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lunes, 4 de febrero de 2013

Vocación

Tengo esta certeza desde niña: cuando Dios quiere algo de ti, es tan insistente como un enamorado loco. Le pondrás mil excusas, y Él desbaratará todos tus argumentos. Huirás de mil maneras, y Él te buscará debajo de las piedras. Llorarás y gritarás a Él diciéndole que tú no vales, que busque a otra, que te deje en paz… y Él te repetirá, sin cansarse, que ha pensado en ti desde siempre. Querrás olvidarte de su voz, pero su voz será dentro de ti como un fuego ardiente que no podrás contener ni apagar…

Hasta que un día, rendida en la lucha y vencida por su persistente amor, dejes caer todas tus resistencias y le digas que tú también le amas, que quieres lo que Él quiere, que eres suya para siempre, que te lleve donde quiera, y que te diga lo que has de hacer… 

Ese sí habrá sembrado en ti tu auténtica vida, tu aventura, tu dicha y tu paz.


"Tú me sondeas y me conoces" (Isabel Guerra)
.....................

sábado, 13 de noviembre de 2010

"Me has agarrado y me has podido" (Jr 20,7b)

"... lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos,
lo que contemplamos y palparon nuestras manos
acerca de la Palabra de vida... os lo anunciamos" (1 Jn 1,1-2)

domingo, 19 de septiembre de 2010

De rutinas e itinerancias

No puedo escribir sobre mi rutina diaria porque ningún día es igual a otro desde que vivo en Toledo. Aquí, a menudo hay imprevistos, contratiempos, novedades, alteraciones de los planes previstos y mucha diversidad en las actividades de cada uno de los días de la semana, lo que puede llegar a resultar realmente disperso y estresante. Sólo Dios sabe cuánto añoro una vida regular.En casi todas nuestras casas, el ritmo de vida viene marcado por los momentos de oración y trabajo, perfectamente establecidos y siempre iguales: levantarse a las seis y media de la mañana, laudes, Eucaristía, meditación, desayuno, trabajo o adoración de hora y media, más trabajo, comida, continuación del trabajo, vísperas, cena y descanso. En total, cuatro horas de oración, siete de trabajo y, el resto, tiempo para las comidas y el descanso.
En mi comunidad es imposible establecer un horario y una programación fija e inalterable. Hay un marco general de oración que no puede faltar (las cuatro horas que digo), pero el resto es muy variable. Una hermana da clase de liturgia (y, este año, de vida consagrada), además de conferencias y cursos diversos. Otra da clase de biblia. Otra trabaja en el taller de confección de casa. Otra está enferma y necesita el cuidado de todas, aunque también contribuye a las tareas domésticas ocupándose del planchado (que no es poco). Y, por fin, está la más joven, la postulante Lidia, que vive como una más entre nosotras. Un “tesorillo” que sirve para todo: espléndida cocinera, decoradora, cuidadora, estudiante…
Por turno semanal realizamos las tareas domésticas, organizándonos como podemos, porque tres de nosotras vivimos entre Toledo y Madrid, y esa itinerancia continua es molesta y desestabilizadora.
Un religioso conocido me decía este verano, con cierta sorpresa:
-“¿Llevas siete años en Toledo? ¿Y dónde está la itinerancia de la vida consagrada?”No le respondí, pero pensé: ¿Quizá en los cuarenta mil km que hice el curso pasado? ¿Quizá en estar dispuesta a estar donde hay que estar, más allá de toda preferencia? ¿Quizá en el viaje interior que hay que realizar para pasar de la tentación del cambio y la huida de situaciones difíciles a la opción por la perseverancia y la resistencia?
Esa “itinerancia” (el cambio de comunidad para, entre otras cosas, renovarse) es un lujo que pocos se pueden permitir. Para el resto, la resistencia amorosa es su “itinerancia” o su "peregrinación" que va del deseo de cambio a la oblación y el desprendimiento de todo tipo de deseo.
Pero, hablando de itinerancias, no puedo dejar de pensar en Lidia y en el cambio de vida que le espera muy pronto. El día 29 tenemos previsto que viaje a Roma para comenzar el pre-noviciado con tres jóvenes italianas y una polaca. ¿Dónde tendríamos la cabeza, a la búsqueda de un billete “económico”, para no caer en la cuenta de la huelga general del 29? Sea como sea, el caso es que saldrá ese día cuando los servicios mínimos nos lo permitan. En estas semanas previas, muchos “adioses”, muchas lágrimas… y mucha gratitud a Dios por el bien que Lidia nos ha traído y por la gracia que le espera en Roma.

martes, 8 de septiembre de 2009

Carta a corazón abierto (I)

¡Buenas tardes, Señor!

Hoy, fiesta de la Natividad de María, hace veintidós años que me enrolé en este barco, que me lancé a la aventura de navegar, mar adentro, por el océano desconocido de esta vida nueva que es la vida religiosa, vida de discipulado, de escucha y de anuncio de un mensaje que no es mío, sino tuyo: el Evangelio del amor.

Todo está tan cerca, en mi memoria, que parece que fue ayer. El 6 de septiembre de 1987, Conce vino a recogerme a casa, a mi pueblo, en su Renault 5 blanco. Yo me había puesto una falda azul y una blusa blanca. Quería tener aspecto de "religiosa". Deseché mi chaqueta vaquera y mi pantalón vaquero, y me puse en camino hacia la casa de formación, en Madrid. Llevaba dos años conociéndolas y ya había llegado el momento.

Allí me esperaban Paula, la maestra, y Dori, la joven que sería mi compañera de camino durante un año, antes de pasar a otra Congregación y de salir definitivamente, después, para abrazar la vida matrimonial. También me esperaban las otras hermanas.

Entre oración, trabajo, mucho estudio y crisis de crecimiento (a veces, durísimas), pasaron mis primeros diez años. Siempre enamorada de Ti. Siempre con la certeza de que yo no podía ni quería ser otra cosa que lo que estaba llamada a ser. Siempre perseverante, obstinada, "cabezota".

