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lunes, 27 de mayo de 2013

El anuncio de María Magdalena y el encargo de Jesús a los discípulos

Lectio divina de Marcos 16,9-20

9Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios. 10Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. 11Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
12Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. 13Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco los creyeron.
14Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado.

15Después les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación. 16El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. 17Estos signos que acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; 18podrán coger a las serpientes con sus manos, y aunque beban veneno no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán».
 19Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. 20Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los signos que la acompañaban. 

CUANDO LEAS

- La segunda conclusión del evangelio de Marcos (Mc 16,9-20) está escrita por un autor distinto al del conjunto de la obra. En muchas Biblias aparece bajo el epígrafe Epílogo. En realidad constituye un resumen de los relatos de aparición más relevantes para la tradición cristiana y una síntesis de lo que es e implica la experiencia de la resurrección y las dificultades para comprenderla.

- El relato comienza con la narración de la aparición a María Magdalena, primera destinataria de las apariciones (9-11). De esa narración destaca la afirmación de que ella transmite la experiencia del encuentro y que quienes habían acompañado a Jesús estaban “afligidos y lloraban”. El dolor por la ausencia del Maestro impide considerar las palabras de María e implica que no la crean.

- La incapacidad para acoger la resurrección se expresa también en el siguiente encuentro con dos discípulos (12). Esta aparición, recreada por Lucas en el pasaje del camino a Emaús (Lc 24,13-35), aporta dos elementos: el primero, que Jesús aparece bajo otra forma y el segundo, que tampoco son creídos.

- La tercera aparición, esta vez al grupo de los once, habla del reproche de Jesús. Aunque nuestra sensibilidad nos lleva habitualmente a quedarnos en él, lo que hay detrás es un importante diálogo y una nueva muestra de la confianza que ha depositado en sus discípulos. Pese a no haber creído a través de los dos anuncios anteriores, Él sigue intentando hacerse ver y reconocer por los suyos.

- Esta confianza se explicita con la renovación de la llamada a anunciar la Buena noticia. Como todo relato de envío va acompañado por los signos de autoridad: arrojar demonios, hablar nuevas lenguas, coger serpientes, ser inmune al veneno y

sanar a los enfermos. Son acciones relacionadas no solo con la actividad sino con la capacidad de discernimiento entre lo bueno y lo malo, de diálogo con los diferentes, de valentía ante la dificultad y de caridad con los más necesitados.

El final de la obra es una síntesis positiva de lo que significa la resurrección: la experiencia de la Buena Noticia, que debe ser anunciada y la certeza de la presencia constante de Jesús: “el Señor los asistía y confirmaba su palabra”. 

CUANDO MEDITES

Toda la primera parte maneja la dicotomía entre la realidad del encuentro con Jesús y la dificultad para acogerlo. También expresa de distintos modos lo difícil que es creer a los mediadores (María Magdalena y los dos discípulos) y cambiar de idea cuando se tiene la certeza de cómo han sucedido los acontecimientos (aunque esta sea errónea).
Esta sección muestra también cómo Jesús tiene múltiples formas de encuentro y modos de comunicarse y ello invita a estar abiertos y a no creer que su mensaje siempre se expresa de la misma manera y con iguales condiciones.

La segunda parte del relato implica la llamada al anuncio y constituye una paradoja con lo anterior. Jesús sigue confiando a sus seguidores la transmisión de su palabra, pese a haberse encontrado con incrédulos, con personas que no perciben su presencia, con tristes y afligidos o con aquellos que no se fían de quienes anuncian la resurrección. Y no solo eso, sino que los capacita para realizar acciones que reflejan valentía, capacidad para transformar las situaciones, lenguajes nuevos y la victoria del bien (arrojarán demonios). El relato invita a acoger la vulnerabilidad y fragilidad del creyente y a entender que Jesús no elige a personas “perfectas” sino plenamente humanas, con sus aciertos, errores y negaciones.

El final del evangelio invita a contemplar con esperanza el futuro, creyendo que la transformación es posible siempre con la participación del ser humano.

