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martes, 21 de abril de 2009

Autoridad y liderazgo de mujeres en las cartas auténticas de Pablo (Elisa Estévez)

Seminario Internacional sobre San Pablo

Hoy es día de españoles. Por la mañana, nos ha hablado Elisa Estévez, mi antigua profesora de hebreo en la licencia. Esta mujer sigue siendo un torbellino, la sofisticación y la simplicidad en persona. Cuando he ido a saludarla durante el desayuno con un suave "buon giorno", ella ha exclamado con voz sonora: "¡Hombreeeeeeee! ¿Pero qué haces tú aquí?"
Sus carcajadas solían oírse por los pasillos de la universidad y en el bar, en sus diálogos con alumnos y proferores, y continúa siendo así. Es una mujer llena de vitalidad, inteligencia y arrojo y, para mí, una de las mejores profesoras de la facultad de teología de Comillas (Madrid).

Su ponencia es especialmente interesante para las mujeres: "Autoridad y liderazgo femenino en las cartas de Pablo". El título, en el programa, era mucho menos "agresivo": "Las mujeres en la tradición paulina". Con los famosos pasajes del velo y de que la mujer se calle en la iglesia, muchos varones despachan la cuestión. Pero la cuestión es mucho más amplia, menos superficial e impone la realidad de muchas mujeres que, con nombre propio, son reconocidas por Pablo como colaboradoras y apóstoles, al mismo nivel que hombres como Timoteo o Tito.
Llevo hablando de ello todo el año. En este sentido, no es "nuevo" para mí. Pero me resulta nuevo que en un congreso de hombres se haya llamado a una mujer para contarnos esto tan documentadamente, si bien en algunos varones de la asamblea he podido observar miradas cómplices teñidas de escepticismo y risitas de... no se sabe de qué. Quizá la misma risa de Abrahán cuando Dios le dijo que su mujer Sara, tan entradita en años, iba a tener un hijo suyo. Risa de incredulidad. Muchos varones se resisten a convivir con las mujeres en paridad, compartiendo con ellas, de igual a igual, ministerios, funciones, tareas... E incluso se sienten amenazados si una mujer les supera en formación y experiencia. Así continúan siendo las cosas.

Pablo, al parecer, no era así. No tiene reparo en llamar a Junia apóstol, en pedir reconocimiento para Febe, diaconisa de Céncreas, o en hablar con admiración de Prisca, que ha arriesgado su vida por él... ¿Machista Pablo? ¡Ojalá muchos eclesiásticos (y hombres en general...) aprendieran hoy su misma apertura a las mujeres!

Las mujeres de la sala han seguido la charla de Elisa con interés aunque con un poco de agobio. Ella habla deprisa y los traductores no lograban seguirla... ¡Ay! ¡Estas traducciones pueden traer más de un altercado fraterno! En general, son traductores profesionales los encargados en traducir, salvo ayer. Las ponencias de John Pilch eran en inglés. El traductor español llegó tarde y, en su lugar, un hermano paulino trató de echar una mano haciendo el servicio... Yo no estaba enterada y hoy, a la mesa, me han preguntado qué tal las traducciones: "El de ayer por la mañana fue nefasto. Me pasé al italiano porque no había quien lo aguantara...".-"¿Ah, sí? ¡Fui yo!..."
¡Trágame, tierra! ¡La próxima vez tendré más cuidado!


Una tarde caldeada

Carlos Gil, con su estilo tranquilo, ordenado y su timbre de voz casi "místico", nos ha hablado esta tarde de "Pablo, pionero en el campo de la evangelización". ¿Pionero en qué? Él ha señalado unos puntos que distan mucho de lo que nosotros pensaríamos:

- Pionero en NO SUCUMBIR A LA APARIENCIA DE DEBILIDAD.
- Pionero en su pasión por el Dios crucificado.
- Pionero en afirmar la incompatibilidad entre la ley y la fe.
- Pionero en el reconocimiento, acogida y cultivo de la pluralidad, y el diálogo con las diversas culturas.

De estos puntos, entre otros, me quedo con los dos primeros, que están en clara relación. Quizá porque últimamente lo de evangelizar "en la debilidad" lo estoy experimentando en mi propia piel y veo que no por ello el Evangelio de Jesús deja de cundir a mi alrededor, por la fuerza del Espíritu. Todo lo contrario. Y si hay algo que estremece y me fascina en Pablo es ese modo de presentarse como apóstol que lleva en su cuerpo las marcas de Jesús y que evangeliza desde la debilidad...

