martes, 20 de diciembre de 2011

Graneros y pesebres

Dolores Aleixandre escribe en ALANDAR:

"Vivimos atemorizados por los mercados, esa especie de ogro corporativo y siniestro al que hay que tener contento aunque nos esté asfixiando y triturando. Giramos en torno a sus estados de ánimo y al punto de la mañana ya estamos pensando: ¿cómo se habrá despertado?, ¿estará irritado y nos pegará un zarpazo?, ¿qué podemos hacer para que no frunza el ceño? Bramamos contra él y lo colmamos de vituperios sin darnos cuenta de que, en el fondo, nos está prestando el servicio impagable de que como “el malo” es él con su codicia insaciable y su carencia absoluta de ética, no necesitamos mirarnos al espejo y preguntarnos: “Espejito, espejito ¿no me estará contaminado a mí el estilo mercado, aunque sea en talla junior?”
En una de sus parábolas, cargada de cierto humor negro, Jesús cuenta la historia de un hombre que tuvo una gran cosecha (o se apañó un retiro millonario) y se puso a echar cálculos: “¿Qué puedo hacer? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros mayores para meter mi trigo y mis posesiones (o conseguiré un ERE) y después me diré: Querido, tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y disfruta (y búscate un paraíso fiscal…). Pero Dios le dijo: ¡Necio!, esta noche te reclamarán la vida (estás al borde del infarto…). Lo que has guardado ¿para quién será? (se lo va a llevar Hacienda…)” (Lc 12,16-21). Es curioso que el reproche merecido no sea de índole moral sino intelectual: más que como un sinvergüenza aparece sencillamente como un imbécil.
Aquellos graneros son el símbolo de ese modo de vivir que tan bien conocemos: hay que defender “el grano” de lo que poseemos de cualquier tipo que sea y, para eso, hay que levantar muros protectores que lo pongan a salvo. Si no estamos con cien ojos, nos comportaremos como clones del personaje de la parábola y su modelo granero: “Ya sé lo que hacer”, repetimos como él, “blindaré los accesos a “mi grano”, que ya está bien de tanta solidaridad; protegeré mi sensibilidad y cambiaré de canal en cuanto empiecen esos documentales espantosos de niños famélicos; buscaré los informativos que refuercen mis convicciones: “a los que piden en las calles los ponía yo a asfaltar carreteras”, “los parados que espabilen”, “los inmigrantes, que se vuelvan”…
Pero, aunque estamos para pocos villancicos y bombillitas de colores, llega la Navidad con su modelo pesebre: sin puertas, sin alarmas, sin defensas, abierto a cualquiera que quiera acercarse y llevarse ese “grano” que descansa sobre él. Es la otra manera de vivir inaugurada por Jesús que intenta seducirnos con su estilo alternativo. Hay que reconocer que él llevaba ventaja porque nacer en un establo en vez de en una casa como Dios manda, lo marcó para siempre y con poco remedio. Y es que como te descuides en la elección de relaciones y se te arrimen peones agropecuarios no cualificados, ya no te vas a quitar nunca de encima a esa gente: te rodearán, te empujarán y te incordiarán a todas horas: “Tengo a mi hijo endemoniado con el paro”. “No tienen vino ni papeles tampoco”. “No soy digno de que entres en mi casa, que tengo alquiladas todas las habitaciones para pagar la hipoteca”. “Señor, que vea cómo llegar a fin de mes”; “Aumenta mi fe, que todos mis amigos son de los “indignados” y no entienden que yo sea creyente”… Y detrás de todo eso, un deseo desvalido y acuciante: si rozaras mi vida, si me hablaras, si te sintiera cerca, si me dijeras por qué vale la pena vivir…
Y él ahí, entonces y ahora, tan a la intemperie como en Belén, tan expuesto como un pan que se parte. Acogiendo todos los gritos y todas las lágrimas de un gentío abatido y derrotado: “Ánimo, no tengas miedo, yo no te condeno, vente conmigo, tus pecados te son perdonados, levántate, sal fuera, vete en paz. Mi vida es para vosotros: tomad, comed…”
No sabemos ser como él, pero si su existencia nos sigue deslumbrando, podemos dejarnos caer esa noche por las afueras de Belén, contemplar un rato el pesebre y repetirnos de nuevo la pregunta: “¿Qué puedo hacer?”
Quizá la respuesta no nos resulte cómoda ni placentera, pero es de las que llegan al corazón y lo desbordan con esa alegría que nadie puede arrebatarnos".

sábado, 10 de diciembre de 2011

¡Estad siempre alegres!

III Domingo de Adviento


La lectura del tercer Isaías atrae toda mi atención de la Palabra de este domingo.
Me detengo y saboreo algunos de sus mensajes más significativos para mí:

- "El Señor me ha ungido". Me viene a la memoria del corazón la imagen de Samuel con el cuerno de aceite ungiendo a David...; el descanso que encontró el huésped del salmo 23: "Me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa"; el gozo de Jesús, ungido en la cabeza por una mujer anónima, ungido en los pies por la mujer que amó mucho y por María de Betania... La unción se realizaba con aceite perfumado, penetraba la piel y los tejidos, y confería una nueva identidad. Eran ungidos los reyes, los profetas, los sacerdotes... Mesías significa Ungido. Isaías nos dice que el Señor nos unge con Espíritu Santo. El Espíritu se derrama como aceite perfumado de la cabeza a los pies, penetrando todo nuestro ser y transformándonos en mensajeros de buenas noticias y en sanadores de corazones desgarrados. Tenemos vocación de "vendadores" de heridas.
Necesitamos aprender a dejar de meter el dedo en la llaga y convertirnos en "médicos sin fronteras" para todo aquel que se sienta herido. Hay unas "pastillas contra el dolor ajeno" llamadas consuelo y alegría, que son altamente recomendables, necesarias y eficaces para todo tipo de males.

- "El Señor hace brotar..." Hace brotar justicia. Y hace brotar otras muchas cosas, con tal de que sembremos. ¿Qué deseo ardientemente que haga brotar en mí en el año nuevo que comenzará dentro de dos semanas?

- "Desbordo de gozo", "estad siempre alegres". La alegría es una consecuencia. Uno no se ríe a voluntad y por nada, como en una artificial sesión de risoterapia. Una de las cosas que más causan alegría es la experiencia de dar y de darse. "Hay más alegría en dar que en recibir", dicen que decía el Señor. La alegría del compartir, de la solidaridad, de dar desinteresadamente, de servir... es atrayente, contagiosa y evangelizadora.
Y está también la profunda alegría de saberse amadas por Dios...


- Y vayamos al Evangelio: "¿Quién eres?" es la pregunta clave. Juan sabía perfectamente quién era. "Yo, voz...". Una voz que prepara, anticipa y anuncia a alguien mayor que él. Y yo, ¿quién soy?, ¿para qué estoy aquí?, ¿cuál es mi misión y mi propósito en esta vida?, ¿por qué y para qué estoy precisamente aquí y no en cualquier otro lugar, con otras personas y otras circunstancias? Juan era "una voz". Y yo, ¿qué soy?, ¿quién soy?

Se acerca la Navidad. Que el Señor vaya iluminando los ojos de nuestro corazón...

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Canto para orar: Preparad el camino al Señor (Godspell)

sábado, 3 de diciembre de 2011

¡Consolad!