Tú sabes que, en la primera etapa de mi vida religiosa, aboné mi campo con muchas lágrimas, y que mi oración recurrente era: "Danos vida por los días en que nos afligiste, por los años en que sufrimos desdichas".
En esos años murió mi hermano Javi, la felicidad de mi familia se desmoronó, y en mi vocación me acompañaba una ceguera persistente que no me dejaba ver caminos transitables, ni futuro. Pero continué, semiciega, agarrada a tu mano y a otras manos que fueron, y son, amigas, hermanas y compañeras de camino. Tu mano y tu Palabra, y la fe, y el amor primero, que nunca se ha desvanecido porque no era una imaginación, sino más real que yo misma.

Pasaron los años de estudio y se abrió una nueva etapa: la de anunciar la Palabra, en una dedicación plena a la pastoral bíblica. Mi Congregación, mis hermanas, lo han hecho posible y hoy me siento agradecida por todo cuanto he vivido. Por todo. Y por los rostros y nombres que me has dado conocer, amar y llevar en el corazón.
Cada persona y cada grupo que te busca sinceramente son, para mí, un estímulo en mi propia búsqueda de Ti, y un empuje para ser, cada vez con más verdad, lo que Tú quieres que sea.

En mí han cambiado muchas cosas, en este devenir del tiempo. Entre ellas, mi modo de entender la vida religiosa, los votos, la misión, la comunidad... Toda la vida religiosa está cambiando en tu Iglesia. Era imprescindible ese cambio hacia una re-evangelización de este estilo de vida, hacia una simplificación de los modos y las estructuras, y hacia una humanización de sus miembros. Amo esta vida religiosa en cambio y en continua búsqueda de su Señor y del Evangelio tanto como me resulta "invivible" la vida religiosa "militarizada" de antaño.

En lo que toca a mí, me sé lejos de tu voluntad... Me pesan mis errores y espero tu misericordia y tu perdón tanto como el de aquellos a quienes he defraudado, herido o escandalizado. Pero aquí estoy, dispuesta a otros veintidos años, y a otros veintidós..., todos distintos y mejores que los pasados. Aquí estoy dispuesta a dar, cada día, un pequeño paso hacia Ti, hasta que esté tan cerca, tan pegada, tan unida a Ti, que pueda trasparentar algo de la Misericordia infinita de tu Rostro.

sábado, 14 de marzo de 2009

Asumir el riesgo de acoger

Pensamientos sobre la Vida Consagrada (I)


Con frecuencia, cuando hablamos entre las religiosas y "aterrizamos" en el tema de "las vocaciones", concluimos que "todas estamos igual" (salvo contadas excepciones, fácilmente explicables...), y que así es la situación de la vida religiosa actual, nos guste o no.
Las casas de formación están vacías desde hace años, o llenas de jóvenes provenientes de Asia, África o Sudamérica. Hace 22 años, cuando comencé a ir, en mi primera formación, a la escuela Regina Apostolorum de Madrid, donde acudíamos postulantes y novicias, había grupos de veinte y treinta formandas españolas de diversas congregaciones. Hoy, los grupos son multiculturales e internacionales, con mayoría absoluta extranjera. ¿Es que Dios ha dejado de llamar a los jóvenes de Europa Occidental? ¿O es que hemos perdido todo atractivo y "poder de seducción"? El tema es delicado y es difícil encontrar a alguien que hable con osadía de la responsabilidad que tenemos nosotros, los religiosos, en esta situación de "desierto vocacional" (salvo contadas excepciones también).
Yo hice mi noviciado en España, sola, mientras en Roma había un noviciado internacional de siete jóvenes y, en Polonia, otro noviciado de diecisiete polacas. En 1991, con motivo de la visita de Juan Pablo II a Czestochowa en la jornada mundial de la juventud, nos reunimos las veinticinco novicias en aquella ciudad tan emblemática para los católicos polacos, y tuvimos ocasión de intercambiar vivencias sobre nuestro camino formativo.
Una noche, en el jardín de casa, en el trascurso de un diálogo abierto en torno a diversos temas, una de las novicias polacas (Iwona) preguntó cómo era posible que en Portugal y en España sólo hubiera una novicia respectivamente... Su perplejidad era pareja a la mía, al toparme yo con un grupo tan grata e inesperadamente numeroso. Entonces, una de las hermanas mayores, de cuyo nombre sí puedo acordarme pero prefiero omitir, comenzó a dar una serie de explicaciones sociológicas(secularización, hedonismo...), eclesiológicas (protagonismo de los laicos, proliferación de otras formas de vida consagrada...) y psicológicas (inmadurez de las nuevas generaciones...) que dejaban clarísimo por qué los jóvenes no optaban por nuestro estilo de vida, al tiempo que a nosotras nos eximían de todo intento de autocrítica.
Cuando ella terminó de hablar, yo pedí la palabra y añadí: "Los aspectos aludidos son ciertos y no carecen de objetividad, pero yo quisiera añadir algunos factores que nos atañen a nosotras... Quizá estaría bien preguntarnos si nuestra vida es hermosa y deseable, y si acogemos con generosidad a las nuevas generaciones, ofreciéndoles, a la vez, futuro".
Ni que decir tiene que el debate quedó zanjado y a la novicia española le quedó constancia de la inoportunidad de su intervención... Sin embargo, dieciocho años después, el debate está más abierto que nunca, las comunidades, más envejecidas que nunca, y la situación para las jóvenes, más difícil que nunca..., a menos que quienes precedemos a las que vendrán seamos lo suficientemente generosas como para hacer espacio, acoger, acompañar, tratar con adultez a quienes no son niñas, sino mujeres como nosotras, con ideas propias y sentido crítico, facilitar el presente y preparar futuro, y formar sólidamente a aquellas a las que el Señor quiera comunicarles el carisma lo mismo que a nosotras. ¿Se me ocurre algo más? ¡Ah, sí! Esperar. Esperar, con paciencia y confianza, en el Señor y en las nuevas hermanas.
Quizá no sería un diálogo del todo inútil para nosotras el reunirnos alguna vez y preguntarnos, con honestidad y valentía, qué jóvenes queremos y para qué vida religiosa.
En los grandes congresos y semanas de vida consagrada, a menudo sale a relucir el "problema vocacional". Queremos jóvenes pero, en realidad, a menudo sucede que no estamos dispuestas a asumir el riesgo (y la incomodidad) que supone abrirles las puertas de nuestra casa. Con semejante panorama, yo no veo otro futuro, para muchas comunidades y congregaciones, que disponerse a "bien morir".