CUANDO ORES

- Agradece a Dios todas aquellas personas o situaciones que te han permitido ver que donde sólo parecía haber muerte, dolor, apatía o derrotismo, también resurgía la vida.
- Pide poder descubrir los signos de vida, de resurrección que nos rodean cada día.
- Expresa aquellas situaciones en las que has sentido cómo desde Jesús has podido ofrecer palabras o “lenguas” distintas que han servido para cambiar lo negativo en positivo, el desaliento en esperanza.
- Agradece sentir la presencia y asistencia de Jesús en aquello que realizas y ofrece aquellos hechos que  no habrían sido posibles sin su ayuda o inspiración.

-  Tras dos años orando semanalmente con el Evangelio de Marcos, agradece los momentos de encuentro, las sorpresas que su lectura ha deparado, la constante invitación a la sencillez y la llamada a profundizar en el mensaje de la Buena Noticia.

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Autora: Carmen Yebra, equipo de Lectio Divina de la UPComillas 

jueves, 12 de abril de 2012

María Magdalena, apóstol de los apóstoles


María Magdalena de Tiziano
Si buscamos en internet imágenes de María Magdalena (hagamos el experimento), encontraremos numerosas obras de pintores clásicos que nos ofrecen una versión muy alejada de la tradición evangélica y, por el contrario, muy próxima a la idea que la mayor parte de las personas tienen de esta mujer. María Magdalena suele representarse como una mujer joven y hermosa, de largos cabellos, en ocasiones semidesnuda, con un frasco de perfume en sus manos y en actitud penitente. Puesto que ésta es la idea común, tampoco el cine es ajeno a la presentación distorsionada y errónea de este personaje, que es identificado, en la famosa “Pasión” de Mel Gibson, con la mujer adúltera de Juan 8,1-11, y en el Jesús de Zeffirelli, con la pecadora pública de Lucas 7,36-50.
¿Es eso lo que los evangelios nos dicen sobre María Magdalena? ¿Es eso lo que la liturgia de la Iglesia, en la memoria de esta discípula de Jesús, nos transmite sobre ella en sus lecturas y oraciones?
Vamos a intentar conocer mejor a María de la mano de los textos bíblicos y litúrgicos para llegar, por medio de ella, a rozar la experiencia del Resucitado, y a proclamar, como ella, llenos de alegría pascual: “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”

María Magdalena en los sinópticos

Marcos nos habla por primera vez de María Magdalena al final de su evangelio: “Había también unas mujeres mirando de lejos, entre ellas, María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y de Joset, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén” (15,40). Es impresionante este dato en contraste con lo que Marcos nos ha dicho en 14,50, en el relato de Getsemaní: “Y abandonándole, huyeron todos”. Todos, menos las discípulas que le habían seguido desde Galilea y habían subido con él a Jerusalén. Entre esas mujeres fieles y valientes destaca María Magdalena, que se fija en dónde es depositado el cuerpo del Señor y acude allí el primer día de la semana, muy de madrugada, a ungirle, junto a otras dos mujeres. Pero el final de Marcos es desconcertante: un joven vestido con una túnica blanca les anuncia que Jesús de Nazaret ha resucitado y les encarga decir a los discípulos y a Pedro: “Irá delante de vosotros a Galilea, allí le veréis, como os dijo”. Mas ellas, “no dijeron nada a nadie porque tenían miedo” (Mc 16,1-8). Así nos deja el evangelista, con incertidumbre y quizá llenos de preguntas respecto a estas mujeres aterrorizadas y silenciosas, hasta que otro redactor añade al evangelio un final más acorde a los datos de las otras tradiciones evangélicas.
Mateo sigue a Marcos en su presentación de María (aunque con variantes). Nos la presenta junto a la cruz, “mirando de lejos”, vigilando dónde es sepultado Jesús, y recibiendo el encargo del ángel, en la mañana del primer día de la semana: “Id enseguida a decir a los discípulos: Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis” (Mt 28,7). Y ellas corrieron, llenas de gozo, a dar la noticia a los discípulos. Por el camino, Jesús les salió al encuentro y les dio el mismo encargo: “No tengáis miedo. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.
Lucas difiere de Marcos y Mateo respecto al papel de las mujeres en los relatos de resurrección: ellas reciben la noticia de los ángeles de que Jesús “está vivo” (Lc 24,5), pero no reciben el encargo de anunciarlo. Sin embargo, ellas van a decirlo a los Once y a los demás, que no las creen y consideran que sus palabras son desatinos. Lucas, a diferencia de Mc y Mt, no presenta a María como primer testigo de la resurrección, pero nos aporta un dato hasta ahora desconocido: “… [a Jesús] le acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios…” (Lc 8,2). Mucho han dado qué hablar los demonios de María. No podemos detenernos a explicar en qué consisten los fenómenos de posesión que aparecen en los evangelios. Lo que sí es evidente es que nada tienen que ver con el adulterio, la prostitución, u otro tipo de pecado sexual. María era una mujer muy enferma que había sido sanada por Jesús. Y esa experiencia hizo de ella no sólo una discípula fiel, sino una figura tipo de la “Iglesia esposa”, tal y como veremos en el evangelio de Juan.