¡Consolad, consolad a mi pueblo..., hablad al corazón de Jerusalén!
II Domingo de Adviento

A menudo nuestro resentimiento no tiene límites. He conocido a hermanos que han dejado de hablarse durante años por un episodio sin importancia, por un malentendido que era catalogado como "ofensa imperdonable", o por una errónea interpretación de las supuestas malas intenciones del otro... Hermanos que se amaban han dejado de amarse durante años. ¿Tiene esto algún sentido?
Hay quien conserva el recuerdo de las "deudas" hasta el final. Perdonamos pero no olvidamos. Y dejamos caer el peso de nuestros castigos eternos con palabras hirientes y reproches continuos. Lo que no hemos aprendido es que, al no perdonar, no es a la otra persona a la que causamos daño, sino a nosotros mismos, atascándonos en el resentimiento e incapacitándonos para la paz y la alegría.
Dios no es así.
La Palabra nos dice que Dios "perdona las culpas, no nos trata como merecen nuestros pecados, no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo". Y eso es una buenísima y muy saludable noticia.
Israel interpretaba que el destierro a Babilonia tenía como causa la ira y el castigo de Dios por su infidelidad. Dios les hacía "morder el polvo" por haber sido "malos". Pero el segundo Isaías les grita palabras de consuelo de parte de Dios:
- "¡He perdonado tu deuda! ¡He borrado tus crímenes! ¡Volverás a tu tierra a través del desierto y yo iré delante de ti, guiándote hacia la vida! ¡Como un Pastor, tomándote en brazos, te guiaré hasta Sión, tu ciudad amada!"
- ¿Cómo dices, profeta? -pregunta, con incredulidad, el pueblo.
- "¡Consuela a mi pueblo!", me ha dicho Dios. "¡Grítale a su corazón! Deberás gritarle, porque no te creerá..."

Nos cuesta creer que somos perdonados porque nosotros no sabemos perdonar de corazón. Somos inexpertos en pronunciar palabras de consuelo. Y por eso Dios tiene que gritarnos la estupenda noticia de la consolación. Dios perdona nuestras deudas, nos habla al corazón, nos dice que podemos volver a nuestra tierra, a lo mejor de nosotros mismos, que podemos comenzar de nuevo.
Y quiere que nuestras vidas sean un eco de su consuelo para los desconsolados del mundo: "¡Consuela en nombre de tu Dios! ¡Prepárale un camino dentro de ti y fuera de ti para que pueda llegar! ¡El Señor viene siempre!"

Hna. Conchi, pddm
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Otros ecos de la Palabra de este domingo:

"Voy a escuchar lo que dice el Señor"
"Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor, gritad..."
"Una voz grita en el desierto"

Escuchar: Escucho al Señor que me habla... (silencio). Tengo una duda. ¿No seré yo, más bien, la que hablo y me respondo? Porque ¡cuántas cosas oigo y me digo! Pero sí, en mi interior hacen eco estas palabras: "Quiero misericordia y no sacrificios". Es como ese grito que quiere allanar mi camino preparando el camino del Señor, con Amor y lealtad. Preparar el camino al Señor, que viene cada día en el corazón de toda persona.

Consolad: Señor, es consolador este silencio... Ya no hay piedras en el camino de hoy. Los valles han quedado nivelados, y los contratiempos han perdido su furia. Todo rezuma paz, porque me has consolado y me repites: '¡Ánimo, prepárate para mi llegada ofreciendo paz a la hermana, y a toda persona que encuentres!'

Grita: ¡Cuántos gritos oímos! Sí, pensaba que habían desaparecido, pero no. Han vuelto. Mas este grito tuyo es distinto, porque es para repetirme: "Allana el camino del Señor". No dejes que los valles y las colinas vuelvan y hagan desaparecer la paz, y te hagan sombra ocultando el Sol del camino...

Hna. Esperanza, pddm
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Tras escuchar y rumiar la Palabra, en mi interior ha quedado esta oración:

Tu Espíritu me ayude a preparar, un poco cada día,
el camino de tu Venida,
a abrir senderos de Amor, de gracia y de paz.
Que me haga pregonera, como pueda, de tu Voz,
del mensaje de Salvación,
de la vendida de tu Reino.

Hna. Josefina, pddm

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Canto: Consuela a mi pueblo (Glenda)

 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

¡Despierta!

"¡Permaneced despiertos!... vendrá..."
I Domingo de Adviento


- ¡Permanece despierta!
Escucha el silencio, sobre todo, en la madrugada,
cuando todo duerme y puedes ser la atenta centinela
de su sueño apacible, o de su muda desesperación.
Escucha, en el silencio, los pasos callados
de Aquel que viene siempre.

- ¡Despierta! ¡Escucha! ¡Date cuenta!
Él siempre está como la Fuente de la que brota
la corriente saltarina y alegre de tu vida.
Él es la Fuente de toda vida,
la Luz de la que dimana toda luz.

- Respira y siente el flujo de vida que hay en tu cuerpo,
su movimiento y su continuo cambio.
Escucha los latidos de tu corazón, y siente el incesante fluir
de tu sangre nutriendo tus células.
¡Escúchate! ¡Eres un milagro de Dios!

- ¡Despierta! ¡Abre los ojos y mira bien!
Mira los rostros. Todos los rostros.
Lejanos y cercanos.
No te acostumbres a los que amas.
Mira a enemigos y a amigos.
No prejuzgues a quienes desconoces.
Allana senderos tortuosos.
Facilita encuentros.
Elimina juicios y etiquetas.
Date cuenta del hilo de oro invisible
que os recorre a todos por dentro
y os une con vínculo inquebrantable.
En la unidad de Dios no hay divisiones,
no hay señores y siervos,
no hay hombres y mujeres,
ateos o creyentes,
de derechas o de izquierdas,
del norte o del sur...
Todos somos Uno en Dios,
en la única corriente invisible de su Vida.
Todos tenemos dos únicos caminos a elegir:
el del miedo o el del amor.
Y todos deseamos elegir este último.

- ¡Despierta! Abre tus manos, tus brazos,
tu seno para abrazar.
Se te ha dado un cuerpo para hacer su voluntad.
Para dar gratis ternura, y cuidado y servicio.
Para sanar, como hacen las manos sanadoras de Dios.
Para crear, como crean las manos artesanas de Dios.

- ¡Despierta! ¡Tienes pies!
¿Adónde te conducen tus pasos en la mañana?
¿Adónde se inclina tu corazón?
¿Por dónde van tus preferencias?
¿Avanzas o estás anclada en el eterno retorno de tus inercias infecundas?

- ¡Despierta! ¡Se te ha dado una lengua de discípula
para decir a los abatidos mis palabras de aliento!
¿Cómo usas el don milagroso y extraordinario de la palabra?

- ¡Sí, despiértame, Señor!
¡Rasga tu cielo y baja hasta mí!
¡Hazme vivir como una que ha vuelto a nacer!

Y si me duermo,
vela mi sueño,
arropa mi cansancio
y deja que abra los ojos
con un beso tuyo.