Tras la intervención de Carlos, ha habido más de una hora de preguntas a los dos ponentes en las que hemos vibrado con sus respuestas brillantes, claras, directas y arriesgadas... El ambiente se ha caldeado un poco, aunque sin llegar a resultar tenso o incómodo. Y esto, en en virtud de la intensidad del argumento y de la implicación de todos los presentes.
Me ha gustado Carlos, pero más aún Elisa, que ha puesto voz a mis sentires y a los de miles de mujeres cristianas que luchan por el reconocimiento de la igualdad y la paridad con los varones dentro de la Iglesia. Reproduzco sólo un fragmento de una de las respuestas de Elisa, que me ha gustado especialmente:
"Esta mañana yo he empezado mi intervención hablando del poder de significar. Efectivamente, queremos el poder de transformar la realidad igual que cualquier varón, exactamente igual, ni mejor ni peor, pero en las mismas condiciones.
Cuando nosotros leemos estos textos [los de Pablo], ciertamente somos conscientes de que aquí no hay una igualdad absoluta en estas iglesias. La ekklesía de Pablo no llegó a ser una ekklesía en que la igualdad de hombre y mujer fuera tal. Tampoco en el movimiento de Jesús hay una realidad que plasmara lo que hoy entendemos como igualdad. Pero efectivamente encontramos que, desde estos textos, hay un aliento, desde las tradiciones más primitivas de Jesús que apuntan, ¿a qué? Efectivamente apuntan a la universalidad, apuntan a la inclusividad, a que todos y todas tenemos un puesto, a que somos equiparables; no complementarias, sino equiparables.
Cuando dicen que las mujeres somos "complementarias" a los varones creo que la búsqueda de nuestra identidad no va por ser complementarias. No, lo que buscamos es ser equiparables y entrar en una interdependencia en la que somos iguales, no el complemento de nadie. Tenemos una identidad propia".

Así es. Así sea. Amén.

P.D.: Por cierto, a ti, siamesa, que temes que este curso sea un "castañazo como la catedral de Burgos" (expresiva que es mi siamesa...), te habría encantado el discurso de Elisa. Seguro.

viernes, 24 de octubre de 2008

Mil mujeres espléndidas


Es imposible saber, hasta el final de la novela, por qué Khaled Hosseini ha titulado "Mil soles espléndidos" un relato tan duro, tan dramático, tan dolorosamente realista y tan teñido de negro y rojo, en donde ni un sol espléndido parecería resplandecer.
Cuando hace semanas comencé su lectura (que terminé literalmente en cuatro días...), no sabía nada sobre Afganistán ni su historia, ni sobre los muyahidines y los talibanes (más allá de las noticias de guerras y atentados que todos conocemos). En realidad, sé muy poco o casi nada sobre la historia y la vida cotidiana de países no occidentales, como si la "historia universal" fuera exclusivamente "historia de aquí" o, como mucho, "historia europea".
En mis tiempos, en la enseñanza básica y en el instituto no aprendíamos nada sobre historia de la India, Australia o República democrática del Congo... El eurocentrismo era absoluto, como si nosotros y nuestra cultura y civilización fueran el ombligo del mundo. Supongo que hoy sigue siendo igual o incluso peor...
Pero cuando crecemos y sacamos la nariz más allá de nuestro raquítico entorno, y viajamos, y leemos, y nos relacionamos, y miramos el vastísimo mundo que nos rodea, con su pluralidad y diversidad, descubrimos en nuestro interior una solidaridad radical que nos une a otras gentes, a otros pueblos, a otros destinos menos afortunados que el nuestro...