María Magdalena, imagen de la Iglesia esposa

Noli mi tangere, de Correggio
Tanto en la liturgia de las horas como en las oraciones y antífonas de la Eucaristía de la memoria de María Magdalena, que la tradición celebra el 22 de julio, la Iglesia acude al evangelio de Juan para decirnos quién es María: la que, el primer día de la semana fue al sepulcro, al amanecer, cuando todavía estaba oscuro; aquella cuyo corazón ardía en deseos de ver a su Señor y no lo encontraba; la que escuchó la voz de Jesús diciéndole: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?” (Jn 20,15); la que escuchó su nombre de labios de su Maestro y fue enviada a sus hermanos.
Muchos comentarios subrayan que el encuentro de María con el Resucitado tiene como trasfondo referencias al Cantar de los Cantares. “A medida que avanza la narración, va apareciendo que el sepulcro no es tal, es más bien un lecho nupcial. En efecto, Cristo ha sido ungido por sus amigos con cien libras de mirra y áloe, los perfumes del esposo del Salmo 45 y los del Cantar (4,14-15). Estos aromas se usaban para perfumar la alcoba (Prov 7,17), y no para embalsamar un cadáver. Por otra parte, la búsqueda de la mujer nos recuerda la de la novia del Cantar, corriendo por calles y plazas (Cant 3,2). La Magdalena, una vez que le descubre, quiere llevárselo, lo agarra, al igual que la del Cantar quiere retener a su Amado y conducirlo a la casa de su madre (Can 3,4)…” (Secundino Castro).

El descendimiento de la Cruz (¿Guido Reni?). María, preparada con los perfumes para ungir su cuerpo, besa su mano.
El simbolismo esponsal nos habla de una relación especial entre María Magdalena y Jesús. Una relación que fue deformada y tergiversada, a lo largo de los siglos, por uno u otro extremo: la literatura gnóstica del s.II convirtió a María en “la compañera de Jesús”, a la que Él “amaba más que al resto” (evangelio de Felipe), mientras que una parte de la tradición eclesiástica occidental la identificó con la pecadora de Lc 7,37-50. Sin embargo, otra parte de esa misma tradición la elogió reconociéndola “apóstol para los apóstoles” (Rabano Mauro, s.IX). El mismo santo Tomás de Aquino la proclama “Apostolorum Apostola”. Y es que “Cristo le confió, antes que a nadie, la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual” (oración de la memoria).

En este tiempo de Pascua, recorramos el itinerario de fe y amor de María Magdalena: dejémonos liberar de nuestras opresiones y “demonios” por Jesús; sigamos las huellas de nuestro Maestro de Galilea a Jerusalén; permanezcamos junto a su cruz; que nuestro corazón enamorado no se resigne a que la muerte nos lo arrebate; que nuestra fe pueda reconocer su voz y lo abrace, que nuestros ojos lo vean y nuestros labios anuncien a todos “lo que hemos visto y oído y han tocado nuestras manos” acerca del Señor Crucificado y Resucitado.