(Estrofa final de Carmen Lorigados)

lunes, 28 de noviembre de 2011

Adviento


"Ni la tiniebla es oscura para ti"
Foto: Mi instagram
Ayer hemos empezado el ADVIENTO y un año NUEVO. Año litúrgico. Ciclo en espiral para aproximarnos al centro, como qien es subsumido por un huracán o un ciclón, pero con suavidad, y transportado hacia el corazón de uno mismo y de Dios.
La liturgia es, bajo cierto aspecto, una escuela de sabiduría. Una escuela para aprender a vivir desde Dios, y para conocer a Dios, a la que asistimos, anualmente, miles de cristianos. La Palabra es el texto base, y la oración, el momento en el que devoramos ávidamente el libro, como Jeremías, o lo saboreamos lentamente, como Ezequiel o Juan el presbítero.
En el año litúrgico "aprendemos" a Dios o, mejor, aprendemos a conocer como somos conocidos. El uso del pasivo es muy importante en la espiritualidad: somos buscadas, amadas, conocidas, llevadas, recreadas... Aprender el abandono y el consentimiento: sí, sí, sí, sí, sí...
El adviento no es tiempo de penitencia, ni de sacrificio, ni de ayunos, ni nada que se le parezca. Es tiempo para ESCUCHAR, para ALEGRARSE, para ESPERAR a quien hace nuevas todas las cosas.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Jesús cura a un leproso y a un paralítico

Lectio divina de Marcos 1,40-2,12

Se le acercó un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes limpiarme.» Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio.»Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio.»Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes.

Entró de nuevo en Cafarnaúm; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y él les anunciaba la Palabra. Y trajeron a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados.»

Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: « ¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?»Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dijo: « ¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate, toma tu camilla y anda?" Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados - dice al paralítico -: "A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa."»Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida.»

CUANDO LEAS

Tras curar al leproso, Jesús queda fuera de la ciudad. Después nos adentramos en el capítulo 2 del evangelio de Marcos. Jesús ha comenzado ya su misión, anunciando el Evangelio y curando. Iremos viendo sucesivamente una serie de cinco discusiones entre Jesús y los escribas y fariseos - entre ley y evangelio (2,1-3,6), entre letra, que mata, y Espíritu, que da vida (2 Cor 3,6) -. Jesús, desde el comienzo de su ministerio, entra en conflicto con las autoridades religiosas. Él manifiesta su poder sobre el pecado y sobre todo mal; su poder de perdonar pecados viene de Dios. El perdón es Dios mismo, que viene a nosotros con un amor sin límites.

- PRIMERO CURA AL LEPROSO. En tiempos de Jesús, la palabra lepra era usada para una gran gama de enfermedades de la piel. Algunas no tenían cura conocida, y por eso se las temía mucho. Otras eran altamente contagiosas, así que se requería que los leprosos vivieran en lugares aislados. La ley de la Torá dice: “Y el leproso en quien hubiere llaga, sus vestidos serán deshechos y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo!... será inmundo; estará impuro: habitará solo; fuera del real será su morada” (Levítico 13:45-46). El Antiguo Testamento tiene varios pasajes donde Dios aflige al pueblo castigándolos con lepra (Números 12:9-10; 2 Reyes 5:27; 15:5; 2 Crónicas 26:19-21), así que la gente frecuentemente interpretaba la lepra como un castigo por el pecado.

- DESPUÉS CURA AL PARALÍTICO. Este hombre curado se convierte en signo de la humanidad nueva resucitada: Jesús tiene poder para perdonar pecados. "Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados..." (2,10). Jesús, en cuanto Hijo del hombre, habla y actúa con una autoridad que obra novedad de vida en aquellos a quienes sana-salva.

CUANDO MEDITES

- EL LEPROSO: La lepra tenía múltiples dimensiones: física, religiosa, social y financiera. La persona afectada (físicamente) era considerada como ritualmente impura (espiritual). A los leprosos se les requería que vivieran solos y mantuvieran una distancia de cincuenta pasos lejos de otra persona (social). Si la persona con lepra tocaba a otra persona o era tocada por alguien, se consideraba que esa persona estaba ritual y físicamente impura hasta que se le examinara y fuera pronunciada limpia por el sacerdote.
En otras palabras, tanto la impureza física (médicamente) como la ritual (espiritual) eran contagiosas. La persona afligida por la lepra no podía trabajar, y por lo tanto se le reducía a pedir limosna (financiera). Y por lo mismo, su familia también se vería reducida a la pobreza. Las consecuencias espirituales, sociales y financieras de la lepra –impureza, aislamiento, y pobreza – eran más terribles que las consecuencias físicas de esas formas más benignas de la enfermedad.

- EL PARALÍTICO: el hombre es creado por Dios como aquel que se encuentra siempre en camino hacia la casa del Padre. Pararse en este camino es retroceder. Por eso, la parálisis de que habla Marcos representa el nivel más profundo de la enfermedad externa. El paralítico en sentido espiritual es aquel que ha perdido la propia identidad, no logra moverse, no vive en plenitud lo que Dios le ofrece. La parálisis puede significar el pecado y todo miedo que impide levantarse y vivir como criaturas nuevas, resucitadas. En este relato, el hombre enfermo no posee un nombre propio: su identidad es la parálisis.

"Sostenido por cuatro hombres": son las cuatro personas que llevan al paralítico. El "cuatro" es el símbolo de los cuatro elementos, es decir, del cosmos entero. Todo nos puede llevar a Cristo, todo tiende hacia él... (Col 1,16s). Los Padres han visto en estos cuatro hombres a los cuatro evangelistas: su anuncio lleva a todos los hombres a Jesús.

Hay una novedad desconcertante en Jesús, manifestada en palabras y obras a lo largo de todo el evangelio y, especialmente, en los pasajes que presentan un fuerte contraste entre las expectativas de los diversos grupos de personas sobre él (gente, discípulos, fariseos...) y el desajuste de su persona y actuación a esas expectativas. En la sección de Mc 2,1-3,6, ese desajuste y las tensiones que origina desemboca en la decisión de acabar con Jesús. Y es que él es un "hombre" que dice perdonar pecados (2,10), que come con publicanos y pecadores, rescatando al centro de la vida social y religiosa, la periferia marginada y rechazada (2,15), que se dice "vino nuevo", incapaz de ser contenido por estructuras caducas e incapaces de salvar (2,22), que se autoproclama "señor del sábado" (2,27-28), que subraya la primacía absoluta del hombre sobre la ley (3,1-6).

CUANDO ORES

• ¿Cómo comprendo y acojo el perdón de Dios que Jesús me ofrece? ¿Siento necesidad de él? ¿Cuál es la parálisis más grande que no me permite vivir la vida con plenitud? También a mí, Jesús me dirige su mirada y dice: "hijo, hija, tus pecados te son perdonados". La Palabra de Jesús está llena de la fuerza de Dios. Escuchándola con fe podemos experimentar su perdón lleno de amor.

• ¿Cuáles son mis relaciones con mi familia y mi comunidad? ¿Soy indiferente a los otros, como la multitud, o quizá cerrado y duro, como los escribas? Pero podría intentar adoptar la actitud de los cuatro hombres que llevaban la camilla, que se sienten responsables de quien sufre una parálisis. Ayudando a los otros, nosotros mismos recibimos la bendición en abundancia y nos convertimos en colaboradores de Dios.


(Autor: Fernando Gálligo, sj. Equipo de animación de lectio divina de la U.P. Comillas)

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Resiliencia

Cuando el huracán nos envuelva y nos arrastre, resistiremos,
tiraremos con firmeza unos de otros,
abrazados, pegados con la fuerza impetuosa del amor.
Ni la tormenta del mar ni el naufragio
podrán destruir la unión de nuestros corazones
ni acallar el latido de la sangre,
que se reclama, a voces,
en nuestros cuerpos separados.
Somos uno y la sangre lo sabe y nos lo recuerda,
sacudiendo el olvido inconsciente y descuidado.

Cuando arrecie la tempestad,
estrecharemos más aún nuestras manos, nuestros lazos,
el vínculo que nos une desde siempre.
Y nada podrá arrancarnos del vientre y las rodillas
que nos dieron a luz.