Severino Mª Alonso, un claretiano experto en vida religiosa, en un curso de formación que animó en nuestra casa hace unos años, dijo algo que yo compartí plenamente: "Una de mis oraciones más frecuentes es ésta: 'Señor, no mandes vocaciones allí donde sabes que las van a estropear...".

Amén. Y que el Señor nos ayude e infunda en nosotras la valentía y el riesgo de la fecundidad espiritual.

lunes, 26 de enero de 2009

Crónica de un mes intenso y precioso

Me da la sensación de que estoy viviendo este mes como si fuera una carrera de obstáculos en la que fuera haciendo equilibrios para ir superando las vallas, demasiado próximas unas de otras, sin tropezar y estrellarme, sin detenerme, sin rendirme, y sin tirar la toalla porque en algún momento tema que el esfuerzo supera mi capacidad. ¡Puffffffff! Respiro largamente, con satisfacción, ante el obstáculo final. Con certeza, el más difícil de todos para mí. Y me digo que quién me habrá mandado meterme en este berenjenal...
El caso es que el año comenzó, como siempre, comiendo las uvas con mi madre y, este año, también con mi hermano. Algún que otro "buen cristiano" me ha dicho que esa tradición tan pagana es una superstición. ¡Qué tontería! ¡Todo se puede cristianizar! Y, en esta ocasión, yo rezé al tomar cada una de las uvas por todos mis seres queridos y por el mundo entero. Cada uva era, para mí, la petición de un don para el mundo: paz, igualdad, justicia, misericordia, fe, esperanza... ¡Y no me atraganté!
Mi padre nunca se queda. A las diez, ya está en la cama. Quizá sea el único español que, estando sano y no teniendo otra ocupación, se va a dormir como un día cualquiera, en esa noche bulliciosa de fin de año. ¡Claro que a las 12 y 5 minutos se llevó un buen susto, porque los tres festivos y solitarios noctámbulos le sobresaltamos con nuestros besos y gritos de felicitación!
Después, como siempre en los últimos años, llegaron mis sobrinas pequeñas con su buya. ¡Cuánta algarabía arman y... cómo las echaríamos de menos si no estuvieran!

El día 29 de diciembre había estado en Jaén para hacer un curso de introducción a San Pablo con las Misioneras de acción parroquial. Y, desde mi pueblo, me trasladé a Toledo y luego a Madrid para hacer la segunda tanda del mismo curso a otro grupo de la misma Congregación. Unas hermanas con las que nó sólo he disfrutado mucho saboreando la Palabra en San Pablo, sino admirando su sencillez, cercanía, y detalles de fraternidad. Tienen una bella misión: evangelizar en las parroquias preferentemente de ambiente rural. Ir a los lugares adonde no va nadie. En esa línea he querido yo moverme este año, en parte.
Terminada la Navidad, comenzaron las actividades ordinarias, y alguna que otra extraordinaria. En las tres parroquias en las que acompaño grupos bíblicos, vamos estudiando ahora la segunda carta a los Corintios. Como hay que reconocer que San Pablo no es, en ocasiones, nada fácil de entender, algún que otro grupo casi se ha amotinado: "¡Vamos a saltarnos la 2 Corintios!"... Pero, superada la tentación de ignorar algún libro difícil, seguimos adelante con constancia, interés, e incluso, entusiasmo para terminar de aproximarnos al Cristo de Pablo a través de todos sus escritos.
También la CONFER de Toledo ha querido tener, este año, su curso de formación sobre Pablo y su evangelio. Y yo tuve la gracia de animar ese encuentro el día 17. "Con temor y temblor" acepto estas propuestas. Al ir, no es que vaya "llorando", como dice el salmo, pero un poco trémula sí. Y al volver, siempre vuelvo cantando, porque no hay nada con lo que disfrute más que hablando de la Palabra de Dios, sea cual sea el libro del que tenga que hablar.

En el intermedio de estas cosas, me tomé cuatro días para asistir a los ejercicios espirituales de Familia Paulina que animaba Elena Bosetti, hjbp, como dije abajo. Una aproximación hermosa a la experiencia religiosa de Pablo, modelo de discípulo y apóstol.

Mientras tanto, y a lo largo del mes, estábamos preparando una celebración importante. Como Familia Paulina, la Eucaristía televisada del día 25. Y, como Congregación, la entrada de una joven para abrazar la vida religiosa en nuestra familia: Lidia, una de mis compañeras de fatiga y apostolado del último año.