* Para la reflexión personal

1. A menudo se confunde a María Magdalena con la pecadora pública de Lc 7,36-50, con la adúltera de Jn 8,1-11 y con las mujeres que ungen a Jesús en Betania (Mc 14,3-9; Mt 26,6-13; Jn 12,1-8). Lee atentamente esos textos y date cuenta de sus semejanzas y diferencias, así como de la identidad de las mujeres que allí aparecen. ¿Quiénes son? ¿Cómo se llaman?
2. Busca los pasajes del evangelio que mencionan explícitamente a María. ¿Qué dicen de ella? ¿En qué aspectos de su persona los testimonios son unánimes? ¿Qué no dicen de ella?
3. ¿Has experimentado, como María, que Jesús te ha liberado de muchos “demonios”? Nombra esas experiencias y agradece, una vez más, la sanación.
4. El Señor Resucitado seca tus lágrimas, pronuncia tu nombre, enciende tu esperanza y te envía a anunciarlo. ¿Cómo realizas esta misión en tu vida cotidiana? ¿Anuncias, con el amor y la fe de María Magdalena: “He visto al Señor”?
María Magdalena a los pies del Resucitado
 
Para orar: Anuncio de María Magdalena

Escuchad, no estéis ya con las puertas cerradas,
que no os aprisionen más la duda y el miedo.
No ha vencido la muerte al que es la Vida.
El sepulcro está vacío, ¡ha resucitado!

Aquel que nos ama sigue aquí, con nosotros.
Ha secado mis lágrimas al nacer la mañana.
Fui de noche a la tumba, dando tumbos y a oscuras,
y me llenó de luz el rostro con una palabra suya.

Me lo decía el corazón, que no podía estar muerto,
y, en el huerto, mi nombre resonó en su garganta.
Se me quitó la losa de su ausencia que oprimía mi vida
y corrí a abrazarlo, a llenar de besos sus pies atravesados.

Rabbuní, en mi angustia madrugué para buscarte.
Te encontré, te agarré y no te soltaré, Maestro mío.
Quédate con nosotros, camina a nuestro lado para siempre.
Danos suficiente amor para cambiar el mundo a tu manera.

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* Bibliografía:


- Isabel Gómez Acebo (eds), María Magdalena. De apóstol a prostituta y amante, DDB 2007
- Régis Burnet, María Magdalena. De pecadora arrepentida a esposa de Jesús. Historia de la recepción de una figura bíblica, DDB 2006

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Conchi López, pddm
Publicado en la revista de comunicación social y pastoral "Cooperador Paulino", nº 161, abril-junio 2012

domingo, 8 de abril de 2012

Ha vencido el Viviente


(Anuncio de María Magdalena)

“El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando todavía estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,9ss)


Escuchad, no estéis ya con las puertas cerradas,
sacudid vuestros miedos, alegrad la mirada:
no ha vencido la muerte a Aquel que es la Vida.
Ya no está en el sepulcro, ha vencido el Viviente.

Está aquí con nosotros el Señor que nos ama.
Ha cesado mi llanto al nacer la mañana.
Fui de noche a la tumba dando tumbos y a oscuras
y Él me dejó radiante, sin temores ni dudas.

-¡María! - ¡Rabbuni!
-¡María! - ¡Rabbuni!
¡He visto al Señor! ¡He escuchado al Señor!
¡He tocado al Señor! ¡Y me envió a vosotros!

No podía estar muerto, el amor lo decía.
Y en el huerto mi nombre resonó en aquel día.
Se me quitó la losa del dolor y la ausencia
y corrí a abrazarlo, a aferrar su presencia.

Madrugué para buscarte, mi Señor y Maestro.
Encontré mi tesoro, a mi Dios y mi todo.
Quédate con nosotros, camina a nuestro lado,
Que seamos reflejo de tu amor entregado.

-¡María! - ¡Rabbuni!
-¡María! - ¡Rabbuni!
¡He visto al Señor! ¡He escuchado al Señor!
¡He tocado al Señor! ¡Y me envió a vosotros!

