engendrar a tu Hijo
en sus entrañas purísimas.
Pero con mayor razón
es proclamada aún más dichosa,
porque, como discípula de la Palabra encarnada,
buscó solícita tu voluntad
y supo cumplirla fielmente.



(María, al pie de la cruz)

Te damos gracias, Señor,
porque, junto a la cruz de Jesús, se establece,
entre la Virgen y los fieles discípulos,
un fuerte vínculo de amor:
María es confiada como madre a los discípulos,
y éstos la reciben como herencia preciosa del Maestro.

Ella será para siempre la Madre de los creyentes,
que encontrarán en ella refugio seguro.
Ella ama al Hijo en los hijos,
y éstos, escuchando los consejos de la Madre,
cumplen las palabras del Maestro.



(María, en la resurrección)

Te damos gracias, Señor,
porque en la resurrección de Jesucristo, tu Hijo,
colmaste de alegría a la santísima Virgen
y premiaste maravillosamente su fe:
ella había concebido al Hijo creyendo,
y creyendo esperó su resurrección.

Fuerte en la fe, contempló de antemano
el día de la luz y de la vida,
en el que, desvanecida la noche de la muerte,
el mundo entero saltaría de gozo
y la Iglesia naciente, al ver de nuevo a su Señor inmortal,
se alegraría entusiasmada.



(María, en el Cenáculo)

Te damos gracias, Señor,
porque nos has dado en la Iglesia primitiva
un ejemplo de oración y de unidad admirables:
la Madre de Jesús, orando con los apóstoles.

La que esperó en oración la venida de Cristo
invoca al Defensor prometido con ruegos ardientes;
y quien en la encarnación de la Palabra
fue cubierta con la sombra del Espíritu,
de nuevo es colmada de gracia por el Don divino
en el nacimiento de tu nuevo pueblo.

Por eso la santísima Virgen María,
vigilante en la oración y fervorosa en la caridad,
es figura de la Iglesia
que, enriquecida con los dones del Espíritu
aguarda expectante la segunda venida de Cristo.

jueves, 20 de mayo de 2010

Rosario Eucarístico

Estamos a pocos días del Congreso Eucarístico Nacional que, en esta ocasión, tendrá lugar en Toledo, del 27 al 30 de mayo. De su web oficial he sacado un "rosario eucarístico" que me ha gustado. Tiene un lenguaje inusualmente cercano en documentos "oficiales" y sus meditaciones y oraciones son bonitas y actuales. He tenido que adaptarlo, pues venía de Argentina, con sus "vos" y "ustedes" correspondientes. Pueden intercalarse cantos y lo que la creatividad de cada cual sugiera.
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Monición: Los misterios del rosario no son sólo los veinte misterios que conocemos y desgranamos habitualmente, sino que cada gesto y cada palabra de Jesús forman parte del Misterio del Verbo hecho carne. Hoy vamos a meditar el episodio de la multiplicación de los panes y los peces, según el evangelista Mateo, de la mano de María, “la mujer eucarística”.

1. La Eucaristía, compasión de Jesús

Del Evangelio de Jesucristo según San Mateo (14,13-14)

Jesús se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario.
En cuanto lo supieron las gentes, le siguieron a pie de las ciudades.
Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos
y curó a los enfermos.

- Jesús contempla a la muchedumbre. Se compadece de ella porque “eran como ovejas sin pastor”. La imagen es elocuente. Son hombres y mujeres indefensos, en peligro, sin nadie que las conduzca, sin protección y sin alimento.
En esta escena vemos hoy reflejada la dispersión, el abatimiento, la indefensión y el desamparo de tantos hombres, mujeres y niños de nuestra sociedad.
Frente a una multitud necesitada, está Jesús. Su corazón compasivo y su gesto solidario revelan el rostro de Dios, “rico en misericordia”.

Señor Jesús,
queremos abrirnos a tu amor
manifestado en la Eucaristía
para tener un corazón cada vez más compasivo
hacia las necesidades de los demás.
María, mujer eucarística,
Queremos abandonarnos a la Palabra de Dios, como tú,
porque vemos que el gesto de Jesús
supera nuestro entendimiento.
Danos un corazón como el de tu Hijo Jesús.
Amén.

2. La Eucaristía, pan del desierto

Del Evangelio de Jesucristo según San Mateo (14,15)

Al atardecer, se le acercaron los discípulos le dijeron:
“Este es un lugar desierto y ya se hace tarde;
despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos”.

- Junto a Jesús y frente a la multitud estaban también los discípulos del Señor. Ellos se acercaron a Jesús y le dijeron que despidiera a la gente.
La despreocupación de los discípulos ante las necesidades de la gente contrasta con la compasión de Jesús. Ellos sólo intentan distanciarse del problema. Olvidaron tantos lugares de la Escritura en los que el Pueblo de Israel y los profetas pudieron alimentarse en medio del desierto gracias al gesto providente de Dios.
En medio del desierto, Dios quiere volver a hacer algo maravilloso: salir al encuentro de los que ama y cuida: los pobres, los indefensos, los marginados. Él quiere regalarles una fuerza nueva, una comida verdadera: su propio cuerpo y su propia sangre.

