jueves, 21 de febrero de 2013

Dejarse encontrar por el Dios que nos habita

Meditación a partir de El gran silencio, de Philip Gröning ***



Oración para disponer el corazón 

Me hago consciente, Señor, de que estoy en tu Presencia.
Creo que me amas, me miras y escuchas mi oración.
Vengo ante ti con sed de vivir más plenamente,
con sed de despertar a la vida que sólo Tú puedes dar.
Vengo con el ardiente deseo de dar un nuevo paso hacia Ti,
y de que tu amor me alcance y me transforme.
 
Derrama sobre mí tu Espíritu Santo,
torrente inagotable,
manantial de aguas vivas,
lluvia que empapa mi tierra,
rocío de la mañana,
mar inmenso en el que nazco a la vida,
río que fecunda mis campos yermos.
 
Derrama sobre mí tu Espíritu:
que Él guíe mis pasos a la fuente de tu Palabra viva.
Que mi fe se sacie en ella.
Que mis fuerzas se renueven en ella.
Que mi amor se encienda en ella.
Que mi esperanza se apoye y se sostenga en ella. Amén.
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Llega la Cuaresma y todo buen cristiano que se precie, todos nosotros, nos apresuramos a hacer nuestros propósitos de conversión o mejora de aquellos aspectos de nuestra vida que andan un poco descuidados y que hacía tiempo que queríamos corregir, superar o mejorar. Intensificamos la oración, hacemos algún retiro, nos privamos de algún bien material por ascética y por solidaridad, leemos más frecuentemente la Palabra de Dios... Lo normal. Tradicionalmente, la Cuaresma nos reclama, desde el miércoles de ceniza, limosna, oración y ayuno (cf. Mt 6, 1-6.16-18). 

Lo cierto es que la liturgia cuaresmal, con sus lecturas, sus oraciones y alguno de sus prefacios nos sitúa ante un precioso itinerario a recorrer: el mismo camino de progresiva libertad que recorrieron los israelitas durante cuarenta años, al salir de Egipto, a través de un inmenso desierto hasta llegar a la tierra prometida. El mismo que anduvo Jesús hasta entrar en Jerusalén y entregar allí su vida para verla recobrada nueva, resucitada, de las manos del Padre.  

Nosotros queremos proponer vivir intensamente los cuarenta días y cuarenta noches de esta Cuaresma iluminados por las inspiraciones que arroja sobre la vida cristiana una película que, contrariamente a todas las previsiones razonables, ha resultado todo un éxito en Alemania, Italia, e incluso en nuestro país que, “oficialmente”, se jacta de su secularización. Nos estamos refiriendo a la película documental El gran silencio, del director alemán Philip Gröning. Espléndida película que recomendamos vivamente a nuestros lectores. Eso sí, es preciso verla en absoluto silencio, con actitud contemplativa, sin juicios sobre lo que vemos, dejándonos envolver por la belleza de la imagen y el estado puro de sonidos cotidianos que ya no estamos acostumbrados a escuchar: pasos, el canto de los pájaros, el viento agitando las ramas, las gotas de lluvia... Y es preciso verla sin prisas. Son casi ciento ochenta minutos de escenas aparentemente repetitivas, que la distinta mirada del autor y del espectador convierte en nuevas.  

Cuando vi la película, inmediatamente se me ocurrió que había allí muchas pistas que podían resultarnos “útiles”, a los que estamos rodeados y “avasallados” por el mundanal ruido, las prisas, y unas agendas que necesitamos repletas para sentir nuestra vida valiosa y justificada. Pistas para vivir con más calidad nuestra vida humana y cristiana. Así pues, os propongo meditar cinco de las llamadas o reclamos que yo experimenté viendo El gran silencio. Cinco luces que pueden alumbrar nuestro camino de Cuaresma y toda nuestra vida, en la que somos llamados a dejarnos encontrar por el Dios que habita nuestro recinto interior.
 
1. Dejarse encontrar en el silencio sorprendente

La película de Philip Gröning se abre con un prólogo y se cierra con un epílogo idénticos: “Pasó antes del Señor un viento huracanado, que agrietaba los montes y rompía los peñascos: en el viento no estaba el Señor. Vino después un terremoto, y en el terremoto no estaba el Señor. Después vino un fuego, y en el fuego no estaba el Señor. Después se escuchó la voz de una brisa tenue. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la gruta” (1 Re 19,11-13).

Elías es un personaje bastante parecido a nosotros: inquieto, hiperactivo, devorado por el celo de Dios, lanzado a la defensa de Yahveh frente a los profetas de Baal... No en vano se le conoce como “el profeta de fuego” y así es recogida su memoria en la tradición sapiencial: “Después surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha...” (Eclo 48,1). Sin embargo, el Señor le sale al encuentro, no en el celo de su fervor infatigable, ni el viento huracanado de sus invectivas contra los malos, sino en la voz de un silencio tenue. Lo cual no quiere decir que todo cuanto Elías había hecho por Dios y deseaba seguir haciendo, con gran dedicación, generosidad y amor, no fuera valioso. Sino que Dios, tan pedagógico y paciente con nosotros, quiso enseñarle a Elías (y, en él, a nosotros...) que en la pura desnudez de todas nuestras obras y proyectos, en el silencio de las imágenes, los recuerdos, las preocupaciones y los agobios, su Presencia y su Palabra se hacen perceptibles. Descubrimos entonces que somos habitados por alguien más que nosotros mismos.

Humanamente hablando, el silencio es una terapia excepcional para sanar el estrés que crispa nuestra vida. ¿Cuánto tiempo hace que no paseamos por un parque en silencio, tan sólo escuchando los sonidos de nuestros pasos en el camino o sobre la hierba, el canto de los pájaros y las voces de los niños que juegan? ¿Cuánto tiempo hace que no nos regalamos detenernos a contemplar las gotas de lluvia que caen? ¿Cuánto tiempo hace que no nos deleitamos en mirar el rostros de nuestros seres amados, despacio, sin prisa, redescubriendo detalles que ya habíamos olvidado? ¿Cuánto hace que no miramos “las aves del cielo” ni olemos “los lirios del campo”, como hacía Jesús, contemplativo silencioso de la maravillosa creación del Padre? ¿Cuánto tiempo hace que no nos regalamos una buena lectura, sentados sin prisa en nuestro sillón favorito? ¿Cuánto tiempo, que no permanecemos callados el espacio suficiente como para aquilatar las palabras que hemos de pronunciar?


 Hacer nuestra vida más silenciosa está al alcance de nuestra libertad. Basta apagar la televisión, prescindir de la radio o el mp3, no hacernos esclavos del móvil, no salir “de tiendas” en momentos de ansiedad... y disfrutar, simple y llanamente, de mayores espacios de silencio donde el espíritu y el cuerpo se desintoxiquen del exceso de ruidos que colman nuestra descuidada y maltratada interioridad.

- ¿Cuál de los aspectos mencionados arriba tienes más descuidados y necesitan seriamente de tu atención y cuidado?
  
Oración: Tu gran silencio

Señor Jesús, necesito un gran silencio
que envuelva y penetre toda mi vida,
que aquiete mi memoria, repleta de episodios,
que descanse mi mente de los vaivenes de mil proyectos,
que vacíe mis oídos de los ruidos que los pueblan,
que prepare mi corazón para el dichoso encuentro.
 
Mis pasos agitados necesitan un gran silencio,
mis manos ocupadas necesitan acoger para no quedar vacías
de dones para compartir,
mis labios necesitan callar para aprender a llenarse
de tus palabras de gracia,
mis ojos necesitan cerrarse
para ver al Invisible,
mis oídos necesitan estar atentos
para escuchar Tu Voz en el silencio de una brisa suave.
 
Aquí estoy, Señor: envuélveme en tu gran silencio,
inundado de tu Presencia salvadora, Presencia imperceptible
en el trueno, el terremoto y el vendaval
de nuestras vidas inquietas y apresuradas.
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2. Dejarse encontrar en la escucha atenta
 
En medio del silencio de las celdas de la Gran Cartuja trapense cercana a Grenoble, la imagen repetida de un oído atento y una mirada serena reposando sobre las páginas de un libro abierto nos trae a la memoria el mandato principal que recibió Israel de su Dios: “Shemah, Yisreel... Escucha, Israel” (Dt 6, 4).
La casi total ausencia de palabras en El gran silencio puede producir, a quien no esté acostumbrado a ello, una sensación de vértigo y un deseo de huida irreprimible. Pero es una condición necesaria para la escucha de una palabra que “está cerca de ti. La tienes en los labios y en el corazón para que la pongas en práctica” (cf. Dt 30,14). 