Y volveremos a creer en el amor que nos engendró,
en los brazos que nos acunaron,
en los hombros que nos llevaron,
en las manos curtidas que trabajaron para nosotros,
y en los sacrificios que, con sudor y con dolor,
compraron
nuestro bienestar presente.

"Las grandes aguas no podrán apagar el amor
ni los ríos anegarlo".

Dedicado a mis "siameses"





















*Resiliencia: Dícese de la capacidad de recuperarse, reponerse y reinventarse ante las situaciones más dramáticas de la vida (Bernabé Tierno). Equivale, más o menos, a la versión secular de la "paciencia resistente" bíblica.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Unido a tu Raíz, bebiendo de tu Fuente (oración)

En la lectio divina de hoy, me ha brotado esta oración:

Te contemplo unido a tu Raíz,
bebiendo de tu Fuente,
haciéndote, Tú mismo, manantial
y cauce de vida para otros.

Te contemplo siendo todo escucha, todo oídos
para tu Padre.
Te contemplo siendo todo ojos
que miran el trabajo de tu Padre.
Contemplo tu deseo amante y presuroso
de parecerte al que te engendró:
"Mi Padre trabaja
y yo también trabajo".

De Él aprendes, cada noche,
en la cadencia suave y firme
de su Nombre, Abbá,
a ser hermano de todos,
de los últimos, de los pequeños, de los débiles.
"Mi Padre los prefiere
y yo también los prefiero".

Del Dios de los últimos aprendes
a ser humilde
y a compartir mesa y pan,
y casa, y camino, con los últimos
y despreciados de tu tiempo.
Y del Dios liberador y libertad
aprendes a liberar, a romper ataduras,
a poner en pie, a resucitar.

Divino Servidor de todos, levántame,
condúceme a tu lugar secreto y escondido,
para que nazca nueva de la savia del Padre,
servidora del Reino,
hija y cauce, yo también,
de vida para otros.

Jesús curó a muchos

Lectio divina de Marcos 1,29-39


(29) Cuando salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. (30) La suegra de Simón estaba postrada en cama con fiebre; y le hablan de ella. (31) Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella les servía.

(32) Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; (33) toda la ciudad estaba agolpada a la puerta. (34) Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

(35) De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. (36) Simón y sus compañeros fueron en su busca; (37) al encontrarle, le dicen: “Todos te buscan.” (38) El les dice: “Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido.” (39)Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

CUANDO LEAS

En el comienzo de su evangelio, tras la presentación de Juan el Bautista, el relato del bautismo y las tentaciones de Jesús, el inicio de la predicación y la llamada de los primeros discípulos, Marcos nos va a contar un día-tipo en la vida de Jesús. Se trata de un sábado en Cafarnaún. Lo primero que Jesús hace, en esa jornada-tipo, es enseñar en la sinagoga. Lucas dice que ésa era “su costumbre” los sábados (Lc 4,16; cf. 4,31ss). Allí enseña con autoridad y expulsa el espíritu impuro de un hombre poseído. Lo que hace Jesús el resto del día hasta la madrugada es lo que vamos a ver en el evangelio de hoy. En él encontramos tres perícopas diversas: la curación de la suegra de Simón (vv. 29-31), numerosas curaciones y exorcismos al atardecer (sumario de los vv. 32-34) y la oración de Jesús y su salida a Galilea (vv. 35-39).

1. Curación de la suegra de Simón (vv. 29-31): Cambiamos de escenario y pasamos de la sinagoga a “la casa” de Simón y Andrés. La “casa” es muy importante en el evangelio de Mc. Es el lugar de la estancia de Jesús y sus discípulos, escenario de su actuación y lugar de su enseñanza (cf. 7,17; 9,28.33; 10,10). Este hecho refleja que, en las comunidades, las casas servían como lugar de reunión para la catequesis y el culto.
La narración tiene los elementos típicos de un relato de curación: el diagnóstico de la enfermedad, alguien que solicita la curación (propia o de otra persona), la acción terapéutica y el efecto sobre la persona enferma.
Cuando Jesús llega a la casa de Simón, encuentra a la suegra de éste que está postrada en cama con fiebre, y le hablan de ella. Es una mujer sin movimiento (autonomía) y sin palabra (autoridad). La fiebre indica la gravedad de la situación en que se encontraba, indicio de una enfermedad mortal (Jn 4,52). Para los judíos, la enfermedad era algo que ataba, atormentaba o ensuciaba al enfermo, hasta el punto de atribuirla a una posesión maligna. De ahí que, en Lc 4,39, Jesús “conmine” a la fiebre como a un demonio. En Mc se dice: “la fiebre la dejó”.
Al contacto con Jesús (se acercó y la tomó de la mano), la mujer “se levantó” (se puso en pie, “resucitó” de la muerte) y se puso a “servir”. Es la segunda vez que aparece el verbo diakoneô en el evangelio. La primera vez son los ángeles los que sirven a Jesús en el desierto. Este verbo, cada vez más recurrente en el evangelio, será la descripción de la misión de Jesús, que “no ha venido a ser servido sino a servir” (10,45).
La respuesta de la mujer (“les servía”) está en imperfecto. No se trata de un servicio puntual sino de una actitud que comienza en ese momento y no termina. Esta escena es un elemento marco del evangelio completo y forma inclusión con la escena de la cruz, en donde se dice que unas mujeres servían y seguían a Jesús desde Galilea (15,40-41). La suegra de Simón es, con toda probabilidad, vista desde la Pascua, una de las primeras seguidoras de Jesús.

2. Curaciones de Jesús al atardecer (vv. 32-34): Se trata de un sumario de la actividad sanadora de Jesús en Cafarnaún. Llama la atención el uso del término “todo” en Mc: “todos los enfermos”, “toda la ciudad”, “todos te buscan”, “todo Cafarnaún”… “Todos” ven en Jesús la respuesta a sus necesidades y deseos. Aparece, también, en el texto, el “secreto mesiánico”, la imposición del silencio a los demonios y, más tarde, a los curados y a los discípulos. El motivo de ese silencio es evitar una comprensión equivocada de sus signos y de su mesianismo, que no es de poder sociopolítico sino de servicio y amor hasta el extremo...

3. La oración de Jesús, de madrugada (vv.35-39): Mc habla de la oración de Jesús en tres ocasiones: tras el episodio de los panes (6,46), en Getsemaní (14,32) y en este pasaje. Pero la presentación de esta jornada-tipo en Cafarnaún nos lleva a pensar que la oración era una práctica habitual de Jesús. Entonces Simón y sus compañeros lo buscan (literalmente, “lo persiguen”) y le recriminan, con un tono irritado, que no esté disponible a las expectativas entusiastas de la gente: “todos te buscan”. Pero Jesús se mantiene libre y fiel a su misión: ir a todos, anunciando la Buena Noticia y liberando del mal. Él no es como los rabinos judíos, ligado a una sede fija, sino un predicador itinerante al estilo de los antiguos profetas.

CUANDO MEDITES

- Haz memoria agradecida de las experiencias de sanación-resurrección que has vivido o has visto en otros. El Señor “sana todas tus enfermedades, rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura…”.
- Medita cómo Jesús puede ser la esperanza de la humanidad, cómo puede transformarnos en un pueblo liberado que sirve y libera a otros de los demonios del egoísmo, la violencia, el ansia de poder y de tener, la desigualdad, la injusticia…
- En Marcos, todos buscan a Jesús, todos se agolpan a su puerta, todos le quieren tocar, todos le siguen de un lugar a otro… ¿Qué buscas tú? ¿Cómo buscas a Jesús? ¿Cómo es tu deseo y hacia dónde se inclina?