Ayer fue la fiesta. Por la mañana, tuvimos una Eucaristía preciosa en Toledo, presidida por el vicario parroquial, Gustavo Adolfo Conde. El coro había preparado los cantos con esmero, atendiendo a la petición de algún canto favorito de Lidia ("Ven del Líbano"). Gustavo se había preparado la homilía en clave vocacional, porque las lecturas nos acompañaron plenamente (la conversión de San Pablo y la llamada de los primeros discípulos), y Lidia habló a la asamblea de su vocación y de la vida consagrada como "una vida hermosa". Su familia ha estado aquí tres días, y el llanto reiterado de sus padres me recordó el llanto de los míos cada vez que me acompañaban en cada paso que iba dando: entrada al noviciado, primera profesión y profesión perpetua.
Es sabido de todos (y muchos lo ponderan, cual profetas de calamidades anunciando el ocaso inevitable de la vida religiosa) que "no hay vocaciones". Yo estoy convencida de que sí las hay. De que Dios llama hoy, como siempre ha llamado, para una vida de especial consagración. Luego está la libertad humana para elegir escuchar o elegir "pasar" del tema. Podemos poner miles de excusas para no escuchar: "las monjas de hoy día están muy secularizadas...", "los conventos parecen geriátricos...", "son anticuadas y no saben de la vida...", "no son felices; parece que están amargadas...", "no viven todo lo sántamente que debieran..." etc, etc. Pero nada de esto es una excusa para desoír la voz de Dios que llama a cada persona para hacer SU historia, no la de las demás.
Cuando comencé en la vida religiosa, tenía 17 años. Conmigo entró otra joven que se fue al año siguiente. Fue triste y preocupante para las hermanas, porque ya había comenzado la "crisis vocacional" hacía unos años. Alguna se atrevió a preguntarme: "Y tú, ¿qué?" Y yo respondí: "¿A qué te refieres? Nada de lo que pase fuera de mí podrá hacer que me aparte de mi vocación. Así es yo, nada; ¡yo, adelante!". ¿Presuntuoso? ¿Una falsa seguridad? Sé que Dios me perseguiría hasta el fin del mundo, si lo dejara. Sé que no puedo ser otra cosa que la que soy. Al menos, es lo que sé desde que tenía 15 años.

Lidia ha sido valiente. Dice que no le asusta la ancianidad de las hermanas ni la soledad generacional. Sólo le asusta que no respondamos a lo que la gente necesita. Sólo eso. Que el carisma se quede anclado en el pasado, en formas que ya no le dicen nada a nadie. Ni siquiera a quien las vive...
El viernes por la tarde, con sus padres, fuimos a Radio María para dejar grabado el programa del próximo miércoles, a las 5, sobre Antiguo Testamento. Estoy explicando el libro del Éxodo y, ¡"casualidad" también!, tocaba la vocación de Moisés. Aproveché para pedirle a Lidia que diera testimonio de su vocación. Ella no quedó muy contenta. Se lo pedí de sopetón y no pudo prepararse. Su experiencia también me recuerda la mía: la insistente persecución de Dios hasta que te vence y terminas diciéndole: ¡Hinnenî! ¡Aquí estoy! ¡Haz lo que quieras!
Hoy, más tranquila, me dispongo a saltar la última valla de mi carrera de enero: la animación de los ejercicios espirituales que comenzarán mañana para un grupo de la Familia Paulina. Es mi segundo curso como animadora. ¡Ahora sí que tiemblo! Pero, hasta ahora, tengo la experiencia de que el Espíritu Santo lleva las cosas y de que, si respondo mínimamente, Él lo hace todo muy bien.
Así sea.
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martes, 14 de octubre de 2008

Congreso anual de Pastoral Vocacional y Efeta, dos eventos esperanzadores

De la mano de la teóloga española Isabel Gómez Acebo, quiero daros a conocer dos encuentros, de muy distinto cariz, que han tenido lugar en Madrid y en Sevilla, en estos primeros días del mes de octubre. Encuentros en los que las mujeres de Iglesia, religiosas y laicas, han tenido un protagonismo especial. Como yo no he asistido (aunque me he quedado con las ganas), dejo que Isabel os lo cuente e incluso me permito tomar de ella el título de este post.
Por cierto, descubrí su blog hace días y me parece de lo más interesante. A la derecha he puesto un enlace para facilitaros su búsqueda.

YYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY

Unos eventos esperanzadores

He asistido este fin de semana a dos eventos muy distintos pero que me han llenado de esperanza en un cristianismo que permanece vivo en nuestra sociedad a pesar de todos los profetas de calamidades que nos hablan de su extinción.

El primero tuvo lugar en Madrid y era la celebración del congreso que las religiosas/os (altero el orden convencional porque ellas eran más numerosas con lo que se merecen la precedencia) llaman de Pastoral Vocacional. Había más de 800 personas en el salón de actos del colegio El Recuerdo de los jesuitas. La mayoría era joven, lo que ya sorprende cuando en las iglesias esa presencia ha disminuido dramáticamente. Muchos también guapos, puesto que hoy cuidan su presencia los religiosos y no se meten en el convento los que “no se comen un rosco” en la vida social, sino los que quieren llevar el cristianismo a los niveles más altos.
Mayores y jóvenes, altos y bajos, rubios y morenos, españoles y extranjeros, un plantel variopinto de personas que gozan de un elemento común: llenos de ilusión siguen los caminos marcados por Jesús de Nazaret para los escogidos. Imagino que el verse y compartir experiencias y proyectos les servirá a todos para renovar sus deseos y volver a sus casas fortificados en su fe.
El otro acto en el que he participado tiene unas dimensiones más modestas pero hubiera sido impensable hace unos años. Cerca de 100 personas, la mayoría mujeres, asistió a las Conferencias Presenciales de EFETA en Sevilla, unas siglas que responden a un portal de internet que ofrece un título superior privado, con duración de dos años en teología feminista. Entre las asistentes se graduaban cinco mujeres que ya habían terminado todos sus créditos. Algunas que proceden de países de América del Sur mandaron a sus amigas para que las representaran y recogieran su titulación.
Todo el grupo manifestaba su ilusión por estar realizando unos estudios que siempre habían soñado hacer y que las fortalecía como mujeres cristianas. Algunas comentaban que sus compañeras en países sudamericanos, donde la mujer sigue muy subordinada, estaban entusiasmadas por escuchar que tanto Dios como Jesús luchaban por las causas de las mujeres, que querían y las impulsaban a llevar a lo más alto las aptitudes con las que habían nacido. Sorprende que tras más de 2000 años estas cosas no se hayan oído antes pero ¡era tan cómodo que las mujeres fueran las criadas de todos! En ese todos meto también a los varones eclesiásticos, a los que especialmente les está costando cambiar de modelo.

sábado, 12 de abril de 2008

La puerta y la voz

Lectura orante de Juan 10,1-10
(Evangelio del IV Domingo de Pascua)


Y Invocación al Espíritu

Ora y repite despacio, meditativamente, como respirando, estas palabras:
Espíritu Santo de Dios,
Amor de Dios,
Fuerza de Dios,
Aliento de Dios,
Luz de Dios,

Ilumina mi mente
para que comprenda la Palabra de Jesús,
llena de amor mis afectos
para que se avive el deseo de seguirle
con todo el corazón,
fortalece y alienta mi voluntad
para que camine decididamente tras sus pasos,
escuchando, orando y viviendo su Evangelio,
todos los días de mi vida.
Amén.