Hace años tuve la oportunidad de vivir nueve meses con quince hermanas de trece países diferentes. Desde entonces, Asia y África, con sus gentes, me resultan tan cercanas como Toledo o Madrid. Y me pregunto si podría permanecer callada si supiera que algo como lo que cuenta Khaled estuviera sucediendo en mi ciudad.
Todos hemos oído hablar de la situación de la mujer en muchos países africanos y asiáticos. Hemos oído hablar, por ejemplo, del burka afgano, de los matrimonios concertados y de la ablación de clítoris, que, por cierto, hoy día sigue afectando a unos 135 millones de mujeres y niñas en el mundo. Datos estremecedores, pero sólo datos, para nosotros. Datos sin rostro. Ninguna de esas mujeres es nuestra hermana, nuestra madre, o nuestra hija.
Sin embargo, Khaled le pone rostro y alma a esas realidades tan injustas como absurdas, y perfila, con un estilo sencillo y nada afectado, el retrato de dos heroínas semejantes, en algunos rasgos, a otras que la historia o la leyenda nos ha dado a conocer. Dos heroínas nada espectaculares, pero admirables por su resistencia y por su esperanza inquebrantable.
Mariam y Laila, protagonistas del relato, llegan a unirse con una alianza de amor y solidaridad semejante a la de Noemí y Rut en la Biblia, si bien al principio la poliandria las había convertido en rivales, como convirtió en enemigas a Sara y Ágar, a las hermanas Raquel y Lía y o a las esposas de Elcaná, Ana y Peninna... La disputa por el amor, el honor y el primer puesto en la casa y en la cama de su marido convirtió a Mariam y Laila en adversarias, hasta que llegó un momento en que las dos llegan a sentirse hermanas, como salidas de un mismo útero y arrojadas a la misma injusticia social propiciada y mantenida por los hombres.
En Laila, en su mentira a Rashid, he podido ver la sagacidad que usó Tamar con Judá para hacerse con una descendencia que los hombres le habían negado en una sociedad patriarcal y machista en la que la mujer no tenía voz.
Y en Mariam he visto la sumisión de Dina, cuyo destino iba siendo trazado por las decisiones arbitrarias de los hombres sin darle la menor oportunidad de manifestar la más mínima rebeldía.
Pero llega un momento en que la fortaleza y la valentía de Laila despierta a Mariam y ambas intentan huír de su opresión, como nuestras contemporáneas Telma y Louise, de las que Mercedes Navarro (1) dice:
"Me sobrecoge la última escena [de la película Telma y Louise], a cámara lenta, en la que se ve el coche con ambas mujeres, precipitándose por el cañón del Colorado. Me sobrecoge por su simbolismo: una vez emprendido el camino de la libertad, las mujeres saben que no tiene vuelta atrás, aun cuando el camino desemboque en la muerte".
Otra evocación de la novela: la película "Golpes a mi puerta" de Alejandro Saderman. Una película en donde dos mujeres religiosas, Ana y Úrsula, se muestran insumisas con un sistema político y militar injusto y opresor y pagan con su vida la defensa de la libertad y de la verdad.
El tema es completamente diverso al de Mil soles espléndidos, pero las figuras de estas dos mujeres que luchan contra la injusticia de unos regímenes totalitarios hasta el punto de dar su vida, son paralelas. Incluso la entrega final de Ana, que pone a salvo a su hermana, amiga y compañera Úrsula, se parece al desenlace de la obra de Khaled.
Y sigo con los paralelismos: Mariam y Laila luchan contra Rashid, su Holofernes particular, con la misma valentía de Judit y su sierva. Luchan y vencen, aunque su victoria tiene un precio muy caro...
Mil mujeres espléndidas, cuya lucha cotidiana, silenciosa y resistente, por la justicia y la dignidad nos resulta admirable, nos da inspiración para nuestras pequeñas batallas, y nos hace solidarias con situaciones límite que, todavía en el siglo veintiuno, siguen existiendo.

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(1) Mercedes Navarro, Las siete palabras de Mercedes Navarro, PPC 1996, 139

domingo, 12 de octubre de 2008

"Las mujeres al servicio del Evangelio"

Benedicto XVI
Audiencia del miércoles, 14 de febrero de 2007

Convendrán conmigo en que el papa Benedicto XVI es poco sospechoso de heterodoxia y de ignorar la teología, la exégesis y la tradición... Si algo tiene nuestro papa es que es un hombre tremendamente culto, ¿no es así? Pues dedico este post a quienes se obstinan en aferrarse a viejas y medias "verdades" y renuncian a su razón que, como bien dice nuestro papa, siempre debe ir unida a la fe. Por supuesto, a él no se le ocurre repetir lo que siempre se dijo si la exégesis actual lo desmiente unánimemente.

YYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY

Queridos hermanos y hermanas:
Llegamos hoy al final de nuestro recorrido entre los testigos del cristianismo naciente, mencionados en los escritos del Nuevo Testamento. Y aprovechamos la última etapa de este primer recorrido para centrar nuestra atención en las muchas figuras femeninas que han desempeñado un efectivo y precioso papel en la difusión del Evangelio.

Su testimonio no puede ser olvidado, según lo que el mismo Jesús dijo sobre la mujer que le ungió la cabeza poco antes de la Pasión: «Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya» (Mateo 26, 13; Marcos 14, 9).

El Señor quiere que estos testigos del Evangelio, estas figuras que han dado su contribución para que creciera la fe en Él, sean conocidas y su memoria permanezca viva en la Iglesia. Históricamente podemos distinguir el papel de las mujeres en el cristianismo primitivo, durante la vida terrena de Jesús y durante las vicisitudes de la primera generación cristiana.

Ciertamente, como sabemos, Jesús escogió entre sus discípulos a doce hombres como padres del nuevo Israel, «para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar» (Marcos 3,14-l5). Este hecho es evidente, pero, además de los doce, columnas de la Iglesia, padres del nuevo Pueblo de Dios, fueron también escogidas muchas mujeres en el número de los discípulos.
Sólo puedo mencionar brevemente a aquellas que se encontraron en el camino del mismo Jesús, comenzando por la profetisa Ana (Cf. Lucas 2, 36-38) hasta llegar a la Samaritana (Cf. Juan 4,1-39), la mujer siro-fenicia (Cf. Marcos 7,24-30), la hemorroisa (Cf. Mateo 9,20-22) y la pecadora perdonada (Cf. Lucas 7, 36-50).

También mencionaré a las protagonistas de algunas de sus eficaces parábolas, por ejemplo, a la mujer que hace el pan (Mateo 13, 33), a la mujer que pierde la dracma (Lucas 15, 8-10), a la viuda inoportuna ante el juez (Lucas 18, 1-8).

Para nuestro argumento son más significativas las mujeres que desempeñaron un papel activo en el marco de la misión de Jesús. En primer lugar, el pensamiento se dirige naturalmente a la Virgen María, que con su fe y su obra maternal colaboró de manera única en nuestra Redención, hasta el punto de que Isabel pudo llamarla «bendita entre las mujeres» (Lucas 1, 42), añadiendo: «feliz la que ha creído» (Lucas 1, 45).
Convertida en discípula del Hijo, María manifestó en Caná la confianza total en él (Cf. Juan 2, 5) y le siguió hasta los pies de la Cruz, donde recibió de él una misión maternal para todos sus discípulos de todos los tiempos, representados por Juan (Cf. Juan 19, 25-27).

Hay, además, varias mujeres, que de diferentes maneras gravitaron en torno a la figura de Jesús con funciones de responsabilidad. Son ejemplo elocuente las mujeres que seguían a Jesús para servirle con sus bienes. Lucas nos ofrece algunos nombres: María de Magdala, Juana, Susana, y «otras muchas» (Cf. Lucas 8, 2-3). Después, los Evangelios nos dicen que las mujeres, a diferencia de los Doce, no abandonaron a Jesús en la hora de la Pasión (Cf. Mateo 27, 56.61; Marcos 15, 40). Entre ellas destaca en particular la Magdalena, que no sólo estuvo presente en la Pasión, sino que se convirtió también en la primera testigo y anunciadora del Resucitado (Cf. Juan 20,1.11-18). Precisamente a María de Magdala santo Tomás de Aquino dedica el singular calificativo de «apóstola de los apóstoles» («apostolorum apostola»), dedicándole un bello comentario: «Así como una mujer había anunciado al primer hombre palabras de muerte, así también una mujer fue la primera en anunciar a los apóstoles palabras de vida» («Super Ioannem», editorial Cai, § 2519).

También en el ámbito de la Iglesia primitiva la presencia femenina no es ni mucho menos secundaria. Es el caso de las cuatro hijas del «diácono» Felipe, cuyo nombre no es mencionado, residentes en Cesarea, dotadas todas ellas, como dice san Lucas, del «don de profecía», es decir, de la facultad de hablar públicamente bajo la acción del Espíritu Santo (Cf. Hechos, 21, 9). La brevedad de la noticia no permite sacar deducciones más precisas.