“Ésto es el silencio, –dice una de las frases que van jalonando la película, -dejar que el Señor pronuncie en nosotros una Palabra igual a Él”. Frase preciosa y enigmática que da qué pensar. La Palabra de Dios igual a Él es Jesús. Jesús es el rostro del Padre, porque Él mismo dice: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9). Pero además Jesús es una Palabra enteramente igual a nosotros, menos en el pecado, para que podamos reconocernos en Él, pensar, sentir, elegir y actuar como Él. Esta Palabra que es Jesús está cerca de nosotros “en nuestros labios y en nuestro corazón para que la pongamos en práctica”. Esta Palabra fue pronunciada sobre nosotros en el momento de la Encarnación, y sigue siendo pronunciada siempre.
Los oídos atentos de los monjes de la Gran Cartuja son un contrapunto a la sordera crónica que padecemos para lo realmente importante: la Palabra de gracia que es pronunciada sobre nosotros todos los días, para ser escuchada y acogida.
- ¿Lees y meditas la Palabra de Dios todos los días? ¿Con qué alimentas tu vida cristiana: lecturas, conversaciones, alguna conferencia formativa...?
 
Oración: Hambre y sed de la Palabra 

Señor, vengo a Ti con hambre y sed de tu Palabra,
con el deseo de ser iluminado por tu Luz que no conoce el ocaso,
con la necesidad de ser alentado y fortalecido,
con la disposición de ser recreado por tus manos de alfarero,
y con una súplica en mis labios:
Se Tú mi Maestro.
Enséñame el camino que he de seguir
y dame la gracia de echar a andar cada mañana
por la senda que Tú me trazas.
Tú, que no tenías otro alimento que hacer la voluntad del Padre,
sacia mi hambre con el pan de tu Palabra.
Tú, que eres el Agua Viva,
apaga mi sed con el torrente de tu Palabra.
Tú, que eres Luz sin tiniebla alguna,
cura mis cegueras con la Luz de tu Evangelio.
Tú, que entregas sin cesar tu Espíritu de Ánimo y Fortaleza,
robustece mis pasos con el aliento de tus Palabras de gracia.
Tú, que todo lo haces nuevo en cada instante,
recréame con las manos de tu Palabra,
con las que diariamente modelas mi barro
a tu imagen y semejanza.
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3. Dejarse alcanzar en la oración continua
 
Un tañido de campana profundo y solemne resonando en los Alpes franceses es la señal que congrega a los monjes de la Gran Cartuja para la oración litúrgica, o para el rezo del ángelus, cada mediodía. En esta ocasión, cada monje, disperso por el monasterio y ocupado en sus trabajos, abandona su quehacer y se postra de rodillas para el rezo mariano. Dios es el Señor del tiempo y nada hay más importante, en ese momento, que dirigir la mirada al Único Rostro, por mediación de María, recordando el momento más importante de la historia humana: la Encarnación del Verbo.
Ninguna tarea es más importante que este reconocimiento y adoración. 

No es extraño, por el contrario, que los cristianos, que vivimos insertos en un mundo sumido en continua y atropellada actividad, no encontremos un minuto para Dios. La razones para no orar parecen justificadas y perfectamente razonables: el trabajo, los niños, la compra, los amigos, la familia... Y además, en nuestro piso no hay un espacio adecuado y silencioso donde poder concentrarse. Los monjes lo tienen fácil. Por otra parte, no tienen otra cosa que hacer, ésa es su tarea.
Pero vamos a mirar a Jesús, la Palabra de Dios pronunciada sobre nosotros: dice el evangelio de Marcos que la agenda de Jesús era tan apretada que muchos días no tenía tiempo ni para comer (cf. Mc 6, 31). Sin embargo, de madrugada, buscaba un lugar solitario y allí se ponía a hacer oración (Mc 1,35). Es imposible mantener viva la memoria de nuestra identidad de hijos amados de Dios si no dedicamos un tiempo a la oración, con relativa frecuencia, para dejar que el Padre, que habita en lo secreto, nos dirija su Palabra de amor. Jesús invita a orar siempre “sin desfallecer” (Lc 18,1) y “en todo tiempo” (Lc 21,36). Buscar la ocasión está también al alcance de nuestra libertad, si realmente lo deseamos. Quizá la Cuaresma es un tiempo propicio para preguntarnos hacia dónde está orientado (¿quizá atrapado?) nuestro deseo.  
Propongo un testimonio quizá menos sublime que el de los cartujos, pero más cercano a nuestras costumbres de vida urbana. En una ocasión entrevistaron a la biblista Dolores Aleixandre, rscj, sobre su modo de orar, y respondió lo siguiente: “El otro día, cuando un taxista me preguntó por dónde quería que fuéramos, le contesté: “Lléveme por donde le parezca mejor”. ¡Y cómo me voy a fiar de Dios menos que de un taxista! Lo que trato de hacer cuando rezo es dejar que Él me programe la hoja de ruta. Llevo ya tiempo bastante convencida de que esto de la oración le importa a Dios más que a mí, de que es más asunto suyo que mío y de que, como me descuide (San Juan de la Cruz decía aquello de “dejando mi cuidado”) y me ponga a tiro de su acción, Él hará lo que acostumbra, que es hacernos parecidos a Jesús. Así que si lo suyo es amar y comunicarse como le dé su real divina gana, me parece que lo mío es ante todo no estorbar.

Cada noche leo el evangelio del día siguiente y trato de que me resuene también en el corazón la “otra Palabra” que Él ha ido pronunciando a través de las personas y las cosas que han pasado en el día y luego procuro que ese “rumor” me acompase el sueño, en vez del barullo de los tertulianos radiofónicos, televisivos o literarios. A esa hora les digo como en el cónclave: Exeant omnes!, y les cierro la puerta sin más contemplaciones...
En la mañanita echo mano del “kit de oración” consistente en cojín de zen que me ayuda a mantenerme en buena postura, rincón tranquilo con icono y vela encendida (valiente tontería, pienso a veces, porque suelo cerrar los ojos). Con el ir y venir de la respiración voy repitiendo tranquilamente el nombre de Jesús o algunas palabras hebreas... También aprovecho las “ofertas de temporada”, o sea los distintos momentos del año litúrgico: no es lo mismo respirar el nombre de Jesús en Adviento que en Pascua o en Pentecostés. Y no me pregunten por qué.
A veces me rondan las tentaciones: “Vaya desperdicio de imaginación, con la cantidad de ideas de colores que a ti se te ocurren enseguida, en vez de esta sosera tan vacía y tan oscura”. Me defiendo como puedo, agarrada a la experiencia ya antigua de que ésa es para mí la puerta estrecha para “entrar en lo escondido” y quedarme ex-puesta a la mirada del Padre. Por eso me agarro como una náufraga al ir y venir de la respiración, que, como una okupa benéfica, va desalojando mi corazón de ideas, de palabras y de las distracciones pesadísimas que entran y salen brincando como pulgas de playa.
En medio de tantos intentos torpes y a trompicones, sigo pensando que no sé rezar, pero me consuela pensar que lo contrario (creerme que ya he aprendido) sería mucho peor”.




¿Cómo es tu oración diaria? ¿Te creas, en casa, un espacio adecuado para orar? ¿Qué problemas se te plantean a la hora de ponerte a orar? ¿Necesitarías algún tipo de ayuda?  
 