X Juan 10,1-10
1 En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
- Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; 2 pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. 3 A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. 4 Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz: 5 a un extraño no lo seguirán sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.

6 Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. 7 Por eso añadió Jesús:
- Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. 8 Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
9 Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
10 El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.


a Cuando leas…

Del evangelio de hoy, me quedo con dos imágenes: la puerta y la voz.
E, irremediablemente, estas imágenes me trasportan a un poema bíblico que habla de una puerta y de una voz:

“Yo dormía, pero mi corazón velaba.
¡La voz de mi amado que llama!
Ábreme, hermana mía,
paloma mía, mi perfecta!
(…)
Mi amado metió la mano
por la cerradura
y por él se estremecieron mis entrañas.
Me levanté para abrir a mi amado…”
(Cant 5,2.4-5)

En los dos casos, la puerta sugiere:
- La iniciativa de alguien que te busca, que llama para que le abras, que no te fuerza, sino que te seduce, te ronda, te vence…
- Y la libertad para abrir o para permanecer cerrado; apertura, acogida, hospitalidad, fiarse, amar… o rechazar.

La voz sugiere comunicación, encuentro, conocimiento profundo, escucha, intimidad. O también “sordera” y desencuentro.

La imagen de la puerta es ambivalente en el texto: la puerta es, en primer lugar, el acceso a tu vida y a tu interioridad por el que Jesús, como buen pastor, puede entrar. Cuando los místicos como Santa Teresa, por ejemplo, hablan de “la puerta”, se refieren a la posibilidad de acceso a lo más profundo de uno mismo. Santa Teresa habla de la persona como un castillo con muchas habitaciones y con bellos jardines llenos de fuentes y paseos en los que recrearse. Para entrar en esa hermosa y rica interioridad, la puerta es la oración, dice ella.
Cuando Jesús dice, en el evangelio, que llama a la puerta (cf. Jn 10,3; Ap 3,20), ¿cómo realiza hoy esa llamada?, ¿cuál es la puerta de entrada?, ¿cómo podemos abrir esa puerta?

En segundo lugar, la puerta es Jesús (Jn 10,9). ¿Puerta para entrar dónde? Puerta para entrar en el conocimiento del Padre, en la vida nueva del Evangelio y las bienaventuranzas, del Reino que llega, de la primacía del Amor… A través de Jesús entramos en esta Humanidad Nueva. No hay otra vía de acceso a esta vida abundante que Él. “Bajo el cielo, no se nos ha dado otro Nombre que pueda salvarnos” (Hch 4,12).

La segunda realidad que me llama la atención es la voz. La experiencia de la vida te hace darte cuenta de hasta qué punto la voz es importante para atraer, seducir, motivar, arrastrar o, por el contrario, provocar rechazo o alejamiento. La voz de Jesús es del primer tipo: seductora, atrayente, amorosa.
Como la voz de la esposa del Cantar, es dulce, y por eso dice el esposo:
“Muéstrame tu rostro,
déjame oír tu voz,
porque dulce es tu voz
y encantador tu rostro” (Cant 2,14).

La voz de Dios “habla al corazón”, como dice Oseas 2,16. Y quien escucha esa voz conoce y se da cuenta del amor y de la dulzura, de la comprensión y de la compasión que hay en lo que dice Dios. Por eso, los discípulos, que escuchamos y conocemos la voz amorosa de Jesús, nos ponemos en pie y lo seguimos, porque sabemos que “sólo Él tiene palabras de vida eterna” (Jn 6,68).
Sin embargo, también tenemos la experiencia de que no sólo escuchamos la voz de Jesús, sino la voz de nuestra inconstancia y debilidad, la voz de nuestro pecado y de nuestra precariedad, las voces del mundo, que tiran de nosotros hacia lugares en donde no está Jesús ni nuestra verdad más profunda…

“Señor Jesús,
sé nuestro pastor y guíanos siempre”
(cf. Salmo 28,9)


a Cuando medites…
1. ¿Qué te sugiere la imagen de la puerta? ¿Adónde entras si entras por Jesús?
2. La voz del pastor: la palabra “voz” aparece repetida tres veces en el evangelio de hoy. Sus ovejas “escuchan su voz”, “conocen su voz”, “no conocen la voz de los extraños”. ¿Cómo es tu familiaridad con “la voz” de Jesús? ¿Le escuchas todos los días? ¿Lees y oras su palabra diariamente?
3. Jesús es el buen Pastor que te conoce por tu nombre, te llama y te llena de vida. ¿Experimentas su cuidado y protección o te resulta difícil reconocer su guía providente?


a Cuando ores…
Quizá te inspiren los siguientes fragmentos de Gitanjali (Tagore) para concluir tu oración:

[La voz]

Si no hablas,
llenaré mi corazón de tu silencio,
y lo tendré conmigo.
Y esperaré, quieto,
como la noche en su desvelo estrellado,
hundida pacientemente mi cabeza.

Vendrá sin duda la mañana.
Se desvanecerá la sombra,
y tu voz se derramará por todo el cielo,
en arroyos de oro.Y tus palabras volarán, cantando,
de cada uno de mis nidos de pájaros,
y tus melodías estallarán en flores,
por todas mis profusas enramadas.


[La puerta]


Bajaste de tu trono, y te viniste a la puerta de mi choza.
Yo estaba solo, cantando en un rincón, y mi música encantó tu oído.
Y tú bajaste y te viniste a la puerta de mi choza.