Debemos a san Pablo una documentación más amplia sobre la dignidad y el papel eclesial de la mujer. Comienza por el principio fundamental, según el cual, para los bautizados «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer», «ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3, 28), es decir, unidos todos en la misma dignidad de fondo, aunque cada uno con funciones específicas (Cf. 1 Corintios 12,27-30).
El apóstol admite como algo normal el que en la comunidad cristiana la mujer pueda «profetizar» (1 Corintios 11, 5), es decir, pronunciarse abiertamente bajo la influencia del Espíritu Santo, a condición de que sea para la edificación de la comunidad y de una manera digna. Por tanto, hay que relativizar la famosa exhortación «las mujeres cállense en las asambleas» (1 Corintios 14, 34).
El problema, sumamente discutido, sobre la relación entre la primera frase -las mujeres pueden profetizar en la asamblea-, y la otra -no pueden hablar-, es decir, la relación entre estas dos indicaciones que aparentemente son contradictorias, se lo dejamos a los exegetas. No es algo que hay que discutir aquí. El miércoles pasado ya nos habíamos encontrado con Prisca o Priscila, esposa de Áquila, quien en dos casos es mencionada sorprendentemente antes del marido (Cf. Hechos 18,18; Romanos 16,3): ambos son calificados explícitamente por Pablo como sus «sun-ergoús», «colaboradores» (Romanos 16, 3).

Hay otras observaciones que no hay que descuidar. Es necesario constatar, por ejemplo, que la breve Carta a Filemón es dirigida por Pablo también a una mujer de nombre «Apfia» (Cf. Filemón 2). Traducciones latinas y sirias del texto griego añaden al nombre «Apfia» el calificativo de «soror carissima» (ibídem), y hay que decir que en la comunidad de Colosas debía ocupar un papel de importancia; en todo caso, es la única mujer mencionada por Pablo entre los destinatarios de una carta suya.

En otros pasajes, el apóstol menciona a una cierta «Febe», a la que llama «diákonos» de la Iglesia en Cencreas, la pequeña ciudad puerto al este de Corinto (Cf. Romanos 16,1-2). Si bien el título, en aquel tiempo, todavía no tenía un valor ministerial específico de carácter jerárquico, expresa un auténtico ejercicio de responsabilidad por parte de esta mujer a favor de esa comunidad cristiana.Pablo pide que sea recibida cordialmente y asistida «en cualquier cosa que necesite de vosotros», y después añade: «pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo». En el mismo contexto epistolar, el apóstol, con rasgos delicados recuerda otros nombres de mujeres: una cierta María, y después Trifena, Trifosa, y Pérside, «amada», así como a Julia, de las que escribe abiertamente que «se han fatigado por vosotros» o «se han fatigado en el Señor» (Romanos 16, 6.12a. 12b.15), subrayando de este modo su intenso compromiso eclesial.

En la Iglesia de Filipos se distinguían, además, dos mujeres de nombre Evodia y Síntique (Filipenses 4, 2): el llamamiento que Pablo hace a la concordia mutua da a entender que las dos mujeres desempeñaban una función importante dentro de esa comunidad.

En síntesis, la historia del cristianismo hubiera tenido un desarrollo muy diferente si no se hubiera dado la aportación generosa de muchas mujeres. Por este motivo, como escribió mi venerado y querido predecesor, Juan Pablo II, en la carta apostólica «Mulieris dignitatem», «La Iglesia da gracias por todas las mujeres y por cada una… La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del “genio” femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina» (n. 31).

Como se ve, el elogio se refiere a las mujeres en al transcurso de la historia de la Iglesia y es expresado en nombre de toda la comunidad eclesial. Nosotros también nos unimos a este aprecio, dando gracias al Señor porque Él conduce a su Iglesia, de generación en generación, sirviéndose indistintamente de hombres y mujeres, que saben hacer fecunda su fe y su bautismo para el bien de todo el Cuerpo eclesial para mayor gloria de Dios.