Señor Jesús
cuántas veces olvidamos las maravillas de Dios,
su amor de Padre por cada uno de nosotros.
Cuántas veces olvidamos su proyecto de salvación:
saciar el hambre y enjugar toda lágrima.
Queremos estar muy cerca de ti
para confiar en el Dios que nos salva,
que nos alimenta en el desierto
con tu cuerpo y con tu sangre.
Virgen María, en tu seno bendito
brotó el pan del desierto: Cristo Jesús.
Tú le diste tu cuerpo y tu sangre.
Hazlo brotar de nuevo en nuestras vidas.
Amén.

3. La Eucaristía, pan confiado a los discípulos

Del Evangelio de Jesucristo según San Mateo (14,16-18)

Pero Jesús les dijo: “No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer”.
Ellos respondieron: “Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”.
Él dijo: “Traédmelos”.

- A los discípulos, Jesús les ordena algo que les sonaba imposible de realizar: “Dadles vosotros de comer”. El Señor no aceptó la actitud evasiva de los discípulos. Les exigió que se mostraran compasivos y solidarios con las necesidades de la gente, aún cuando esto los colocara en una situación muy por encima de sus pobres fuerzas.
Con esta orden, Jesús estableció una norma de conducta que lo tiene a Él mismo como modelo: los discípulos no deben buscar su propio interés sino el de los demás, y sentir como propias las necesidades de los otros.
Hoy, en nuestra sociedad, hay hambre de Dios, que hay que satisfacer con el pan de la Palabra, y hay sed de justicia, que hay saciar con la promoción mas íntegra de la dignidad humana.

Señor Jesús
queremos ser instrumentos de vida para los demás
y revestirnos de entrañas de misericordia.
Queremos hacernos cercanos y solidarios con todos,
especialmente con los que sufren.
Virgen María,
queremos dar de comer
a los hombres y mujeres de hoy
con el pan de Jesús,
semilla viva de esperanza.
Sabemos que tu Hijo,
el pan vivo y verdadero,
es el único que puede dar vida a nuestro presente.
Amén.

4. La Eucaristía, pan que se comparte

Del Evangelio de Jesucristo según San Mateo (14,19)

Y después de ordenar a la multitud que se sentara en la hierba,
tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo,
pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos
y ellos los distribuyeron entre la multitud.

- Los pocos panes y los peces que los discípulos pudieron aportar se convirtieron en un alimento suficiente para todos. Los discípulos de Jesús asumen un gran protagonismo al ser los encargados de distribuirlos a toda la gente.
Solo la Eucaristía puede transformar el mundo.
Ella comienza cambiando primero nuestro corazón. Ella despierta en nosotros, las ganas de compartir. Ella es, en nuestras manos, un tesoro que humaniza, que aporta vida, luz y salvación.

Señor Jesús,
tu sacrificio eucarístico
es señal de que la vida
sólo da fruto cuando se comparte
y cuando no se guarda celosamente.
Queremos compartirte con nuestro pueblo hambriento,
y ser protagonistas de la nueva evangelización.
Madre del Cuerpo de Cristo,
tú que fuiste la primera
en compartir a Jesús con los hombres,
ayúdanos a hacernos prójimos de todos
y a compartir con ellos
el pan que nos ha cambiado la vida.
Amén.

5. La Eucaristía, pan para saciar a nuestro pueblo

Del Evangelio de Jesucristo según San Mateo (14,20)

Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron
se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron cinco mil hombres,
sin contar las mujeres y los niños.

- Entre las manos de Jesús, los panes y los peces se hicieron un gran alimento. Todos comieron hasta saciarse. Cada uno de los discípulos que repartió el pan quedó transformado en poseedor de una fuente inagotable que puede seguir alimentando a los hombres y mujeres de todos los tiempos.
En este pan abundante del Evangelio descubrimos una imagen de la Eucaristía.
En el humilde signo del pan y del vino, transformados en su Cuerpo y su Sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza.
Él quiere seguir saciando a su pueblo con su presencia.

Cristo vivo,
tú eres el pan que nos sacia.
Sólo tú puedes satisfacer
nuestros deseos más profundos.
Madre de Jesús Eucaristía,
tú fuiste llena de su presencia,
la primera en ser plenificada por Cristo.
Queremos anunciar contigo
que Él es el pan que sacia de verdad.
Amén.


(El rosario eucarístico está tomado, con adaptaciones, de la web: http://www.congresoeucaristico2010.es/)

lunes, 8 de octubre de 2007

María del rosario, María del "hinnení"

A mi amiga Mónica no le gusta la oración del rosario. Considera que la Iglesia católica ha exaltado demasiado a María y que incluso la ha idolatrado. Considera que sólo Dios merece el reconocimiento de nuestra oración. Y, para más inri, le parece un tostón esta forma de repetir "avemarías" mecánicamente, hasta la saciedad.
No es la única de mis amigas que ofrece ligeras resistencias a este modo centenario de oración.
En agosto fui a pasar cuatro días a Alicante con Mónica y con su madre, Angelines. Contaría muchas cosas sobre estas dos mujeres extraordinarias por las que me sentí acogida con gran hospitalidad, solicitud y cariño. Pero sólo voy a relatar algo del paseo que Mónica y yo dimos a la Iglesia de la Santa Faz, junto a un monasterio de Clarisas, a las afueras de la ciudad.
Fuimos a visitar el lugar por la tarde, media hora antes de la Eucaristía. La Iglesia estaba llena de gente, las monjas estaban fuera de su recinto, junto al presbiterio, y comenzó la oración comunitaria... ¡del temido rosario!