¡He visto al Señor! ¡He escuchado al Señor!
¡He tocado al Señor!
¡Y me  envió a anunciar  QUE VI-VE!


domingo, 12 de octubre de 2008

"Las mujeres al servicio del Evangelio"

Benedicto XVI
Audiencia del miércoles, 14 de febrero de 2007

Convendrán conmigo en que el papa Benedicto XVI es poco sospechoso de heterodoxia y de ignorar la teología, la exégesis y la tradición... Si algo tiene nuestro papa es que es un hombre tremendamente culto, ¿no es así? Pues dedico este post a quienes se obstinan en aferrarse a viejas y medias "verdades" y renuncian a su razón que, como bien dice nuestro papa, siempre debe ir unida a la fe. Por supuesto, a él no se le ocurre repetir lo que siempre se dijo si la exégesis actual lo desmiente unánimemente.

YYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY

Queridos hermanos y hermanas:
Llegamos hoy al final de nuestro recorrido entre los testigos del cristianismo naciente, mencionados en los escritos del Nuevo Testamento. Y aprovechamos la última etapa de este primer recorrido para centrar nuestra atención en las muchas figuras femeninas que han desempeñado un efectivo y precioso papel en la difusión del Evangelio.

Su testimonio no puede ser olvidado, según lo que el mismo Jesús dijo sobre la mujer que le ungió la cabeza poco antes de la Pasión: «Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya» (Mateo 26, 13; Marcos 14, 9).

El Señor quiere que estos testigos del Evangelio, estas figuras que han dado su contribución para que creciera la fe en Él, sean conocidas y su memoria permanezca viva en la Iglesia. Históricamente podemos distinguir el papel de las mujeres en el cristianismo primitivo, durante la vida terrena de Jesús y durante las vicisitudes de la primera generación cristiana.

Ciertamente, como sabemos, Jesús escogió entre sus discípulos a doce hombres como padres del nuevo Israel, «para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar» (Marcos 3,14-l5). Este hecho es evidente, pero, además de los doce, columnas de la Iglesia, padres del nuevo Pueblo de Dios, fueron también escogidas muchas mujeres en el número de los discípulos.
Sólo puedo mencionar brevemente a aquellas que se encontraron en el camino del mismo Jesús, comenzando por la profetisa Ana (Cf. Lucas 2, 36-38) hasta llegar a la Samaritana (Cf. Juan 4,1-39), la mujer siro-fenicia (Cf. Marcos 7,24-30), la hemorroisa (Cf. Mateo 9,20-22) y la pecadora perdonada (Cf. Lucas 7, 36-50).

También mencionaré a las protagonistas de algunas de sus eficaces parábolas, por ejemplo, a la mujer que hace el pan (Mateo 13, 33), a la mujer que pierde la dracma (Lucas 15, 8-10), a la viuda inoportuna ante el juez (Lucas 18, 1-8).

Para nuestro argumento son más significativas las mujeres que desempeñaron un papel activo en el marco de la misión de Jesús. En primer lugar, el pensamiento se dirige naturalmente a la Virgen María, que con su fe y su obra maternal colaboró de manera única en nuestra Redención, hasta el punto de que Isabel pudo llamarla «bendita entre las mujeres» (Lucas 1, 42), añadiendo: «feliz la que ha creído» (Lucas 1, 45).
Convertida en discípula del Hijo, María manifestó en Caná la confianza total en él (Cf. Juan 2, 5) y le siguió hasta los pies de la Cruz, donde recibió de él una misión maternal para todos sus discípulos de todos los tiempos, representados por Juan (Cf. Juan 19, 25-27).