4. Dejarse seducir por “El que es”
 
A lo largo de El gran silencio, se van sucediendo textos tomados de la Biblia, de algún Santo Padre o de algún místico contemporáneo, que dividen las casi tres horas de metraje en bloques temáticos. Si prescindimos del prólogo y del epílogo, sólo dos de esas frases se repiten de modo insistente. La primera está tomada de Lc 14,33: “Quien no renuncia a todos sus bienes no puede ser mi discípulo”. Cuatro veces se repite esta frase acompañando escenas que hablan del estilo de vida despojada y humilde de estos monjes cartujos: la ceguera de un anciano, las posesiones mínimas a la puerta de cada celda, la profesión de nuevos miembros abrazando la soledad y el silencio de la orden, el juego infantil de uno de los monjes con los gatos a los que lleva la comida, la enfermedad, la postración definitiva...        
La palabra renuncia provoca casi un rechazo visceral en las sensibilidades modernas, más dadas a buscar experiencias gratificantes y placenteras, porque parece que eso “realiza” más que la antipática y frustrante renuncia.
Sin embargo, junto al “despojamiento”, también se nos muestra la paradójica riqueza de estos hombres entregados a Dios.

-Su primera riqueza es Dios mismo, según proclama Jesús en el discurso de monte: “Dichosos los pobres porque Dios es suyo” (cf. Mt 5, 3). Dios es su tesoro, el Absoluto de su vida, como cantaba nuestra Santa Teresa de Ávila en su poema Nada te turbe: “Vénganle desamparos, / cruces, desgracias; / siendo Dios su tesoro, / nada le falta”. Su modo de vida y su continua oración de alabanza lo proclaman, a los cuatro vientos, a una sociedad que dice estar “sin noticias de Dios”.
Por eso, la primera palabra en la vida de los cartujos no es la renuncia sino el Amor que seduce: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir” (Jr 20, 7). Cinco veces se repite este texto a lo largo de la película. Sólo la seducción del Amor hace posible la renuncia, porque el ser humano tiene vocación de felicidad y sólo quien la experimenta adquiere la fuerza para asumir y aceptar el lado oscuro de la existencia.  


Hay una escena repetida, muy significativa en El gran silencio: en el silencio de la noche, en el centro de la pantalla, en medio de la oscuridad absoluta, surge una luz diminuta. La presencia de esta llama parpadeante se mantiene, insistente, durante un tiempo prolongado. Es la luz del Santísimo, la luz que simboliza la Presencia Real de Dios en medio del templo (en el centro de los templos vivos que son cada uno de los monjes...), la Presencia Eucarística. Esa luz, irrelevante para mucha gente hoy día, es capaz de iluminar toda tiniebla, y es el centro de la vida de estos hombres entregados a Dios. Dios mismo es la Luz inextinguible que llena de resplandor la vida aparentemente tediosa e insignificante de estos hombres de fe. 


Philip Gröning nos presenta, en varias tomas, el claustro de la cartuja, las habitaciones, los diversos rincones de la casa, transidos de una luz transparente, límpida e intensa. No son vidas oscuras las de estos hombres, sino vidas repletas de sentido, luminosas. 

La Cuaresma es tiempo para contemplar el amor de Dios manifestado en la entrega de su Hijo. Nadie tiene amor más grande. Precisamente el papa Benedicto XVI centra su mensaje de Cuaresma en el versículo de Juan “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37) y dice:
“...¡Miremos a Cristo traspasado en la Cruz! Él es la revelación más impresionante del amor de Dios... En la Cruz, Dios mismo mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada uno de nosotros... En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros. Jesús dijo: “Yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es, ante todo, que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por Él. Aceptar su amor, sin embargo, no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo “me atrae hacia sí” para unirse a mí, para que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor. 

- La segunda riqueza paradójica de los monjes es su libertad. ¿Quién podría pensar que unos hombres comprometidos a estar de por vida encerrados en una cartuja pueden ser, en realidad, infinitamente más libres que quienes tenemos la libertad de salir y entrar y cambiar proyectos y romper rutinas? ¿Es la multiplicidad de opciones la que nos hace libres, o la capacidad de elegir a fondo perdido un Amor y arriesgarlo todo por Él, siendo dueños y señores de nuestra persona y nuestra vida para entregarlas entera y apasionadamente a Alguien o a algo, sin mudanza? 

-La tercera riqueza es el reconocimiento de que “todo es gracia” en la vida: el tiempo, el día, la noche, la nieve, el fuego, el alimento, el vestido, el trabajo, el recreo... Nada es mejor ni peor que otra cosa. Todo tiene su puesto y su sentido en la armonía de lo creado. Nada se juzga bueno o malo según me afecte. Todo es bueno y bello simplemente porque es obra de Dios. Habitualmente concebimos la vida de los monjes como “muy espiritual”, desencarnada y enemiga de los sentidos. El gran silencio revela una vida que regala el oído con la belleza de la música  y el canto suave y sereno de los monjes,  la vista con los paisajes espléndidos de la naturaleza y la belleza de la luz penetrando por las ventanas del claustro o de las celdas, el tacto con el cuidado tierno de los más jóvenes hacia los cuerpos enfermos y heridos de los ancianos, el olfato con las flores que pueblan el jardín a pesar de las nieves, el gusto con el pan cotidiano... Todo lo acogen como el único y el mejor don del que pueden disfrutar en el presente. Quizá nuestros sentidos, nadando en sobreabundancia, hayan perdido la capacidad de gozar de aquello que nos regala la vida. “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Cor 4,7) es el texto de Pablo que expresa el significado del mundo material para estos hombres y para todo creyente.
           
Confróntate con la triple riqueza de la que hemos hablado:
1.  ¿Tu relación con Dios es de seducción, atracción, amor, miedo, frialdad, tibieza...? ¿Cómo experimentas su Presencia en tu vida diariamente?
Como nos invita el papa Benedicto XVI en su mensaje de Cuaresma, contempla el rostro del Crucificado, contempla su Rostro en la pasión. Contempla que ha sido entregado y ha padecido por ti, porque te ama.
2. ¿Cómo te experimentas libre en la abnegación, la entrega, la renuncia por amor?
3.  ¿Cómo te relacionas con los bienes de la tierra, con lo que posees y te es dado? ¿Caes en la cuenta de los infinitos regalos que llenan tu vida para tu felicidad y crecimiento?
 
Oración: Ayúdame a esparcir tu fragancia...
 
¡Oh Jesús!
Ayúdame a esparcir tu fragancia
adondequiera que vaya.
Inunda mi alma de tu espíritu y vida.
Penetra mi ser y aduéñate de tal manera de mí
que mi vida sea irradiación de la tuya.
Ilumina por mi medio
y toma posesión de mí de tal manera
que cada alma con la que entre en contacto
pueda sentir tu presencia en mí.
Que no me vean a mí, sino a Ti en mí.
Permanece en mí de tal manera que brille con tu luz
y que mi luz pueda iluminar a los demás.
Toda mi luz vendrá de Ti, Oh Jesús.
Ni siquiera el rayo más leve será mío.
Tú, por mi medio, iluminarás a los demás.
Pon en mis labios la alabanza que más te agrada,
iluminando a otros a mi alrededor.
Que no te pregone con palabras
sino con el ejemplo de mis actos,
con el destello visible del amor
que de Ti viene a mi corazón. Amén.                               
(Cardenal Newman)
 
5. Dejarse transformar por el rostro del prójimo
 
Entre las muchas cosas que sorprenden en El gran silencio están las secuencias de los rostros, expuestos con simplicidad ante la cámara. ¿Alguna vez nuestros lectores han hecho la experiencia de mirar a alguien de cerca y de lejos, desde todos los ángulos posibles, sin juicios, durante unos minutos, y luego dejarse mirar del mismo modo? Les aseguro que es una experiencia inquietante, turbadora... y tremendamente pedagógica.
Mirar el rostro del prójimo cercano y lejano con benevolencia y bondad desarma todos nuestros prejuicios y termina encontrando la belleza enraizada en lo más íntimo de su ser. A veces vamos tan deprisa que ni siquiera miramos a la cara a la gente con la que, más que encontrarnos, tropezamos en el camino de la vida.  