Tú tienes muchos maestros en tu salón, que, a toda hora, te cantan.
Pero la sencilla copla ingenua de este novato te enamoró;
su pobre melodía quejumbrosa, perdida en la gran música del mundo.
Y tú bajaste con el premio de una flor, y te paraste a la puerta de mi choza.
________________

Cuando esté duro mi corazón y reseco,
baja a mí como un chubasco de misericordia.
Cuando la gracia de la vida se me haya perdido,
ven a mí con un estallido de canciones.
Cuando el tumulto del trabajo levante su ruido en todo,
cerrándome el más allá,
ven a mí, Señor del silencio, con tu paz y tu sosiego.
Cuando mi pordiosero corazón esté acurrucado cobardemente en un rincón,
rompe tú mi puerta, Rey mío,
y entra en mí con la ceremonia de un rey.
Cuando el deseo ciegue mi entendimiento, con polvo y engaño,
¡Vigilante santo, ven con tu trueno y tu resplandor!

miércoles, 9 de abril de 2008

"Unas mujeres nos han sobresaltado" (Lc 24, 22)

Esa frase de Lucas, pronunciada por Cleofás y el otro discípulo que huían en desbandada de Jerusalén a Emaús, me ha servido para darle título a un documental que hemos realizado Lidia y yo sobre la vida y la misión de las Discípulas del Divino Maestro en la delegación española.
El video dura 26 minutos pero, para colgarlo en youtube, hemos tenido que partirlo en cuatro trozos. Nos ha fastidiado un poco, porque se pierde mucho la vivacidad que imprime, por ejemplo, el "baile" de rostros al vaivén de La vida es bella.

En estos videos encontraréis todos los rostros, todas las comunidades, todas las tareas, muchos amigos y rostros conocidos, esperanzas de futuro... y, sobre todo, encontraréis un gran amor a Jesús y a la belleza de la vida consagrada vivida en comunidad.

Como novedad del blog, hemos colgado una barra lateral de mis videos en youtoube. Si váis a la página directamente, podréis verlos con mayor tamaño y calidad.

Lo que no váis a encontrar en youtube es... ¡las horas y horas que se tarda en preparar un video así, que parece una cosita de nada; la cantidad de tomas falsas, las innumerables pruebas y ajustes, las muchas risas y la gran hartura en muchos momentos...! Algo de eso, que queda en la penumbra del proyecto, lo encontraréis aquí, a partir de mañana.


NOTA: La sucesión de videos está descolocada en la barra lateral. Si ponéis el ratón sobre cada icono, os dará la numeración (01, 02...) para verlos en su orden.

lunes, 15 de octubre de 2007

Mi vocación, de la mano de Santa Teresa

(Al lector: Tómate un tiempito. Soy de fácil palabra y no he podido resumirlo más)

Una parroquiana me entra "a saco"...


-¡Qué “monja” más jovencita!
-Fui jovencita en otro tiempo, como todo el mundo. Ahora peino canas.
-¡Anda ya! ¡Con lo joven que eres! ¡Si andarás por los treinta!
-Treinta y tantos…, sí, señora. Pero mire, ya llevo veinte años en el convento.
-¡Veinte años! Pues habrás entrado siendo una cría.
-Realmente, sí, era casi una cría, aunque ya tenía mis añitos: 17, para más información.

Exclamaciones, perplejidad, expresión sorprendida, boca abierta y pregunta consiguiente:
-¿Y a los 17 años ya sabías lo que querías?
-A los 17, y a los 15, y a los 8…
-¡Imposible! ¿Cómo lo ibas a saber a los 8? ¡Serían cosas de niña!
-Sí, pero casi treinta años después estoy aquí: donde quería y donde lo pensé cuando era una niña. Bueno, más bien, donde Él me atrajo insistentemente con lazos de amor a lo largo de toda mi vida.
- ¿Y cómo fue la cosa? Porque, hija, ¡ya me gustaría a mí que me hablara Dios tan claramente!

Me ruborizo. ¿Hablarme Dios a mí…? Me siento aturdida y no quiero dar la impresión de ser una “visionaria” o una “mimada de Dios” (si bien esto último, aunque me pese por mi indignidad, lo sobrellevo por su misericordia). Sin embargo, en verdad no sé cómo explicar lo que me pasó a los ocho años, y a los quince, si no es diciendo que Él me susurró su amor al oído y yo no pude resistir a su Voz. O que su silbo me atrajo, desde el desierto por donde andaba extraviada, a su redil, para siempre.

No sé explicarlo de otro modo, sino tomando palabras e imágenes prestadas a enamorados y enamoradas de Dios.
Santa Teresa, mi santa amiga, habla en sus Moradas de que el Señor “no deja de llamar con una voz muy dulce” a quienes ama (2 M 1,2). Y en las Cuartas Moradas habla del silbo del Pastor:
Él, “como buen pastor, con un silbo tan suave que aun casi ellos mismos no lo entienden, hace que conozcan su voz y que no anden perdidos, sino que se tornen a su morada; y tiene tanta fuerza este silbo del pastor, que desamparan las cosas exteriores en que estaban enajenados, y se meten en el castillo” (4M 3,2). Ese silbo llega a ser “una señal tan cierta que no se puede dudar, y un silbo tan penetrante para que le entienda el alma, que no se puede dejar de oír” (6M 2,3).