- Jesús orante:

“Jesús es un ser horadado. Hay un hueco constitutivo en él, un espacio abierto que le impulsa a orar. Su vida y su persona son inimaginables sin oración. Todo su ser era oración, referencia a ese Otro de sí en quien se abismaba: ‘El Hijo no hace nada por sí mismo, como no lo vea hacer al Padre; todo lo que hace el Padre lo hace el Hijo’ (Jn 5,19).
Para ello tenía que cuidar tiempos diarios en los que abismarse en ese Otro de sí al que se entregaba en adoración al amanecer, para continuar haciéndolo en el resto de las situaciones de la jornada.
“Muy de madrugada”, dice el texto. Antes de que todo comience, para que, cuando suceda, pueda ser visto desde ese horizonte. De este modo, en lugar de un comportamiento activo-reactivo que condena a la repetición, se podrá dar lo nuevo. Lo nuevo es lo que adviene, no como resultado de una reacción, sino como fruto de una creación. Orar da la posibilidad de co-crear: “Todo lo que hace el Padre lo hace el Hijo’.
Por ello, Jesús se levantaba muy de madrugada: para nutrirse de la Fuente que manaba en lo hondo de su persona, lo cual le permitía percibir, durante la jornada, manantiales de la misma Fuente por doquier.
“Maestro, enséñanos a orar”, le pedirán en su momento, los discípulos (Lc 11,1).
- ¿Cómo oras para que tu ser se transforme cuando entras en contacto con la Raíz que te origina? ¿Por qué a nosotros no nos sucede? ¿Qué le falta a nuestra oración?
Y el Maestro, más que palabras, les enseñó la actitud: no hablar mucho, sino recogerse en la profundidad del corazón, allá donde la Fuente está esperando a darse”.

(Javier Melloni, El Cristo interior, Herder 2010, 37-41)

CUANDO ORES

- Dale gracias a Jesús por la vida que genera con su vida y su presencia: la sanación, la transformación de la realidad, de las personas y de las relaciones…; dale gracias por la ilusión, la esperanza y la alegría que suscita...; dale gracias por la liberación y las vidas resucitadas que “levanta”…; dale gracias por revelarnos lo que somos y lo que estamos llamados a ser en Él, en el Padre y en el Espíritu…
- Jesús entra hoy a tu casa… Háblale de ti, de todo lo tuyo y especialmente de tus “fiebres”, “ataduras” y “demonios”… Descarga sobre él todas tus preocupaciones, porque Él se interesa por ti… Deja que se acerque a ti, te tome de la mano y te ponga en pie… Deja que te saque de tu inmovilidad y haga de ti un hijo/a y siervo/a del Padre y de su Reino… Deja que te transforme en lo que Él mismo es, en lo mejor de ti mismo/a…

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Bibliografía:
Enrique Martínez Lozano, Sabiduría para despertar. Una lectura transpersonal del evangelio de Marcos, DDB 2011
Joachim Gnilka, El evangelio según san Marcos, vol. I, Sígueme 1996
Mercedes Navarro Puerto, Marcos, Verbo Divino 2006
Secundino Castro, El sorprendente Jesús de Marcos, Comillas-DDB 2007
Javier Melloni, El Cristo interior, Herder 2010

(Autora: Mª Concepción López, pddm, equipo de lectio divina de la U.P. Comillas)

jueves, 27 de octubre de 2011

Enseñaba con autoridad y no como los escribas

Lectio divina de Marcos 1, 21-28


21 Se dirigieron a Cafarnaún y, cuando llegó el sábado, Jesús entró en la Sinagoga y se puso a enseñar. 22 Todos quedaban impresionados por sus enseñanzas, porque los enseñaba como quien tiene autoridad y no como los maestros de la ley. 23 Estaba allí, en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que gritaba: 24 «¡Jesús de Nazaret, déjanos en paz! ¿Has venido a destruirnos? ¡Te conozco bien: tú eres el Santo de Dios!» 25 Jesús lo increpó, diciéndole: «¡Cállate y sal de él!» 26 El espíritu impuro, sacudiéndolo violentamente y dando un gran alarido, salió de él. 27 Todos quedaron asombrados hasta el punto de preguntarse unos a otros: «¿Qué está pasando aquí? Es una nueva enseñanza, llena de autoridad. Además, este hombre da órdenes a los espíritus impuros, y le obedecen.» 28 Y muy pronto se extendió la fama de Jesús por todas partes en la región entera de Galilea.

CUANDO LEAS (1)

Nos encontramos con la primera actuación milagrosa de Jesús en el evangelio de Marcos. En ella, el gran protagonista es Jesús, pues sus discípulos, que están presentes, únicamente le acompañan.

Cafarnaún era la ciudad judía más importante de Galilea; ciudad de residencia de Pedro, se convertirá en cierto modo en "centro de operaciones" de Jesús y sus discípulos. En esta ciudad, Jesús entró en la sinagoga que era el lugar en el que se exponía y se daba a conocer la Ley, un sábado. El sábado era, para todo judío piadoso, el día consagrado al Señor y el día de descanso; en ese día además estaba dedicado a escuchar la Palabra de Dios y la oración, actos que se realizaban en la sinagoga. Se leía un pasaje de la Torá (el Pentateuco) o de los Profetas. Después, un maestro de la ley explicaba dicho pasaje, aunque existía una costumbre, que era la de invitar a realizar esta explicación a alguien que estuviera de paso, y fuese considerado capaz de ello. En este día el invitado es Jesús.

En la sinagoga se encuentra un endemoniado, un hombre poseído por un espíritu inmundo, opuesto al Espíritu que ha poseído a Jesús en el bautismo. El espíritu inmundo, paradójicamente, habla en singular y en plural. Habla en plural asumiendo la enseñanza de los escribas. Y además en singular porque no ha tenido problemas con la doctrina de la sinagoga, lo cual es como decir que la sinagoga está poseída por un espíritu inmundo. Por lo tanto, la primera acción de Jesús es purificar la sinagoga. Jesús va a entroncar con lo más puro del A.T., pero para darle su justo cumplimiento. Las enseñanzas sinagogales, en muchos caso,s estaban plagadas de autoridades, de maestros en la ley y de tradiciones que eclipsaban la frescura del texto bíblico. La ley se había ido ocultando en las mil y una interpretaciones de los maestros del rabinismo. Los escribas ayudaban a entender el pasado, intentando mantener despierta la espera. Jesús lee el Antiguo Testamento y lo declara cumplido. Marcos no nos dice qué enseñó, en aquel momento, Jesús; sólo nos refiere la admiración de los oyentes.

Detengámonos ahora, por un momento, en las palabras usadas por el endemoniado en el diálogo con Jesús. Al llamarlo Nazareno, identifica al Mesías con la expectación que de él tenía la sinagoga, comprendida desde una dimensión totalmente mundana: aquel que sometería a las naciones a Israel. Relacionarle con la cruz es totalmente incompatible con la visión que ellos tenían. No se nos dice qué predica Jesús, simplemente que la gente se queda estupefacta. Pero de este hecho podemos deducir que a quien el endemoniado confiesa Mesías, no respondía a sus expectativas.