Hay, además, varias mujeres, que de diferentes maneras gravitaron en torno a la figura de Jesús con funciones de responsabilidad. Son ejemplo elocuente las mujeres que seguían a Jesús para servirle con sus bienes. Lucas nos ofrece algunos nombres: María de Magdala, Juana, Susana, y «otras muchas» (Cf. Lucas 8, 2-3). Después, los Evangelios nos dicen que las mujeres, a diferencia de los Doce, no abandonaron a Jesús en la hora de la Pasión (Cf. Mateo 27, 56.61; Marcos 15, 40). Entre ellas destaca en particular la Magdalena, que no sólo estuvo presente en la Pasión, sino que se convirtió también en la primera testigo y anunciadora del Resucitado (Cf. Juan 20,1.11-18). Precisamente a María de Magdala santo Tomás de Aquino dedica el singular calificativo de «apóstola de los apóstoles» («apostolorum apostola»), dedicándole un bello comentario: «Así como una mujer había anunciado al primer hombre palabras de muerte, así también una mujer fue la primera en anunciar a los apóstoles palabras de vida» («Super Ioannem», editorial Cai, § 2519).

También en el ámbito de la Iglesia primitiva la presencia femenina no es ni mucho menos secundaria. Es el caso de las cuatro hijas del «diácono» Felipe, cuyo nombre no es mencionado, residentes en Cesarea, dotadas todas ellas, como dice san Lucas, del «don de profecía», es decir, de la facultad de hablar públicamente bajo la acción del Espíritu Santo (Cf. Hechos, 21, 9). La brevedad de la noticia no permite sacar deducciones más precisas.

Debemos a san Pablo una documentación más amplia sobre la dignidad y el papel eclesial de la mujer. Comienza por el principio fundamental, según el cual, para los bautizados «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer», «ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3, 28), es decir, unidos todos en la misma dignidad de fondo, aunque cada uno con funciones específicas (Cf. 1 Corintios 12,27-30).
El apóstol admite como algo normal el que en la comunidad cristiana la mujer pueda «profetizar» (1 Corintios 11, 5), es decir, pronunciarse abiertamente bajo la influencia del Espíritu Santo, a condición de que sea para la edificación de la comunidad y de una manera digna. Por tanto, hay que relativizar la famosa exhortación «las mujeres cállense en las asambleas» (1 Corintios 14, 34).
El problema, sumamente discutido, sobre la relación entre la primera frase -las mujeres pueden profetizar en la asamblea-, y la otra -no pueden hablar-, es decir, la relación entre estas dos indicaciones que aparentemente son contradictorias, se lo dejamos a los exegetas. No es algo que hay que discutir aquí. El miércoles pasado ya nos habíamos encontrado con Prisca o Priscila, esposa de Áquila, quien en dos casos es mencionada sorprendentemente antes del marido (Cf. Hechos 18,18; Romanos 16,3): ambos son calificados explícitamente por Pablo como sus «sun-ergoús», «colaboradores» (Romanos 16, 3).

Hay otras observaciones que no hay que descuidar. Es necesario constatar, por ejemplo, que la breve Carta a Filemón es dirigida por Pablo también a una mujer de nombre «Apfia» (Cf. Filemón 2). Traducciones latinas y sirias del texto griego añaden al nombre «Apfia» el calificativo de «soror carissima» (ibídem), y hay que decir que en la comunidad de Colosas debía ocupar un papel de importancia; en todo caso, es la única mujer mencionada por Pablo entre los destinatarios de una carta suya.

En otros pasajes, el apóstol menciona a una cierta «Febe», a la que llama «diákonos» de la Iglesia en Cencreas, la pequeña ciudad puerto al este de Corinto (Cf. Romanos 16,1-2). Si bien el título, en aquel tiempo, todavía no tenía un valor ministerial específico de carácter jerárquico, expresa un auténtico ejercicio de responsabilidad por parte de esta mujer a favor de esa comunidad cristiana.Pablo pide que sea recibida cordialmente y asistida «en cualquier cosa que necesite de vosotros», y después añade: «pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo». En el mismo contexto epistolar, el apóstol, con rasgos delicados recuerda otros nombres de mujeres: una cierta María, y después Trifena, Trifosa, y Pérside, «amada», así como a Julia, de las que escribe abiertamente que «se han fatigado por vosotros» o «se han fatigado en el Señor» (Romanos 16, 6.12a. 12b.15), subrayando de este modo su intenso compromiso eclesial.

En la Iglesia de Filipos se distinguían, además, dos mujeres de nombre Evodia y Síntique (Filipenses 4, 2): el llamamiento que Pablo hace a la concordia mutua da a entender que las dos mujeres desempeñaban una función importante dentro de esa comunidad.