El castillo es la propia interioridad, claro. Y su silbo es…
-¿Qué es, niña? ¿No me digas que de verdad has oído la voz de Dios con estos oídos que tenemos tú y yo, porque me parece que “no me lo puedo de creer”?
-Mire, la verdad es que no sé cómo explicarlo. No es sólo una intuición o una corazonada… Es la certeza de una Presencia que te envuelve y te habla al corazón con palabras más reales que las que salen de la garganta. No se oyen con estos oídos, sino con los oídos del alma.
-¡Niña mía, qué bonito! ¡Con los oídos del alma! Muy poético, pero no entiendo nada.
-No me extraña. Entiendo que las cosas que ni se ven, ni se oyen, ni se tocan son difíciles de entender. La misma Santa Teresa se hacía un jaleo para explicarlo. Juzgue usted si no es difícil de entender lo que explica ella:
“Ahora vengamos a lo interior de lo que el alma siente. ¡Dígalo quien lo sabe, que no se puede entender, cuánto más decir!(…) La voluntad debe de estar bien ocupada en amar, mas no entiende cómo ama. El entendimiento, si entiende, no se entiende cómo entiende; al menos no puede comprender nada de lo que entiende. A mí no me parece que entiende porque –como digo- no se entiende. Yo no acabo de entender esto” (Vida 18,14).
¿Estará de acuerdo conmigo, señora, en que si no lo entiende ella, quién lo va a entender?

-Tienes razón. A Santa Teresa no hay quien la entienda, pero intenta explicarte, que me consta que labia no te falta.

-Pues verá, la primera vez que oí “el silbo del pastor” tenía ocho años. Mi abuelo materno estaba a punto de morir, desahuciado por la enfermedad, y yo me puse a orar. Simplemente. A orar con toda la fuerza de mi fe infantil. Y le hice una proposición a Dios. ¿Qué podía yo ofrecerle a cambio de la vida de mi abuelo? Era una niña. No tenía nada valioso. Pero, sí, de mí brotó, como un impulso espontáneo que no provenía de mí sino de un lugar interior desconocido hasta entonces, el deseo de perdonar de corazón todas las ofensas recibidas en mi tierna edad, todas las heridas… (que aseguro no eran pocas para una vida aún tan breve), y el deseo de entregarle toda mi persona, purificada por el perdón: “De lo pasado no hay memoria, Señor... Haz que él viva y yo seré enteramente para ti. Me haré monja.”
Aquella oferta (“me haré monja”) la hice con temor y temblor porque ¿quién era yo para ofrecerme al Dios del cielo, Inmenso y Fascinante? Pero la hice con insólita alegría, porque sentí que era Él quien reclamaba de mí esa posesión. Yo lo deseaba, y era su atracción la que me pegó a Él, como a un imán, desde niña.
-¿Y qué pasó con tu abuelo? ¿No me digas que se curó?
-Ahora tiene noventa y dos años y una salud envidiable. Con decirle que está pensando en ir a la boda de mi sobrina Cecilia que ahora tiene… diez añitos.
-¡Válgame la Macarena! ¡Qué cosas hace Dios!

-Todo hay que decir que, de por medio, no estuvo sólo mi oración. Supongo que muchas otras plegarias impertinentes habrán sacudido los oídos de nuestro Padre Dios y le habrán forzado a dejar por aquí abajo a mi abuelo un tiempito más. También medió cierto episodio de un poco de agua de Lourdes con la que el moribundo agonizante se mojó los labios con apego inquebrantable a la vida y una fe más viva que nunca. La fe cura. Ya lo dice el Evangelio.
-Pero, dime, ¿cómo fue aquel episodio de tu encuentro con Dios? ¿Hubo una luz especial, algún signo, oíste algo? En serio, niña, ¡dime qué pasó!
-¿Por casualidad el periodismo no es su vocación frustrada, señora? ¡Qué curiosidad más exhaustiva! Ya le digo que no resulta fácil explicarlo.

Mire, si Zefirelli hubiera rodado aquel episodio con una cámara, hubiera captado a una niña dando vueltas y más vueltas en el patio de una casa vieja. Hubiera captado que aquella niña tenía los ojos abiertos, pero la mirada vertida hacia dentro, lavada en lágrimas. Y se habría percatado de que ella no dejaba de susurrar algo con denodado empeño. Nada más. Algo irrelevante. Sin voces, luces o truenos espectaculares como en las grandes teofanías bíblicas...
Pero eso no es lo real. Esa es la cáscara de lo real. Lo que sucedió en realidad es que la nube de una Presencia densa envolvía a aquella niña y la penetraba profundamente. Lo real es que ella sabía que estaba ante el Dador de la vida. Lo real fue que ella se comprometió con Él para siempre, y Él con ella, porque El así lo quiso.
El caso es que, después de aquello, pasaron los años y me alejé de Dios. Lo hice conscientemente, con rebeldía y con resistencia. Él seguía atrayéndome a sí “con cuerdas de amor”. Pero, cuanto más Él me llamaba, más me alejaba de Él (Os 11,2.4). El caso es que seguía deseando lo que un día prometí, aquella entrega que era una cosa de dos, una promesa de dos, una alianza de dos. Pero me sentía absolutamente indigna y quería que Dios me dejara en paz.
Fueron años de lucha hasta la extenuación, en los que “no era la que había de ser" (…). Años en los que "deseaba vivir –que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte –y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar; y Quien me la podía dar, tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tornado a Sí, y yo, dejádole” (Vida 8,12).

No se me ocurre otro modo mejor de describir aquella batalla ni mis sentimientos que estas palabras de Santa Teresa, o las de Jeremías: “Reconoce y ve cuán malo y amargo te resulta dejar al Señor, tu Dios” (2,19). Porque yo estaba hecha para Él. Y lo deseaba, pero me alejaba de "mi manantial de aguas vivas para beber de cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua” (Jr 2,13).
-Niña mía, ¡qué bonito y qué dramático! Sigue contando: ¿cómo fue que te bajaste del burro de tu cabezonería?
-Fue en el verano de mis quince años. No recuerdo el día. Debía haberlo grabado a fuego en mi memoria como el primer día realmente feliz de mi vida. Estando yo en mi habitación en plena lucha con EL QUE TANTO ME ESPERÓ (Vida, Prólogo 2), caí vencida y le juré amor eterno y le supliqué su ayuda para vivir la vida a la que me arrastraba: “¡Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras…! (1) Sí. Sí. Aquí me tienes. Tuya soy, para Ti nací. ¿Qué mandas hacer de mí?”. Eso fue, en sustancia, lo que le dije, ante la seducción consumada del que tanto me esperó, incluso “muchos días y años” (2M 3).