De ahí su extrañeza: "¿Has venido a destruirnos?" Jesús aparece como Señor (en sentido pascual. Cf. Flp 2,6-11) por su enseñanza, por el miedo que infunde al espíritu impuro y por la autoridad con que manda: "Cállate y sal de él". Cállate es el mismo verbo que usa la antigua Biblia griega cuando habla dios, que vence la furia del mar (2Sam 22,14), calla a los soberbios (Sal 119,21) y al mismo Satanás (Zac 3,2). Jesús no necesita recurrir a exorcismos complicados, es suficiente su palabra y el demonio escapa: "Salió de él". El Reino está presente. Aunque todo queda en asombro y miedo ante la gran autoridad de Jesús: "Una nueva enseñanza, llena de autoridad. Da órdenes a los espíritus inmundos y le obedecen." Pero hay algo positivo: Su fama se extendió por la región entera de Galilea.

CUANDO MEDITES
- Jesús vive la vida cotidiana de su pueblo y la de un judío piadoso, yendo a la sinagoga para santificar el sábado. ¿Cómo cumplo yo con mis obligaciones religiosas y sociales según mi estado?
- ¿Soy capaz de reconocer al Jesús en su paso por mi vida cotidiana? ¿Estoy atento a su Palabra y dispuesto a reconocerle como el «Mesías» o Señor de mi vida?
- ¿Estoy dispuesto a dejarme purificar por Jesús y, por tanto, a cambiar de vida?
- Ahora sólo me queda anunciar las maravillas que Jesús ha realizado en mi vida allí donde me encuentre.

CUANDO ORES

Enséñame tu camino, Señor,
y andaré en tu luz,
dame un corazón entregado a ti para honrarte, oh Dios.
Purifícame, límpiame, Señor,
y líbrame de lo que impida el fluir.
Purifícame, límpiame, Señor,
y líbrame de lo que impida el fluir de tu amor.

Enséñame tu camino, Señor,
y andaré en tu luz,
dame un corazón entregado a ti para honrarte, oh Dios.

Purifícame, límpiame, Señor,
y líbrame de lo que impida el fluir,
Purifícame, límpiame, Señor,
y líbrame de lo que impida el fluir de tu amor.
Es tu amor el que yo deseo en mi vida, Señor Jesús.

Purifícame, límpiame, Señor,
y líbrame de lo que impida el fluir, mi Dios,
Purifícame, límpiame, Señor,
y líbrame de lo que impida el fluir de tu amor.

Marcos Witt
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(1) Cf. Secundino Castro Sánchez, El sorprendente Jesús de Marcos. El evangelio de Marcos por dentro, Universidad Pontificia Comillas – Desclée De Brouwer, 2007, págs. 66-69. Mario Galizzi, Evangelio según Marcos. Comentario exegético-espiritual, San Pablo, Madrid 2007, págs. 34-38.


(Autor: José Ignacio Pedregosa, ssp, equipo de lectio divina de la U.P. Comillas)

miércoles, 26 de octubre de 2011

Ciclo de conferencias: Biblia y mundo de hoy

Los jueves, en Comillas, son bíblicos. Tres jueves al mes se ora juntos con el método de la lectio divina, guiada por un miembro del equipo animador. Este año formamos ese equipo: Carmen Yebra (laica y profesora de Comillas), Azucena Fernández (religiosa del Santo Ángel), José Ignacio Pedregosa (religioso paulino), Pedro Barrado (laico, licenciado en teología bíblica), Gemma Villalonga (laica, estudiante de teología), Trinidad Brunet (laica y especialista en biblia), Pedro Juan (¿?), Fernando Gálligo (jesuita, encargado de la pastoral universitaria) y yo.
Un jueves al mes está dedicado a un ciclo de conferencias bíblicas impartidas por profesores de la univerdad.
Lugar: Aula Magna de la Universidad Pontifica Comillas; Alberto Aguilera, 25.
Hora: 20:00 horas.


A continuación informo de las fechas, los ponentes y las ponencias. Suelen ser conferencias muy concentradas, amenas, claras e interesantes. Recomiendo asistencia (sobre todo a quienes vivís cerca...).


Octubre, jueves 20: José Ramón Busto, La sabiduría de la cruz.
Noviembre, jueves 17: Secundino Castro, El Antiguo Testamento, la luz hacia la luz.
Diciembre, jueves 15: Francisco Ramírez, El bautismo de Juan y el bautismo cristiano.
Enero, jueves 19: Marta García, La dialéctica sufrimiento-consolación en los relatos de Job babilonios y bíblico.
Febrero, jueves 16: Pedro Zamora, Una vida sencilla: la tradición sapiencial de Jesús.
Marzo, jueves 15: Elisa Estévez, Los primeros creyentes en Cristo: una inserción paradójica en la historia.
Abril, jueves 19: Enrique Sanz, El decálogo, ¿imposiciones y prohiciones o espacio de libertad?

martes, 25 de octubre de 2011

Orar en un mundo roto

Benjamín González Buelta es un jesuita poeta y místico (dicen algunos), y profundamente enraizado en la vida de la gente pobre de América latina. Hace tiempo, uno de los grupos de Biblia me regaló un libro suyo: El rostro femenino del Reino. Orar con Jesús y las mujeres. Se trata de un libro de poemas en torno a las historias de las mujeres del evangelio y sus encuentros con Jesús.
Pero tengo en mi pequeña biblioteca otro libro de Benjamín iluminador y sugerente para quienes buscamos a Dios en el corazón de la realidad. Se trata del libro Orar en un mundo roto. Tiempo de transfiguración. No es un libro reciente, pero sigue siendo tan actual como cuando se escribió, hace casi diez años. Me gusta mucho la presentación que de él hace el jesuita José María Fernández-Martos. Como dudo que yo pudiera hacer otra mejor, la traigo aquí, con la duda de si quebranto o no derechos de autor. El caso es que son sólo tres paginitas del libro que os invito a leer con la certeza de que encontraréis en él grandes tesoros...
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Cuando Benjamín González Buelta concibe un libro -como sucede con las embarazadas-, se va percibiendo su crecimiento y su inevitabilidad. Puede ser que los gajes del oficio y los muchos “síes” irremediablemente dados a los muchos que llaman a su puerta y que cumplen y fragmentan su tiempo, retrasen el parto. Pero no hay que temer: ligeramente retrasada para los que la esperamos, la criatura nacerá. Empiezo por decir de qué va la nueva criatura y luego os contaré cómo fue el parto.

Lo que Benjamín quiere compartir en este libro es muy sencillo. Una gran pena y una más grande alegría, y ambas entrelazadas en torno a su regalada cercanía al rostro de Dios, su Cristo. Pena, y mucha, porque por tantas partes ve cuán irrelevante se va haciendo para tantos quien para él es “lámpara para sus pasos” y “colina hermosa” y “Reino y cifra de todo lo que existe”. Y alegría, y más, porque su fe y su esperanza le dicen que aun esos despistados que se alejan están misteriosamente trabados -más allá de sus petulancias y golpetazos de guiñol- a una historia que él gusta como salvadora para todos: “Hebra de gracia que atraviesa la creación recomponiendo su ruptura”. Benjamín quiere compartir con nosotros lo que él ha ido descubriendo desde su pequeña atalaya; andamos distraídos, y eso le apena. “Dale limosna, mujer, porque no hay pena mayor que la de ser ciego en Granada”, cantaría Icaza. Se me clavó dolorosamente en la memoria aquella niña ciega que vendía chucherías junto a la belleza sobre-cogedora del bellísimo lago Atitlán en Guatemala. ¡Tanta ceguera para tanta belleza...! Benjamín nos quiere contar a Dios a todos y se acerca a nosotros como Jesús al endemoniado de Gerasa, espantando nuestros demonios y recordándonos nuestra consoladora condición de entrañables para Dios... Por eso los libros de Benjamín no riñen; consuelan y emplazan.