[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]
Nota: La negrita es mía.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Mil soles espléndidos

Mi amiga y colaboradora en Radio María, Mª Ángeles, me ha prestado un libro que ha leído este verano y que le ha impresionado profundamente. Se trata de la novela de Khaled Hosseini "Mil soles espléndidos". Ella me la ha recomendado vivamente aunque, eso sí "necesitarás tomarte un respiro de vez en cuando, porque en ocasiones resulta agobiante...", me ha dicho.
Anoche comencé su lectura. Sólo tres páginas, porque caí rendida. Pero el argumento es atrayente y prometedor:
"Hija ilegítima de un rico hombre de negocios, Mariam se cría con su madre en una modesta vivienda a las afueras de Herat. A los quince años, su vida cambia drásticamente cuando su padre la envía a Kabul a casarse con Rashid, un hosco zapatero treinta años mayor que ella. Casi dos décadas más tarde, Rashid encuentra en las calles de Kabul a Laila, una joven de quince años sin hogar. Cuando el zapatero le ofrece cobijo en su casa, que deberá compartir con Mariam, entre las dos mujeres se inicia una relación que acabará siendo tan profunda como la de dos hermanas, tan fuerte como la de madre e hija. Pese a la diferencia de edad y las distintas experiencias que la vida les ha deparado, la necesidad de afrontar las terribles circunstancias que las rodean -tanto de puertas adentro como en la calle, donde la violencia política asola el país-, hará que Mariam y Laila vayan forjando un vínculo indestructible que les otorgará la fuerza necesaria para superar el miedo y dar cabida a la esperanza.

lunes, 8 de octubre de 2007

Ley de paridad

"Los que os bautizasteis para uniros a Cristo, os vestisteis de Cristo.
Y no existe judío ni griego, no existe esclavo ni libre,
no existe varón ni mujer,
pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gál 3,27-28)

"No camines delante de mí, puede que no te siga.
No camines detrás de mí, puede que no te guíe.
Camina junto a mí y sé mi amigo"
(Albert Camus)

Una hermana de Congregación entró el otro día en el blog y exclamó, sin poder evitarlo:
- ¡Cuántas mujeres, ¿no?!
- Sí. ¿Y qué?
- Pues que... se echa de menos algún hombre. Parece una web extraña...
- ¿Extraña, por qué?
- No sé. Puede dar una sensación rara...

No explicito el contenido de "extraña" y "rara" para no mancillar la inocencia de espíritus sencillos pero he de reconocer que el comentario, además de perpleja, me dejó pensativa.

¿Por qué cuando participamos en una misa de catedral y vemos el presbiterio atestado de varones no exclamamos: "Cuánto hombre, ¿no?"
¿Por qué cuando recorremos la producción teológica clásica en la biblioteca de un Seminario o de una facultad teológica, no lamentamos: "Todos hombres, ¿no?"
¿Por qué cuando consultamos las estadísticas de estudiantes de teología no decimos, con decepción: "Mayoría absoluta varones, ¿no?"

Afortunadamente las cosas están cambiando, no gracias a una ley de paridad que imponga una cuota establecida, sino merced a que las mujeres estamos saliendo del "armario" diminuto y sofocante de lo doméstico, lo privado, lo escondido, lo "humilde", lo secundario, lo callado, lo "discreto"..., dispuestas a desplegar nuestras alas y echar a volar, surcando cielos hasta ahora reservados en exclusiva, cual coto privado, a los varones.
Se suele decir (no sé si con sinceridad, con paternalismo o con cinismo) que "detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer". Esta célebre y "masculina" frase serviría de consuelo y compensación si no fuera porque las mujeres no queremos estar "detrás", sino al lado, caminando a la par en armoniosa corresponsabilidad y "sinergia".

He de aclarar que no soy "andrógina". ¿Feminista, entonces? Que cada cual piense lo que quiera. Pero soy una mujer y en este blog las protagonistas, inevitablemente, serán las mujeres: mujeres de la Biblia y de la historia, de mi entorno, de mi congregación, de mi Iglesia... Ya es hora de abrir espacios a una voz necesaria, silenciada durante milenios en una sociedad y una Iglesia patriarcales. En este blog está vetada la ley de paridad.

Los hombres sois bienvenidos. ¡Claro que sí! La multiplicidad de la creación es hermosa y "no es bueno que la mujer esté sola". Pero, ni "delante" ni "detrás", sino al lado para construir juntos el Reino.