      
La mirada silenciosa sobre el prójimo enseña lo absurdos que resultan nuestros enfados, resentimientos y prejuicios hacia él, que es, como nosotros, simplemente un ser humano con sus dones y sus límites. Jesús siembra el desconcierto absoluto en unos hombres que arrastraban ante él a una mujer sorprendida en adulterio para que Él la condenara (cf. Jn 8, 1-11). Jesús calla y escribe en el suelo no sabemos qué hasta que, al final, apremiado por los acusadores, pronuncia una palabra que cambia la actitud de aquellos hombres hacia la mujer pecadora: “Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Aquellas palabras ¿simplemente les hicieron entrar en si mismos y avergonzarse de su propio pecado, o llegaron incluso a transformar, de algún modo su mirada respecto a la mujer? ¿No sucedió, quizá, que la pecadora pasó de ser una “enemiga” a una “hermana”? Una mirada sincera y limpia de todo juicio sabe reconocer en el prójimo a la “carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre”. Mirada solidaria y compasiva, reconciliada, que no tiene en cuenta los errores ni las ofensas cometidas. Pasos que se apresuran a recibir, brazos que se abren para abrazar, corazón dispuesto a alegrarse y festejar la vuelta del hijo perdido (cf. Lc 15, 1-3,11-32). Paciencia que sabe esperar siempre lo mejor del otro y confiar en que nadie está nunca definitivamente perdido (cf. Lc 13,1-9).







Hace años una película de José Luis Garci, Canción de cuna, me enseñó que “saber mirar es saber amar”. El gran silencio ha desempolvado en mí aquella noticia. Una noticia que parecía conocer muy bien el sacerdote francés, Gèrard Bessières, cuando escribió en su diario: 
“Hoy he embellecido a una mujer. Hace meses, incluso años, que no lo hacía. Con una mirada atenta, disfrutaba antes despertando belleza en rostros que incluso parecían feos. ¿Por qué he dejado, o casi, de llamar con mis ojos la luz que, desde lo profundo de los seres, puede transformarles? Sin duda porque me he dejado ahogar por preocupaciones y miedos que me han abrumado.
Había olvidado casi ese don precario de zahorí de la belleza, cuando entré en un café de la calle Saint Dominique. En la barra, unos cuantos clientes ruidosos. La camarera, del otro lado, doblada sobre la pila, estaba fregando vasos. Rostro sin expresión. Cuando se enderezó, vi sus rasgos desprovistos de finura, los ojos hundidos, los cabellos descuidados. Me senté en una mesa y empecé a sacar unos papeles para trabajar. Dejó el mostrador secándose las manos, y vino hacia mí. Fue entonces cuando sentí ganas de embellecerla. Como lo hacía antes. Me esforcé inmediatamente por desentenderme de todo, por ser sólo respeto y atención delicada, por hacer como si en el mundo sólo estuviese ella, y la miré. Sin insistencia, simplemente. También ella me miraba, enredando distraídamente con el trapo.
-¿Qué desea, señor?
-Por favor, un café. 
Había empezado ya el milagro. Indescriptible. Y su cara comenzaba a cambiar, se le animaban los ojos. Se dirigió tras la barra para maniobrar la cafetera. Cuando se volvió hacia la sala buscando una taza, con la punta de los dedos se retiró el pelo. La miraba. No sabía que se estaba haciendo hermosa. Trajo el café. Era una joven o una mujer joven sencillamente, con la fatiga diaria como visible herencia. Dejó la taza. Al darme las gracias, después de recoger las monedas, me miró. Yo estaba esperando discretamente. Procuraba -¿es posible del todo?- mirar sin... poseer. Fue en aquel instante cuando estuvo muy hermosa. Detrás de la barra, durante unos minutos, conservó aquel brillo modesto. Después me di cuenta de que decrecía un poco. Cuando salí, dijo: “Hasta la vista, señor”, sin particular atención. Ella no sabía nada.
Salí contento. Tenía ganas de decir a los transeúntes de rostro cerrado: “Deteneos un instante, ¿queréis que os embellezca?”.
¿Cómo he podido olvidar que antes disfrutaba haciendo que los rostros cantaran? Siento que se trata de mi vida más honda, la que corre peligro de endurecerse y de morir, la que sólo existe dándose. ¿Será posible dar hermosura como el alfarero o el escultor, con una mirada sobre la arcilla de la humanidad?”
 
Gèrard Bessières, Préstame tus ojos, Salamanca 1998, ps. 15-16
 
1. Párate y date cuenta de hasta qué punto tus juicios o prejuicios sobre los otros condicionan tus sentimientos y actitudes a veces injustificadamente adversas. ¿Te atreves a intentar mirar sin juzgar? ¿Te atreves a intentar mirar para embellecer?
2.  ¿Tienes experiencia de lo que Gabriela Mistral dice en su poema: “cuando tú me miras, yo me vuelvo hermosa". ¿De qué modo la mirada de alguien que te ama te “embellece”? ¿Cómo puedes tú embellecer a los demás?

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Oración: Cuarenta días y cuarenta noches

Cuarenta días y cuarenta noches,
para acercarme más a menudo a tu silencio.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para postrarme ante Ti y  escuchar tu Palabra todos los días.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para sentir hambre y sed de Ti, de transformación y de liberación.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para darme cuenta de todo cuanto me esclaviza.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para dar un paso significativo de conversión a Tu voluntad.
 
Cuarenta días y cuarenta noches,
para aprender a ser pobre, a vivir desde el “no-tener” y el “no-poder”.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para aprender a vivir de un modo más simple y a reír como un niño.
 
Cuarenta días y cuarenta noches,
para asimilar la buena noticia de que soy un hijo amado del Padre.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para disponer el corazón a celebrar,
cuando nos llegue la Luz de la Pascua,
que no somos un caso perdido
y que la Vida, el Perdón y el Amor del Padre
siempre triunfan sobre el pecado y sobre la muerte.
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*** Artículo publicado en la revista Cooperador Paulino en febrero de 2007

miércoles, 20 de febrero de 2013

Mientras oraba... su rostro cambió

Lectura orante de Lucas 9,28b-36

Canto: Ven, Espíritu de Dios (Ain Karem) 
(La música se puede encontrar en la entrada del 7.2.2013)

Invocación al Espíritu

Espíritu Santo, Maestro interior,
que nos inspiras los caminos a seguir,
imprime en nuestro corazón la Palabra de Jesús;
haz que sea una lámpara para mi pie,
luz en mis senderos,
fuerza en el vivir cotidiano.

Dame a entender la dicha
de quien hace de tu Palabra su delicia,
de quien la gusta como miel en la boca,
de quien encuentra en ella su alimento,
de quien la escucha y la guarda,
como María, en su corazón.

Espíritu Creador,
tus manos me hacen y me forman
como modela un alfarero sus vasijas de barro.
Modélame, cada mañana, 
según el Evangelio de Dios,
recréame, en la noche, a la luz de su deseo,
y viviré como su hijo amado, 
buscando su voluntad.

Espíritu de fortaleza,
hazme subir, tras los pasos de Jesús,
al encuentro cotidiano con el Padre,
donde escucharé la buena noticia
de que la luz de su ternura me alcanza siempre.

Y ayúdame a bajar, como Pedro, 
Santiago y Juan,
a los caminos de la historia,
con el rostro radiante y la luz en las manos,
para anunciar por todas partes, y actuar,
la buena noticia de tu Reino.
…………………………………………………………….

Lucas 9,28b-36


28 Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. 29 Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, y sus vestidos brillaban de resplandor, 30 y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; 31 los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.
32 Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
33 Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.
34 Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor.
35 Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.»
36 Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.
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CUANDO LEAS

El segundo domingo de Cuaresma, la liturgia de la Palabra nos propone todos los años, en los tres ciclos, el relato de la transfiguración de Jesús. La semana pasada, la Palabra nos llevaba al desierto con Jesús, y nos confrontaba con las tentaciones, el pecado y la desarmonía que convive con la bondad en todo corazón humano. El símbolo por excelencia de la Cuaresma es el desierto en el que Israel y Jesús caminan hacia su tierra prometida. Por eso puede parecer extraño que hoy la Palabra nos arrastre hacia otro escenario completamente diferente, positivo y luminoso: el monte Tabor. ¿Qué pretende hacer esta Palabra en nosotros? ¿Por qué camino quiere conducirnos?