Dios es así. De ideas fijas. Sin mudanza. Y cuando alguien tiene la certeza de ser tocado por su elección, más le vale responder, porque no hay felicidad para él o ella fuera de ese destino soñado por Dios. Cuando Dios llama, no hay ningún sitio donde te puedas esconder, ningún lugar adonde puedas huir, ninguna tarea o proyecto tras el que te puedas refugiar, ninguna excusa para hacerle desistir de su elección obstinada. Que lo digan, si no, Jonás, Moisés, Gedeón, Jeremías y la colección de elegidos inapropiados y escurridizos que quisieron zafarse de la llamada y la misión de nuestro Señor. Y es que, a los que pretenden “librarse”, “su Majestad anda mirando y remirando por dónde los puede tornar a Sí” (Vida 2,9). ¡Palabra!

-¿Y después del , qué? ¿Cómo se lo tomaron tus padres?
-A ellos se lo dije inmediatamente. No tenía sentido esperar. Todo estaba decidido ya. Mi madre lloró cuando vio que iba en serio. Mi padre se resignó y se consoló a sí mismo con un razonamiento práctico fuera de toda discusión: “Mejor monja que con un sinvergüenza” (Bueno, "sinvergüenza" no dijo; dijo algo mucho más rotundo que no conviene al decoro de este blog... En fin, ¡padres...!)
-Bueno, tal y como está la vida, tu padre tenía toda la razón...
-No se lo discuto, aunque no me parece el argumento más adecuado para decidir seguir a Jesús... La vida y todo cuanto ofrece me parece hermoso...
-¿Ah, no? ¡Vaya, me dejas perpleja! ¿Y cómo te las arreglas para prescindir de algo que te parece tan bueno, niña?

-¡PORQUE ESTOY ENAMORADA! Porque Otro llena mi universo por entero. Porque quiero ser fiel a mi primer v más grande Amor, y eso me basta. ¡Y no siga preguntando porque nos pueden dar las uvas! A lo que íbamos:

El consentimiento de mis quince años obró el milagro de una transformación indescriptible, portentosa en mi vida, porque para Dios nada hay imposible (Lc 1,37). Me encontré a mí misma, mi lugar en su maravilloso universo, el sentido de mi vida, la tarea de mi futuro, el Amor verdadero y el despliegue de mi ser de un modo irreprimible.

Sin miedo a la infelicidad, porque Dios es mi Amor que me ama más de lo que yo me puedo amar ni entiendo (Exclamaciones, 17).
Sin miedo a la inconstancia, porque Él es la Roca firme que sostiene mi perseverancia y mi fidelidad.
Sin miedo al futuro, porque Él y su Reino son mi futuro.
Sin miedo a la soledad, porque Él abre mis puertas y ventanas y llena mi corazón de nombres…
Sin miedo a lo que sobrevenga, porque Él me da una vida hermosa en todo tiempo: en las luces y en las sombras. Él es mi vida hermosa.
Sin miedo al dolor y a la muerte, porque la Luz de la Pascua ilumina todos los rincones oscuros de la historia.

Tras todo esto y una vez decidido mi destino, una hermana pía discípula aventurera y llena de celo por Jesús y su Evangelio acertó a pasar por mi pueblo, sin casualidad, por pura Providencia divina. Nos conocimos, fui a Madrid, hubo feeling entre las hermanas y yo e ingresé dos años después. Por mí hubiera entrado ya mismo, pero la obediencia comenzó a funcionar entonces y hube de terminar COU y selectividad. La verdad es que no sé cómo, porque con mi cuerpo estaba en mi pueblo, pero con mi mente y corazón estaba ya en mi nueva vida.

Y ahora, cada año que pasa, cada década, me confirmo más en la certeza de que ésta es la vida hecha para mí y de que yo estoy hecha para esta vida. Éste es mi sitio en el corazón del mundo, de la Iglesia y de la Familia Paulina. Dios me conduce como un “águila caudalosa, cogida bajo sus alas” (Vida 20, 3). Siento que mi vida es hermosa. Me siento misionera en medio de los hombres desde el carisma de discípula del único Maestro, tomada de la mano por un montón de hermanas con las que comparto tarea y vida.
El Evangelio es el tesoro por el que vendo todos los días campos deseables. Para mi libertad, mi Adonai me da alas con las que sobrevuelo mundos inexplorados portando una leve voz de la Única Palabra que salva.
La llamada no es para mí. Es para que otros sepan que el mundo está traspasado por el Absoluto, penetrado por Dios, el divino Amador (2), y que nuestra identidad y sentido más profundos es que somos hijos infinitamente amados por Dios.

Termino con una frase de Santa Teresa que llevo grabada a fuego y que, además, como todo lo que ella dice, es la pura verdad. Abra bien los oídos, señora mía, que también va para usted:
“Él no se cansa de dar, ni se pueden agotar sus misericordias.
No nos cansemos nosotros de recibir” (Vida 19, 15).




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(1) San Agustín, Confesiones 1,10, cap. 29
(2) Exclamación 16,2.3; 2 Moradas 1,4

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P.S.: Alguien, tras leer esto, me ha dicho: "¿Y tu abuelo, qué? Si no lo ven mis ojitos, no sé si me voy a creer que esté como una rosa".
¡Ay, tomasa, tomasa! Aquí te dejo una imagen, que vale más que mil palabras. Imagínate un esqueleto con piel macilenta pegada a él, los ojos salidos de las órbitas, sin voz (tan sólo alaridos), con tan sólo una llamita de vida vacilante... Pues esos huesos secos, tal cual los describe Ezequiel 37, se transformaron, por obra y gracia de la fe, en este abuelito tan felizmente rubicundo. ¡Y que la Virgen nos lo conserve muchos años! Al menos, hasta la boda de Cecilia...