En síntesis, la historia del cristianismo hubiera tenido un desarrollo muy diferente si no se hubiera dado la aportación generosa de muchas mujeres. Por este motivo, como escribió mi venerado y querido predecesor, Juan Pablo II, en la carta apostólica «Mulieris dignitatem», «La Iglesia da gracias por todas las mujeres y por cada una… La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del “genio” femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina» (n. 31).

Como se ve, el elogio se refiere a las mujeres en al transcurso de la historia de la Iglesia y es expresado en nombre de toda la comunidad eclesial. Nosotros también nos unimos a este aprecio, dando gracias al Señor porque Él conduce a su Iglesia, de generación en generación, sirviéndose indistintamente de hombres y mujeres, que saben hacer fecunda su fe y su bautismo para el bien de todo el Cuerpo eclesial para mayor gloria de Dios.


[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]
Nota: La negrita es mía.

viernes, 19 de septiembre de 2008

María Magdalena

El evangelio de ayer (Lc 8,1-3) nos decía que Jesús iba por pueblos y aldeas anunciando ese nuevo modo de vivir que llamamos "Reino", y con él iban discípulos y discípulas. Hecho, éste último, totalmente insólito en aquel tiempo.
Estas discípulas son las mismas que acompañaron a Jesús hasta Jerusalén y que, cuando todos huyeron, se mantuvieron resistentes hasta la cruz.
Entre ellas estaba María Magdalena, la que obstinadamente se sigue identificando con la pecadora, mujer de mala vida o prostituta, para más detalles.

Son ya docenas las veces que he intentado clarificar, en los cursos bíblicos, las identidades de las mujeres del evangelio, que habitualmente todo el mundo confunde (incluidos nuestros sacerdotes en sus predicaciones...). Docenas las veces que he dicho que nada hay, en los evangelios, que identifique a María Magdalena con la prostituta de Lucas 7, ni con la adúltera de Jn 8. De María Magdalena sólo se dice que Jesús la había liberado de siete demonios y que fue la primera testigo de la resurrección. Nada más. Pero, no es la primera vez que, a la vuelta de curso, los alumnos me siguen diciendo lo mismo: María Magdalena, la que ungió los pies a Jesús en casa del fariseo...
Eso, por no hablar de libros como El Código Da Vinci, que inventa una tórrida relación entre la discípula y su Maestro.

¿A qué se debe que tanto "en casa" como fuera, es decir, tanto en el ámbito eclesial como extra y antieclesial, se haya tergiversado tanto la identidad de esta mujer?
Quiero recomendar dos libros que pueden clarificar mucho cómo y por qué esta desfiguración de la identidad de María, que llegó a considerarse, en los primeros siglos, "apóstol de los apóstoles" y que pasó a ser, después, el prototipo de pecadora y penitente que conocemos.

El primer libro es el de nuestro amigo Quique Fernández, María Magdalena, de la colección Mujeres en la historica, ed. Edimat.
Y el segundo es el editado por Isabel Gómez Acebo en DDB, María Magdalena, de apóstol a prostituta y amante. Este volumen pertenece a la colección En clave de mujer.

Y, ya que estamos, vamos a recomendar esa colección: se trata de una serie de "libros religiosos y teológicos que pretende divulgar el pensamiento femenino sobre estas materias. Un pensamiento que se ha presentado con fuerza a partir de los años 70 y que se inició, fundamentalmente, en el mundo americano y alemán. Las mujeres españolas han entrado tarde, lo que no puede extrañar a nadie, ya que nuestra cultura mediterránea ha supuesto un mayor freno a la incorporación de las mujeres a la vida pública, cualquiera que fuese su campo. La colección pretende recuperar silencios, corregir interpretaciones, ofrecer espiritualidad,... con la convicción de que también las mujeres pueden y deben acceder a alguna parcela de la verdad sobre Dios"

(http://www.edesclee.com/Formularios/Colecciones.asp?idColeccion=16&inicio=1).