- Si nos fijamos, el evangelio comienza con una referencia temporal: “unos ocho días después”. ¿Ocho días después de qué? De la confesión de Pedro en Cesarea: “Tú eres el Mesías de Dios”, y ocho días después del primer anuncio de la pasión.
Después de este anuncio, Jesús toma con él a Pedro, Santiago y Juan y se los lleva a un  monte alto. El monte alto, como el desierto, es un lugar de encuentro privilegiado con Dios (cf. Moisés en el Sinaí, Éx 19,20; 24,12ss; 34,1ss; Elías en el Horeb, 1 Re 19,8ss). 
El relato de la transfiguración hace alusión, sobre todo, a la de Moisés en la montaña. Lucas se vale de imágenes y relatos del A.T. para contar a Jesús, y éste es uno de esos relatos, el del encuentro de Moisés y Dios en la hendidura de la roca: 
“Cuando Moisés bajó del monte Sinaí, llevaba las dos tablas de la alianza en la mano; no sabía que tenía el rostro radiante de haber hablado con el Señor. Pero Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés con la cara radiante, y no se atrevieron a acercarse a él. Cuando Moisés los llamó, se acercaron Aarón y los jefes de la comunidad, y Moisés les habló. Después se acercaron todos los israelitas y Moisés les comunicó las órdenes que el Señor le había dado en el monte Sinaí. Y cuando terminó de hablar con ellos, se echó un velo por la cara. Cuando Moisés acudía al Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Cuando salía, comunicaba a los israelitas lo que le había mandado. Los israelitas veían la cara radiante, y Moisés se volvía a echar el velo por la cara, hasta que volvía a hablar con Dios” (Éx 34,29-35).
También Elías tuvo un encuentro con Dios en lo alto del monte Horeb (=Sinaí), y se refugió en la gruta de la roca (1 Re 19). Por eso son Moisés y Elías los testigos de que la gloria de Dios resplandece en el rostro de Jesús. 

- En el monte Tabor, los discípulos son espectadores de la transfiguración de Jesús. La imagen que sobresale en esta experiencia es la luz: su rostro cambió y sus vestidos se volvieron resplandecientes... 
Lo que los discípulos ven en Jesús transfigurado es un anticipo de la Resurrección: el rostro de Cristo brilla como brillarán un día los justos en el Reino de su Padre (13,43); sus vestidos se vuelven blancos como la luz, como blanco es el vestido del ángel en la mañana de Pascua (28,3).
La transfiguración de Jesús, como su bautismo, es, además, una epifanía de su identidad, es una revelación del verdadero ser de Jesús: Él es la Luz del mundo (Jn 9,5) y el Hijo amado del Padre (Mt 17,5; 3,17). Jesús es Luz sin tiniebla alguna (1 Jn 1,5).

- La aparición de Moisés y Elías en la escena sugieren que la Ley y los Profetas, es decir, toda la Escritura, dan testimonio de Jesús como Hijo de Dios (v. 30).

- El v. 34 describe una teofanía semejante a la de la experiencia del Éxodo: allí, Dios iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos en su camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos (Éx 13,21-22; 14,19 ss; 19,9ss...). A la sombra de la nube, la voz del Padre nos revelará quién es Jesús y qué tenemos que hacer nosotros respecto a Jesús: “Éste es mi Hijo amado; escuchadle”.
Esa última parte del v. 35: “escuchadle”, junto a la presencia de Moisés, sugieren que Jesús es el profeta definitivo anunciado por Dt 18,15: “El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta, como yo, de entre tus hermanos. A él le escucharéis”.

- Cuando la visión maravillosa ha desaparecido, Jesús está solo otra vez, despojado de su esplendor, hecho uno de tantos.
Toca bajar del monte. Pedro quería quedarse arriba, arropado a la sombra de la nube, extasiado en la visión. Quería hacer tres tiendas para los tres personajes celestiales. ¿Qué pretendía con ello? Quizá retener la Presencia divina allí, en aquel monte, como moraba la Shekiná en el templo o en la ciudad santa (Cf. Ez 37,17; Zac 2,14; Ap. 21,3). O quizá librar a Jesús del sufrimiento que le esperaba en Jerusalén… El caso es que quería hacer tres tiendas “aquí”. Quería quedarse en lo alto, retener al Mesías lleno de esplendor, anclarse allí, en la gloria. Jesús podría haberle dicho, nuevamente: “Pedro, tú piensas como los hombres, no como Dios”.

- Al final del episodio, se dice que ellos no dijeron nada a nadie de lo que habían visto. Lo que los discípulos han visto ha sido un anticipo de la Pascua que sólo se podrá entender y anunciar desde la experiencia pascual.

CUANDO MEDITES

- Contempla a los discípulos subiendo al monte con Jesús y luego dejando aquella experiencia extraordinaria para bajar a la dureza de  lo cotidiano: el cansancio del camino hacia Jerusalén, los enfermos que piden sanación, las multitudes que no dejan tiempo ni para comer... Escucha que Dios te dice a ti, como a ellos: sube al monte..., desciende a lo cotidiano desde la experiencia de luz...
- ¿A qué montañas has de subir para que tu noche sea luz y te sientas transfigurado por la presencia de Dios? ¿Buscas de modo especial en esta cuaresma un lugar donde resuene para ti la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo amado”? ¿Escuchas más intensamente la palabra de Jesús?
- “El relato de la transfiguración nos invita a evocar momentos de gracia en los que hemos vivido una experiencia de luz y nuestra vida apareció como transfigurada: el amor se convirtió en certidumbre, la fraternidad se hizo palpable y toda la realidad nos habló un lenguaje nuevo de esperanza y de sentido. Son fogonazos momentáneos que nos revelan el sentido del camino de fe emprendido. Evocarlos y reconocerlos como una fuerza recibida para seguir caminando nos ayuda a continuar la búsqueda paciente de Dios y de su Reino en medio de la oscuridad y la incertidumbre.
Existe mucha gente para quien la realidad está muda, gélida y muerta, y el cristiano está llamado a hacer posible que esas realidades puedan revelar y transfigurar la huella del Dios que las habita” (Dolores Aleixandre, rscj).

CUANDO ORES

- Dale gracias a Dios por esta Palabra llena de luz y de vida, que te pone en camino hacia lo mejor de ti mismo: tu condición de hijo amado de Dios.
- Pídele que tu oración te lleve a “bajar”, transfigurado, allí donde alguien tiene hambre y sed de pan y de Evangelio.
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Oración para pedir la Luz

Señor, te doy gracias por haberte fijado en mí,
débil, incapaz y limitado en todo,
para que sea tu discípulo.

Como Pedro, soy duro de mente y de corazón
para entender y aceptar tus planes.
Como Santiago y Juan, soy “hijo del trueno”
y siento la tentación de sembrar tu Evangelio
más a base de fuerza que de misericordia y amor.

Y, a pesar de todo, me subes contigo
a la montaña de la fe y del seguimiento,
a la montaña de tu cercanía y tu conocimiento,
a la montaña de la oración y del encuentro contigo,
para que vea la belleza infinita de tu Rostro
y aprenda de ti la verdadera vida.

Allí quedo envuelto en una Luz
capaz de disipar mis tinieblas;
allí se fortalece la fe
y siento ánimo para continuar el camino.

No es fácil ser cristiano, hoy en día, Señor.
No es fácil bajar de la montaña
en que te contemplo como Hijo amado del Padre
y escucho tu voz que disipa mi miedo,
a las calles, al trabajo, al mercado, al mundo
tan ajeno a ti, tan indiferente.

No es fácil proclamarte y seguir creyendo
que no eres una fábula inventada por los hombres
cuando todo el mundo nos pregunta:
“¿Dónde está vuestro Dios?”

Ilumíname por dentro, Señor. Transfigúrame.
Ayúdame a bajar a la vida llevando conmigo
tu Luz, que ilumine cada paso que doy.

Tú eres mi Luz y salvación. No he de tener miedo (sal 27,1).
En Ti está el manantial de la Vida, y tu Luz nos hace ver
las pequeñas luces de vida y de gracia
ocultas en el vivir cotidiano (sal 39,9).

Que tu Luz y tu Verdad me guíen siempre y me conduzcan
más arriba, cerca de ti,
más abajo, donde alguien necesite mis manos.

¡Dichoso aquel que te alaba con gozo!
Caminará siempre bajo la luz de tu mirada,
a la sombra de tu ternura,
y la luz de tu Rostro alumbrará
todos los pasos de su vida (sal 89,15).
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Transfiguración
  
Debajo de la piel,  
muy dentro, 
en lo profundo, 
arde un fuego  
poderoso. 
La fuerza  
de un Dios late, discreta, 
en el pozo de los anhelos 
y los sueños. 
  