He tenido la suerte de poder alojar a Benjamín en mi casa, durante unos meses, en dos de sus partos: Bajar al encuentro de Dios y, ahora, Orar en un mundo roto. Tiempo de transfiguración. Es divertido vivir con él en su pro¬ceso de gestación y escritura.

En una primera fase, se saca de los adentros de su más personal experiencia lo que es más fuerte que él y que le empuja y pide salir a la luz. Escribe, en esos días primeros, como cuando, al abrir un pozo, los manantiales van regalándonos su agua. Se le pasan las horas, sin apenas advertirlo. Tras sentadas largas y febriles, sale de su cuarto sonriente y como descansado. Él mismo se sorprende de algunas de las cosas que llevaba dentro y a las que no había tenido tiempo de nombrar. En esta fase, lo alumbra. Esos primeros textos no acogen la cita de ningún otro autor, ni siquiera de la Sagrada Escritura, aunque toda ella esté presente en cada palabra. Escribe transcribiendo lo que va leyendo en los pliegues de su espíritu de obrero del Reino. Su aparentemente desparramado tiempo de antes va confluyendo, como los arroyuelos que descienden de los neveros, para irse encontrando en un cauce único, sereno y fecundo. Este primer texto te da el guión completo de lo que tiene que decir, pero todavía anda el futuro libro sobrecargado de una parte y abreviado de otra; también los niños nacen con una cabeza desproporcionada.

En una segunda fase, más serena y pausada, da un paso atrás y mira en perspectiva lo ya escrito -quizá con la ayuda de amigos- y empieza a desplegar y añadir contrastes. En una palabra, lo adensa y profundiza con las lindes culturales y sociales de su experiencia personal. En este tiempo acude a la oración y a la poesía, suya o de otros autores. Alguna parte tratada antes escuetamente cobra ahora más cuerpo, tras conversaciones y miradas -Benjamín es un visual empedernido- a Dios y con las gentes. Se le vienen a la cabeza y al corazón gentes que necesitarían una palabra suya para reencontrar el camino, otras a las que nadie escucha porque desfilan anónimas y con las espaldas cargadas por las cuestas innombrables de los barrios con nombres hirientes como profetas. A todas les quiere decir algo. Porque hay que decir que los libros de Benjamín son más cercanos al género epistolar que al literario o académico. Benjamín nos escribe una carta a los que de alguna manera hemos tenido la suerte de merodear su amistad. Sus paseos, a la brisa de Dios, le sugieren una palabra para los jóvenes de hoy tironeados por caballos que marchan en direcciones opuestas: ser rabiosamente del mundo tal cual es hoy, y ser enteramente de Dios. Benjamín les formula en dos líneas la imposibilidad de algunas costuras y la necesidad de odres nuevos para el vino nuevo. Todos -más los pobres- somos protagonistas en los libros de Benjamín. Mucho quiere decir a todos los que se conforman con un Dios menor y ascético.

Cuando llega la tercera fase, el libro está completo, pero no está guapo y peinado. Benjamín, pantalones y camisa de brocha gorda, tiene alma de artista, y por eso recoge a su criatura inacabada todavía y la va salpicando de citas al hilo, de metáforas casi imperceptibles, de lugares imprescindibles de la Escritura, de percepciones literarias, académicas o poéticas contemporáneas. En una palabra, Benjamín musicaliza su mensaje, y su prosa se avecina a la poesía. Para cada uno de los párrafos importantes del libro acuden poesías que escribió sin pensar en publicarlas. Le hace gracia que caigan también precisamente ahí, olvidando que el que las ha ido escribiendo dentro de él es el mismo que ahora se las muestra acudiendo puntuales y luminosas a la amplia y porticada Plaza Mayor, después de largos caminos por callejones retorcidos, dolorosos y empinados.

En la cuarta fase, se entra en una colaboración -como decía Ortega y Gasset- entre el que lee y el que es leído. Todo lector está siempre invitado a ello, pero en este libro más todavía. Porque Benjamín ha escrito un libro para buscadores de Dios, para aquellos y aquellas que se sienten empujados a saborear más y más su misterio, para los que giran y giran en torno a su proyecto, no para saberlo mejor, sino para dejarlo escribirse en el lienzo pequeño de sus vidas. Mucho de lo que puede aparecer como sabiduría o experiencia de Benjamín, ha sido antes recogido de otras personas que en sus muchas conversaciones, como Maestro, Espiritual, guía y Provincial, le confiaron sus caminos y encrucijadas. Otra forma de plagio.

Ahora ya está acabado el libro, al que incluyo entre los “minúsculos imprescindibles”. Diré por qué. Hay libros que se mueven eruditos y espléndidos por los “paisajes” (land-scape) de lo externo, visible y social, y hay otros, intimistas, devotos, poéticos o autobiográficos, que nos describen "paisajes interiores" de experiencias y personas (in-scape). El de Benjamín, no es ni lo uno ni lo otro, sino los dos paisajes a la vez y mutuamente exigidos. Gestado en los callejones de los Guandules, de Guachupita o los caminos de Gurabo, en sus encuentros con las gentes que buscan a Dios o con las que se distraen de él, en sus paseos por la naturaleza, en las fronteras sangrantes de Haití, en sus soledades acompañadas por su maestro, es todo intimidad y todo exterioridad; todo historia y todo vena y pulso personal. Su maestro Ignacio le fue enseñando a ser contemplativo en la acción. Así, toda la realidad se le convirtió en templo. Benjamín, al invitarnos a cada uno a subir al monte de la Transfiguración, sueña con que bajemos con su Maestro a las calles, más rutinarias y en cifra, de la cruz de lo cotidiano. Altura y bajeza del Señor que nos presenta. Él piensa que ha escrito un libro discreto en el que su pudorosa alma castellana quedaba en la penumbra; y, sin embargo, con Hopkins, nos ha regalado lo suyo que le posee:

“Éste es mi sitio, mi jardín de recreo;
para mí y para todos aquí es mi intimidad
toda mía y, sin embargo, abierta a todo observador”.

Abierta y regalada. Lee y medita este libro menudo y bueno. Déjale que “despliegue su energía en ti” (1 Tes 2,13)

José María Fernández-Martos, sj
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Noche avanzada
No alargo mis manos desnudas
para que consueles con monedas
mi indigencia,
ni en medio de la noche ciega
busco a tientas un apoyo,
ni palpo las paredes
para orientar mis pasos inseguros,
ni sumerjo en la oscuridad mis dedos
para santiguarme con certezas,
ni busco en la tiniebla un botón
que encienda luces, pantallas y presencias,
ni pretendo que me des tu mano
para que me alces ya
al otro lado de la orilla.

Yo sólo extiendo mis manos
urgidas desde dentro de infinito,
porque después de tantas firmas y saludos,
páginas, flores y fatigas,
se alargan más allá de todo
y más allá de mi estatura.
Todo lo encontrado
Se ha hecho en mí
una fuerza incontenible
de búsqueda absoluta
en el reposo sereno de mi espera.