- Oye, si rezan el rosario yo me voy a dar una vuelta y te dejo aquí. Ya vendré para la misa .-Me dijo Mónica, muy resuelta.
- ¡No puedes dejarme aquí sola! Aprovecha para rezar de otra manera.
- ¿Y qué voy a rezar con vosotros murmurando "avemarías"?
- Reza un mantra.
- ¿Qué es un mantra?
- Una especie de jaculatoria que se repite. Los hindúes y budistas lo llaman mantra. Mira, repite, por ejemplo: "Hinnení, Adonai". ¿Sabes lo que significa?
- Sí.
Por supuesto que sí, ¿cómo no iba a saberlo? Mónica es traductora de inglés y de árabe, y le encanta el hebreo. Ha comenzado a estudiar algo de la lengua sagrada del judaísmo: lo suficiente como para saber que "hinnení, Adonai" significa "heme aquí, mi Señor". Así es que, mientras yo me sumergía en mi rosario, ella lo hacía en su heme aquí.
Así llevábamos quince minutos cuando le pregunté:
- ¿Cómo vas?
- Meditando "hinnení".



Realmente, rezar el rosario es contemplar interiormente el "heme aquí, aquí estoy" de María, de Jesús, y nuestro propio "heme aquí" como confesión rendida de nuestra disponibilidad y consentimiento amoroso al deseo del Padre. Y contemplarlo con una música de fondo: las palabras del anuncio del ángel a María, "Ave María, la amada de Dios por siempre...". Anuncio y respuesta que hizo posible el adorable Misterio de la Encarnación. "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros".

Esa contemplación obstinada, con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas, es como una gota que horada la piedra, modelando nuestra interioridad a imagen y semejanza de Jesús y de María. La oración repetitiva es milenaria y se encuentra en la sabiduría y tradición espiritual de diversas confesiones religiosas. Los musulmanes repiten, con su rosario de cien cuentas, los cien nombres de Alá. Bueno, cien menos uno, porque el último de sus nombres es el Innombrable. Para los hindúes, el mantra Om es el sonido primigenio del universo, el origen y principio de todos los mantras que, repetidos al ritmo de la respiración, tienen como objetivo liberar la mente. ¿Quién no ha visto a un hindú sentado en posición de loto pronunciando gravemente, como salido de una caverna profundísima, el sonido: "Ommmmm...."? Los cristianos ortodoxos rezan la oración de Jesús: "Señor Jesucristo, hijo de David, ten misericordia de mí". El libro clásico "El peregrino ruso" enseña este modo de oración ininterrumpida. Y nosotros, los católicos, tenemos el rosario como oración repetitiva que ayuda a silenciar la mente y a ahondar en la contemplación.

* Sí, rezar el rosario es contemplar el "heme aquí" de María a la propuesta insólita del ángel: "Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús... El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra... Porque para Dios nada hay imposible" (Lc 1,31.35.37). Es contemplar su amén firme y definitivo, sin mudanza. Un sí propio de quien se sabe en buenas manos.

* Es contemplar el camino de Jesús:
  • su nacimiento como gran alegría para todos (Lc 2,11 ss)
  • su pérdida voluntaria "en la casa y en las cosas de su Padre" (Lc 2,41 ss)
  • su bautismo, en el que oyó la voz del Padre que le llamaba "mi Amado" (Mc 1,11)
  • su predicación con palabras llenas de gracia, de verdad y de vida eterna (Jn 6,68)
  • sus banquetes con publicanos, prostitutas y gentuza de mala fama, anticipo del Reino (Mc 2,15); banquetes en los que él resulta ser el vino mejor (Jn 2, 10)
  • su transfiguración, en la que nos regala la Luz para que podamos vivir con gracia la Cruz (Mc 9,2 ss)
  • su ser más profundo como Pan Eucarístico amado, bendecido, roto y entregado para la vida del mundo (Mc 14,22)
  • su Cuerpo Traspasado, que atrae todas las miradas (Jn 19,27)
  • su Cuerpo Resucitado, que cura todos nuestros miedos y nos inunda de una paz y una alegría que nadie puede quitarnos (Jn 20, 19-21; 16,22)
  • el don de su Espíritu de Vida, Maestro interior que nos lo enseña todo (Jn 14,26)
* Finalmente, rezar el rosario es poner en nuestros labios la siguiente oración:

Quiero lo que tú quieres,
sin preguntarme si puedo,
sin preguntarme si lo quiero,
sin preguntarme si lo deseo.


(Madeleine Delbrêl)