A veces asoma, y es 
palabra humilde, 
caricia, 
gesto de amor, 
mirada humana, 
alegre bullicio, 
silencio reconciliado. 
Brillan más los ojos, 
un fulgor distinto colorea el rostro, 
se entonan 
melodías vivaces, 
ese canturreo crece, 
                contagia a muchos, 
y por un instante de comunión 
nace un clamor de júbilo. 
  
Se está bien aquí. 
Menos uno, y más nosotros. 
Luego se impone la vida  
con sus rutinas. 
Pero sabemos que 
debajo de la piel, 
muy dentro,  
en lo profundo, 
late Dios.  

(José Mª Rodríguez Olaizola, sj)
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ENTRAR

Quiero “entrar”. Entrar en Dios, entrar de nuevo en la densa nube de su Presencia envolvente, penetrante. Entrar en el Ser de la realidad, en el Ser que da consistencia a mi pequeño ser. Pero, ¿no es una contradicción decir que quiero entrar en Aquel en el que estoy siempre? ¿No estoy dentro de Él porque Él está dentro de mí y me habita? ¿No somos, nos movemos y existimos en Él? ¿Cómo puedo estar fuera de Él si Él lo llena todo? “¿Adónde iré lejos de tu aliento? ¿Adónde escaparé de tu mirada?”, ora el salmista…
Y, sin embargo, puedo estar fuera de Él… Lo estoy cada vez que estoy fuera de mí. 
“Entrad, entrad en lo interior”, dice Santa Teresa. 
“Entremos más adentro en la espesura”, dice San Juan. 
Entrame en la nube de tu Presencia densa y envolvente, y  transfigúrame. Cambia mi tiniebla en luz y haz que te entre en lo cotidiano con el rostro radiante y tu luz en las manos, dispuestas siempre para el servicio.

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martes, 19 de febrero de 2013

EUCARISTÍA

Cuando el sacerdote depositó el pan en mis manos, esta mañana, me brotó inmediatamente la siguiente oración:

Eres el Cuerpo de Cristo.
Él se entrega a ti para que tú te entregues a Él.
Él viene a ti para que tú no dejes de venir a Él.
Él entra en ti para que tú entres en Él.
Él vive en ti para que tú vivas en Él.

Él desciende a ti para que tú puedas alcanzarlo.
Él te alimenta a ti para que tú alimentes a muchos.
Él se vierte en tu sangre para que tú derrames tu sangre.
Él se hace carne para que tú te hagas Espíritu.
Él se hace nada para que tú lo seas todo.

Él viene a tu humanidad necesitada 
para que tú te acerques a la humanidad necesitada.
Él es pan partido para que tú seas pan repartido.
Él viene a todos, sin exclusión, para que tú incluyas a todos.

Él es tu Vida.
No hay otra cosa que necesites saber.
No hay nada más que necesites vivir.
Eso te es suficiente.
Conviértete en Aquel al que amas, en Aquel que recibes, 
en Aquel que te habita.
Tú eres su Cuerpo Viviente en la entraña del mundo.




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jueves, 14 de febrero de 2013

La única tentación de Jesús y nuestra

Lectura orante de Lucas 4,1-13

Oración para disponer el corazón

Señor, dicen que entrar en la Cuaresma es como entrar contigo en un desierto. ¡Como si no hubiera ya suficientes “desiertos” en mi vida!
Tú me conoces, Señor, Tú lo sabes todo:
- conoces mi soledad de cada día,
- conoces mis miedos y mis luchas,
- conoces mis “mermas” y disminuciones,
- la salud, que se va llenando de “goteras”,
- la desgana y la falta de ilusión (yo, que antes me comía el mundo...),
- la jubilación anticipada, que me hace sentir como un trasto inútil,
- la marcha de los hijos (es verdad, es ley de vida... ¡pero qué vacío dejan!)...

Ah, Señor, la vida no es fácil. Tú lo sabes, Tú lo ves, Señor:
- los apuros para llegar a fin de mes,
- lo difícil que lo tienen los jóvenes para encontrar un trabajo digno,
- la violencia e inseguridad que se instala, poco a poco, en nuestras ciudades,
- la droga, que amenaza a nuestros hijos, hermanos o amigos...

Y, abriendo más los ojos, abarcando el mundo:
- Tú ves, Señor, inmensos desiertos poblados de hermanos que mueren de hambre y de sed, o viven la agonía cotidiana de la amenaza de muerte por guerras absurdas,
- ves la corrupción y la codicia de quienes gobiernan el mundo
y no se compadecen de aquellos a los que les ha tocado peor suerte.

Y finalmente, ves, Señor, otro desierto más oculto:
el de mi pecado, que no quiero que exista,
y el del pecado del mundo, que amenaza la vida.

Ayúdanos, Señor y Maestro, a reconocer nuestros desiertos.
Ayúdanos a vencer al tentador en ellos.

Ayúdanos a salir de ellos, de tu mano, caminando hacia la Vida.
Enséñanos a vencer, con la luz de tu Palabra 
y la fuerza de tu Eucaristía.
Re-créanos y ayúdanos a vencer Tú, Hijo amado del Padre
y Hermano nuestro.
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Lucas 4,1-13


1 Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto,
2 durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre.
3 Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.
4 Jesús le respondió: Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre.”

5 Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; 6 y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. 7 Si, pues, me adoras, toda será tuya.»
8 Jesús le respondió: «Está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto.”

9 Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; 10 porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden.  11 Y “En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna.”
12 Jesús le respondió: «Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.» 
13 Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno.

CUANDO LEAS

1. Fíjate en las palabras: desierto-tentado (tentación) – cuarenta- hambre, de los vv. 1 y 2. Si un judío leyera estos versículos, inmediatamente le vendría a la memoria toda la gran aventura del éxodo, en el que Israel caminó por el desierto durante cuarenta años, padeció hambre y sed, y experimentó diversas tentaciones: murmurar contra Dios, que lo había liberado de la esclavitud, desear volverse atrás, e incluso fabricarse un Dios hecho de metal (el becerro de oro), desconfiando del Dios Vivo y Verdadero.
Al leer esos versículos, el judío del que hablamos también pensaría en Moisés y en Elías, los dos grandes profetas que permanecieron cuarenta días y cuarenta noches, el uno en el Sinaí (Éx 34,28), y el otro en el desierto de Berseba (2 Re 19,8).

El evangelio nos presenta a Jesús como el nuevo Israel en el desierto. Como verdadero hombre que era (igual en todo a nosotros, excepto en el pecado), experimentó el hambre y la tentación. Pero su respuesta fue muy diferente a la del pueblo de Israel. 

2. Lucas nos cuenta que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu. Y es que Jesús lo vivió todo en el Espíritu, porque en Él reposaba, desde el bautismo, como una paloma reposa en su nido.

En el desierto, Jesús fue tentado tres veces por el diablo. Si nos fijamos bien, en el fondo se trata de una única tentación: “Demuestra que eres el Hijo de Dios; demuestra que Dios es tu Padre, te ama y sale por ti; demuestra tu poder...”.

a) Primera tentación: el hambre y el pan - En qué consiste ser Hijo
Éxodo 16 nos cuenta que cuando los israelitas sintieron hambre en el desierto, murmuraron contra Moisés y Aarón diciendo: “Nos habéis traído a este desierto para matarnos de hambre”. 

Cuando Jesús siente hambre, el tentador intenta que se aproveche de su condición de Hijo y utilice su poder en su beneficio, convirtiendo las piedras en panes.
Pero, para Jesús, ser Hijo no tiene nada que ver con demostrar su poder. Ser Hijo es fiarse de Dios y de su Palabra incondicionalmente. En el evangelio de Juan 4,34, Jesús les dice a sus discípulos: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y realizar su obra”. Es decir, no le alimenta alardear ni hacer valer sus derechos. No “le engorda” ser poderoso. El amor NO SE HINCHA.
Las palabras con las que, en nuestro evangelio responde a la tentación están tomadas del Deuteronomio 8,3: “No sólo de pan vive el hombre”. Mateo completa: “…sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. 

c) Segunda tentación: la soberbia y el poder – Sólo Dios es digno de adoración

El tentador no consigue hacer mella en la confianza filial de Jesús, así es que tantea el hambre de poder y la ambición de riquezas que se esconden en todo corazón humano, para ver si puede hacerle tropezar. Lo lleva a un monte alto (los montes elevados, en algunos profetas, designan la soberbia y la altanería) y le ofrece los reinos del mundo a cambio de que se postre y lo adore. El tentador es, como dice San Juan, el mentiroso. En este caso la mentira es, además, una blasfemia, porque la misma maldad se hace igual a Dios y pretende que Jesús reconozca esa falsa divinidad a cambio de unas riquezas que él no puede otorgar, porque sólo Dios es el dueño de todo. 
Jesús desenmascara esa mentira y responde con palabras del Dt 6,13-14: “Al Señor tu Dios temerás, a él servirás... No vayas detrás de otros dioses...”.

b) Tercera: el agua y la sed – Poner a prueba al Padre.

La tercera tentación tiene como escenario el Templo de Jerusalén. De nuevo, la voz del tentador le toca a Jesús la fibra más sensible: “Si eres Hijo de Dios...”. En el bautismo, Jesús había escuchado estas Palabras del Padre: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco”. El amor del Padre y su voluntad es lo único importante para Jesús pero, a lo largo de su vida, tuvo que escuchar muchas voces que ponían en duda su identidad de Hijo, sobre todo al final, en la cruz: “¡Sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!... Ha puesto su confianza en Dios; que lo salve ahora, si es que de verdad le quiere, ya que dijo: Soy Hijo de Dios” (Mt 27,40.43). 

En el Templo de Jerusalén, Jesús siente la tentación de pedirle al Padre una prueba de su amor y protección. Sin embargo, rechaza con fuerza esa tentación respondiendo con las palabras del Dt 6,16: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Estas palabras evocan el episodio de Massá y Meribá, cuando los israelitas sintieron sed en el desierto y Dios hizo brotar para ellos agua de la roca. En aquella ocasión, tanto los israelitas como Moisés y Aarón desconfiaron del Señor (cf. Nm 20,1-13; Éx 17,12 ss). Jesús, por el contrario, expresa su confianza radical en el Padre.

El episodio descansa en un desenlace que nos remite al final del evangelio, en el que de nuevo el diablo aparecerá tentando la confianza de Jesús en el amor del Padre.

CUANDO MEDITES

- Sólo una propuesta de meditación: tus tentaciones, tu fe y tu amor a Dios… Date cuenta de cómo vives estas tres realidades. Cuáles son tus tentaciones… Cómo es tu fe y cómo la alimentas… Cómo es tu amor y cómo lo alimentas…
- MEDITA EN TU CONDICIÓN DE HIJO/HIJA DE DIOS… en tu condición de hija amada y en las consecuencias para tu vida…
- Contempla Jesús se siente HIJO AMADO DEL PADRE.

CUANDO ORES

a) Ora con Jesús:

Imagina que estás junto a Jesús en el desierto y escucha este salmo como pronunciado por Él dirigiéndose a su Padre, después de haber vencido las tentaciones.

Te doy gracias, Padre, porque has escuchado mi súplica. Yo te había dicho: Protégeme Dios mío, que me refugio en ti, Tú eres mi dueño, mi único bien. Y cuando el tentador me ha puesto delante los dioses de la tierra, esos tras de los que muchos van corriendo y a quienes dedican sus desvelos, has estado junto a mí y he podido repetirte: Tú eres mi copa y el lote de mi heredad, mi destino está en tus manos. Me ha tocado  tu amor como mi parcela hermosa, como herencia magnífica y te bendeciré siempre por ello, Padre. Tú me guías y me aconsejas en todo momento, hasta de noche escucho el susurro de tu palabra que me instruye internamente, y como estás siempre presente a mi lado, no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón, gozan mis entrañas y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte ni dejarás al que te es fiel conocer la fosa. Tú me irás enseñando el sendero de mi vida, me colmarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha” (cf. Sal 16).

(Oración de Dolores Aleixandre)

b) Sólo Tú

Porque nuestros proyectos se desmoronan y fracasan 
y el éxito no nos llena como ansiamos. 
Porque el amor más grande deja huecos de soledad, 
porque nuestras miradas no rompen barreras, 
porque queriendo amar nos herimos, 
porque chocamos continuamente con nuestra fragilidad, 
porque nuestras utopías son de cartón 
y nuestros sueños se evaporan al despertar. 

Porque nuestra salud descubre mentiras de omnipotencia 
y la muerte es una pregunta que no sabemos responder. 
Porque el dolor es un amargo compañero 
y la tristeza una sombra en la oscuridad. 
Porque esta sed no encuentra fuente 
y nos engañamos con tragos de sal. 

Al fin, en la raíz, en lo hondo, sólo quedas Tú. 
Sólo tu Sueño me deja abrir los ojos, 
sólo tu Mirada acaricia mi ser, 
sólo tu Amor me deja sereno, 
sólo en Ti mi debilidad descansa 
y sólo ante Ti la muerte se rinde. 
Sólo Tú, mi roca y mi descanso.

(Javier Montes Maury, sj)

c) Tú sostienes mi vida

Tú sostienes mi vida.
Tu savia invisible me recorre
de los pies a la cabeza,
de la cabeza a los pies,
como un manantial de agua pura
que va vivificando órganos, extremidades,
y el ser entero,
o como una música danzarina que hace vibrar
cada átomo de este cuerpo
que es, por obra y regalo del Espíritu Santo,
el Cuerpo de Cristo.

Tú sostienes mi vida.
Tu Palabra creadora no cesa
de pronunciarse sobre mí: “¡Existe!, ¡vive!
Porque eres preciosa a mis ojos y yo te amo”.
Tus manos de alfarero no cesan
de modelar mi barro, siempre inacabado.
Quiero tus manos sobre mí,
tu aliento sobre mí,
tu Espíritu sobre mí para  ser Tú.
Quiero ser Tú, como Tú,
pero sin el “como”…
Tú, Tú… viviendo Tú en mí
y yo en Ti,
Amor que llenas todos mis espacios.

Tú sostienes mi vida.
Como Jesús, soy tu hija amada.
La única tentación que nos llevará a ser lo que no somos,
si la escuchamos,
es la negación de nuestro ser más profundo,
la que nos hace creer que no somos dignos de lo Bueno, 
de la Vida y del Amor más incondicional.
Somos hijas e hijos de Dios y somos Amor.
“La verdadera meta de la existencia
no consiste en amar,
Tampoco consiste en dejarse amar.
Consiste, simple y llanamente,
en convertirse en AMOR”.

(Thomas Schied)

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jueves, 7 de febrero de 2013

Una llamada junto al lago


Oración con Lucas 5,1-11 y otros textos en torno a Pedro



Canto: Ven, Espíritu de Dios (Ain Karem, C1)


Música del canto...

1. FASCINACIÓN Y LLAMADA

Lucas 5,1-11

1 Estaba él a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre él para oír la Palabra de Dios, 2 cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes.
3 Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.
4 Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro, y echad vuestras redes para pescar”.
5 Simón le respondió: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.”

6 Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. 7 Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. 8 Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.”
9 Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. 10 Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.” 
11 Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

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“La gente se agolpaba sobre él para oír la Palabra de Dios…” ¿Cómo es tu deseo, tu hambre y tu sed de escuchar a Jesús?... ¿cómo le buscas?... ¿cómo cuidas los espacios en los que resuena su voz?... ¿Es Él el verdadero Maestro de tu vida?... ¿A quién acudes para aprender lo que has de hacer?....

“Rema mar adentro…” Jesús siempre invita a expandir la vida, a arriesgar caminos inexplorados, a remar más allá, más adentro, más profundo, hacia lugares donde no has estado antes en ti y fuera de ti… 

“Hemos estado bregando toda la noche…” En la noche, la brega resulta inútil… Él lo da a sus amigos mientras duermen… Todos nuestros afanes, sin Él, no sirven… El más mínimo acto de obediencia a su Palabra, con Él, obra milagros y multiplica los frutos inesperados…

“Por tu Palabra, echaré las redes…” Pedro no tenía confianza en poder pescar nada. Tenía experiencia de fracaso, de esfuerzos estériles… Pero actúa fiándose de Otro. Actúa con la fe de Jesús y con la fe en Jesús…”

“Llenaron tanto las dos barcas…” Sobreabundancia. Donde está Jesús, abunda la vida, abundan los frutos, abunda el sentido… Como abundó el vino en las bodas de Caná, como abundaron los panes y los peces a orillas del mar de Galilea, como abundó la alabanza en la boca de la mujer enderezada y curada, como abundó la luz en los ojos del ciego Bartimeo, como abundó la gracia en la vida de Pablo y de los que se dejaron amar por Jesús… ¿En qué abunda tu vida cuando estás con Jesús?...

“Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador…” Ante Jesús, nos sentimos pequeños… El asombro se apodera de nosotros ante el más bello de los seres humanos…, ante el Hijo de Dios, nacido de María… Es bueno tomar conciencia de nuestra verdad ante Él: limitados frente al Ilimitado, mezquinos frente al absoluto Amor, pecadores frente al único Santo… Es bueno saber quiénes somos para pegarnos a Él y dejarnos sostener por el único consistente…

“No tengas miedo… desde ahora serás…” ¿Qué nombre nuevo pronuncia Jesús para ti?... ¿Qué identidad te desvela?... Abraza, sin miedo, lo que Él ha pensando y deseado para ti…


Canto: El nombre de Jesús



ORACIÓN: Señor, sé tú mi vida…

Sé que no arriesgo mi vida si confío en Ti, Señor,
que no pierdo la suerte si me entrego a Ti.
Sé que no me engaño si en Ti creo,
que no me evado si te invoco.

Sé, Señor, que tú me esperas y me amas,
que tú me quieres y perdonas,
que tú me llamas y me envías,
que tú me miras y me entrañas.

Sé que no me pierdo si voy por tu camino,
que no yerro si a tu puerta llamo,
que no es inútil la entrega ni vana la esperanza.
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2. MIEDO

Mateo 14,23-33

23 Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. 24 La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. 25 Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. 26 Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a  gritar. 27 Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis.»

28 Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.» 29 «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. 30 Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» 31 Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» 32 Subieron a la barca y amainó el viento. 33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»
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“Le entró miedo y comenzó a hundirse…” El miedo de Pedro, su poca fe… es como nuestro miedo, como nuestra poca fe… Pero hay una mano que nos agarra y tira de nosotros sacándonos de las aguas, cuando nos llegan al cuello. Una mano fuerte y sólida. Una mano amorosa… ¿Has tenido experiencia de ser salvada, sacada de las aguas, agarrada, sostenida…?

Canto: Sé mi luz


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3. NEGACIÓN

Lc 22,55-62

55 Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. 56 Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Este también estaba con él.» 57 Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!»
58 Poco después, otro, viéndole, dijo: «Tú también eres uno de ellos.» Pedro dijo: «Hombre, no lo soy!» 59 Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo.» 60 Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» 
Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, 61 y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.» 
62 Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.
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“Estabas con él… eres uno de ellos… estabas con él… No le conozco… no lo soy…” Es siempre estremecedor el relato de las negaciones de Pedro. Negar al amigo… negar al ser amado… negar a aquel que te afirma y te da vida… es negar la propia identidad… 
Jesús nos mira con amor, con compasión cuando le negamos, negamos a otros o nos negamos… Déjate alcanzar por esa mirada compasiva… Así lo hizo Pedro. Se dejó perdonar y alcanzar por un amor más grande que todo su pecado.

Canto: Sé mi luz

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4. VUELTA AL AMOR PRIMERO

Juan 21, 14-19

14 Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
15 Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.»
16 Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.»
17 Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. 18 En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.»
19 Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»
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“¿Me amas?... ¿me amas?... ¿me quieres?...” Ser cristiano es cuestión de amor. Amar a Jesús, amar al Padre, dejarse guiar por el Espíritu… amar a un pueblo… cuidar de gente… 
responsabilizarse de la vida de otros… Y, en todo, extender las manos y dejar que alguien te ciña y te lleve incluso donde no quieras… como Isaac con Abrahán, como Jesús, por coherencia con su mensaje revelador del Reino, como los santos que han dado su vida por otros… Con amor, han tendido sus manos y se han dejado llevar adonde su ego no quería ir… Ése es el amor más grande: dar la vida como Jesús.




ORACIÓN: Irrumpe, Señor, en mi historia…

Irrumpe, Señor, una vez más, en mi historia oscura,
atraviesa mi noche, con la luz del alba.
Que la espera pueda más que el miedo
y el cansancio de la brega ceda en el almuerzo.
Quisiera acogerte y guardar muy dentro
el destello de luz que avanza el día,
conservar guardada en la memoria,
la hora de tu paso en el límite del riesgo.
¡Soy tan torpe que el presente oscuro
desplaza la certeza del alba prometida,
por más que, como amigo me aconsejas
que desplace el temor y la sospecha!

Doy fe, pasada la tormenta
de que no sucedió la quiebra
anticipada por la mente débil
anclada en la memoria adversa.
Al final de la vela, rindo el pensamiento,
adoro, enamorado, tu presencia,
hecha luz, alivio, confianza,
perdón desbordante, envuelto de ternura.
Deja que te diga, ya muy quedo,
sin más seguridad, por mi torpeza,
al menos el deseo limpio
de amarte ya, sin tiempo.

Jesús, tres veces te negó Simón aquella noche,
por no decir que tu apóstol te negó cien veces.
Cada día el justo peca siete
y el humano convive con su quiebra siempre.
Si el número señala tanta huida
de lo que debería ser fidelidad constante,
podría interpretarse mal sin cura,
enfermedad crónica, incurable.
Tú mismo anticipaste la traición
de quienes eran tus amigos íntimos.
Conoces bien el corazón humano,
la fluctuante relación amiga.
Si aventuraste tanto sinsentido,
¿por qué fijaste los ojos en aquellos pescadores?,
¿por qué depositaste tu testigo en gentes inconstantes?

Y, al contemplar relato tan extraño
de lo que parecería coherente,
se descubre dónde se encuentra la clave,
la razón de todo seguimiento.
No tanto en la respuesta adelantada y valiente,
que después resulta perjurio lamentable,
sino en tu constante decisión amiga
de elegir sin cuentas a tus compañeros.
Es tu opción de amor inquebrantable,
sostenida en los momentos más oscuros,
lo que saca a los tuyos del abismo,
de perecer en sus noches e increencias.
Es por tu declaración de amor incontenible,
envuelta en tres últimas preguntas
lo que libera al discípulo del mal
y le da posibilidad del seguimiento.

No radica en mi respuesta a la amistad contigo
mi identidad de ser discípulo,
ni se define por mi opción determinada.
Eres Tú quien sostiene la mirada.
Sigue, Señor, llamando, preguntando,
para arrancar de mis labios la respuesta.
Por frágil y débil que yo pueda
siempre declarar, de nuevo, que te quiero.

Ya no ostento mi título primero
de que Tú me llamabas a seguirte,
me define tu amor, tu perdonanza,
tu constante pregunta (si te amo).
Dame valor para no justificar exilio.
Que siempre que Tú me llames, yo responda,
humilde, sin sumar las veces que lo haces.

Hoy, aquí, ahora, en Galilea,
deseo decirte palabra limpia, sin memoria:
“Señor, tú sabes que te quiero”.
Permíteme que llegue un día a profesar,
sincero, “Tú sabes que te amo”.
Silencio meditativo


* COMPARTIMOS NUESTRA ORACIÓN…

* DANZA CONTEMPLATIVA

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Nota: Las oraciones están tomadas de Ángel Moreno de Buenafuente.


lunes, 4 de febrero de 2013

Vocación

Tengo esta certeza desde niña: cuando Dios quiere algo de ti, es tan insistente como un enamorado loco. Le pondrás mil excusas, y Él desbaratará todos tus argumentos. Huirás de mil maneras, y Él te buscará debajo de las piedras. Llorarás y gritarás a Él diciéndole que tú no vales, que busque a otra, que te deje en paz… y Él te repetirá, sin cansarse, que ha pensado en ti desde siempre. Querrás olvidarte de su voz, pero su voz será dentro de ti como un fuego ardiente que no podrás contener ni apagar…

Hasta que un día, rendida en la lucha y vencida por su persistente amor, dejes caer todas tus resistencias y le digas que tú también le amas, que quieres lo que Él quiere, que eres suya para siempre, que te lleve donde quiera, y que te diga lo que has de hacer… 

Ese sí habrá sembrado en ti tu auténtica vida, tu aventura, tu dicha y tu paz.


"Tú me sondeas y me conoces" (Isabel Guerra)
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