(Benjamín González Buelta)

sábado, 22 de octubre de 2011

De silencios y palabras

Muchas veces siento que necesito una "larga cura de silencio". Las palabras a menudo llenan mi cabeza. Borbotan en mis oídos como agua en ebullición. Los pensamientos y los episodios que se suceden atropellándose y colmando mis horas son una especie de contaminación acústica interior. Hace unos días hacía unas fotocopias con cierta celeridad (como suelo hacer casi todo), cuando la máquina se detuvo y se negó a proseguir: "memoria llena". Lo mismo le pasa a mi pc cuando tengo una docena de ventanas abiertas y tres o cuatro programas funcionando a la vez: no responde, "memoria insuficiente".
En las últimas semanas me está pasando lo mismo. Mi pc interno no responde. Memoria saturada. Indudablemente, necesito una pausa. Necesito cerrar ventanas y focalizar mi atención en pocas cosas, o quizá en una sola. Necesito silencio.
Siempre se cuenta en nuestra congregación, como parte de la memoria de nuestro alumbramiento, que cuando el fundador eligió a dos, de entre las muchas mujeres que habían abrazado la vocación paulina, para ser discípulas del Divino Maestro, éstas preguntaron: "Y nosotras, ¿qué debemos hacer?" Entonces Santiago respondió: "Vosotras haréis silencio, silencio, silencio". A medida que pasan los años advierto cada vez más el valor de este "encargo".
El silencio es la única puerta de acceso al ser esencial.
El silencio es el camino a la re-ordenación, a la re-integración, al re-nacimiento.
El silencio es la antesala del encuentro con Dios, o quizá su único espacio posible.
El silencio es la urdimbre donde se tejen con cuidado las palabras creadoras de lo mejor que podemos ser.

Y paso del silencio a las palabras. Diariamente "hacemos cosas con palabras". Podemos acariciar o desgarrar, herir o curar, condenar o justificar, decir mentiras o decir verdades... Gloria Fuertes lo expresa de un modo que me gusta: "Cómo te quema el pelo la gente que te grita". 
Tanto nuestras palabras como nuestros silencios "hacen cosas". Hay silencios que matan. Negar la palabra, la mirada o el saludo a una persona es como negar su vida. La quito de en medio. La ignoro como si no existiera. Hago que no exista. También hay palabras que matan. La murmuración y la infamia son modos muy sutiles de causar un daño irreparable. Por eso, la sabiduría bíblica dedica muchos proverbios al uso compasivo y sabio de las palabras:

"Quien habla sin tino hiere como espada, 
mas la lengua de los sabios cura" (Prov 12,18)
"Quien contiene sus labios es sensato" (10,19)
"Quien vigila su boca guarda su vida...
El justo odia la palabra mentirosa,
pero el malo infama y deshonra" (13,3.5)

"Una respuesta suave calma el furor,
una palabra hiriente aumenta la ira" (15,1)
"Palabras suaves son panal de miel,
dulces al alma, saludables para el cuerpo" (16,24)

"El golpe del látigo produce cardenales,
el golpe de la lengua quebranta los huesos...
A tus palabras pon balanza y peso,
a tu boca pon puerta y cerrojo" (Eclo 28,17.25)

Hoy necesito silencio para vaciarme y para aquilatar una palabra que merezca la pena ser pronunciada.

viernes, 14 de octubre de 2011

Gente corriente, buena gente

No hacen falta acontecimientos extraordinarios para hacer que un día te parezca especial. Aunque sí. Lo que alguien, anónimo hasta ahora para mí, ha hecho conmigo ha sido extraordinario.
Diez y media de la mañana en el campus de la universidad. Camino apresuradamente (como casi siempre) de la librería hacia la biblioteca, cargada (como siempre también) con numerosos bártulos sobre los hombros, bajo el brazo y en las manos... Sólo me falta aprender el arte de cargar un cesto sobre la cabeza en perfecto equilibrio para llevar conmigo los utensilios que siempre considero "imprescindibles".
No es de extrañar que, entre las prisas y las cargas, me pasara desapercibido el mínimo escalón del acceso al nuevo edificio, tropezara y cayera de bruces. En el "aterrizaje", carpetas por el suelo, gafas en medio de la cara, restregón de rodillas y yo, sin poder desembarazarme de los cachivaches para ponerme en pie. Y, como siempre en estos casos, las carreras de los espectadores para auxiliarte, y las palabras consoladoras: "Ya decíamos nosotros que aquí se caería más de uno..."
En fin, sacudo mi falda, doy gracias con una sonrisa aturdida y me dirijo, dolorida, hacia la biblioteca, con aspecto de haber sido arroyada por el AVE.
Me siento. Me duele mucho la rodilla, pero no quiero ni mirarla. Sólo que, a los pocos minutos, siento que la falda se me pega a la piel y que la sangre se desliza pierna abajo. Discretamente me miro. ¡Necesito un botiquín!
Así es que me dirijo a preguntarle al bibliotecario, al que conozco sólo de vista desde hace años.
-Antes había un botiquín por aquí, pero ahora, con las obras, no tengo ni idea.-me dice-. Aunque yo tengo algunas cosas que nos pueden servir.
Me hace entrar hacia el depósito de libros y me hace sentar en una silla. Entonces saca agua oxigenada y unas gasas de su pequeño botiquín particular. Yo quiero llevarme todo el instrumental médico al aseo y curarme yo misma, pero él insiste y se convierte en mi enfermero improvisado. Lentitud, delicadeza, cuidado... Casi diría que, ternura.
Y yo me dejo hacer, porque estoy sorprendida de esa espontánea bondad y esa candidez. Soy religiosa. Se ve a la legua. En general, eso provoca una especie de respeto y distanciamiento añadido... Pero a él no le importa en absoluto. No se corta lo más mínimo y me trata como a una amiga de toda la vida. Y me cuenta sus "accidentes" de trabajo en la universidad mientras me venda con maña la herida y se queda limpiando el agua oxigenada vertida por el suelo y recogiendo las gasas manchadas de betadine.
Sí, hoy me he visto sorprendida por el gesto y por el modo de este hombre, hasta ahora extraño para mí. Ahora sé su nombre.
Y de nuevo vuelvo a experimentar, con gratitud, que la bondad puede alcanzarme cuando menos me lo espero a través de gente corriente en la que, habitualmente, ni me fijo. Samaritanos anónimos que diariamente me pasan desapercibidos.


Mosaico: Jesús, samaritano (Marco Rupnik)

miércoles, 12 de octubre de 2011

Ser discípulo

Lectio divina de Marcos 1,14-20

(14) Después de que arrestaran a Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios (15) y diciendo: se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio. (16) Y pasando junto al mar de Galilea vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón que estaban echando la red en el mar, porque eran pescadores.(17) Y les dijo Jesús: Venid detrás de mí y haré de vosotros pescadores de hombres. (18) Y en seguida dejando las redes le siguieron. (19) Y un poco más adelante vio a Santiago el del Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca reparando las redes (20) y en seguida los llamó. Y dejando a su padre Zebedeo en la barca, con los jornaleros, se fueron detrás de él.

CUANDO LEAS

En este breve texto de Marcos tenemos dos partes bien diferenciadas:
a) Mc 1,14-15: Transición entre Juan Bautista y Jesús.
b) Mc 1,16-20: Llamada a los primeros discípulos.

De Juan Bautista a Jesús:
Los dos primeros versos son un puente entre Juan Bautista y Jesús. Juan Bautista fue arrestado y lo matarán. El destino de Juan Bautista aparece en la sombra y será el destino que compartirá también Jesús. No sabemos si el hecho de que arrestaran a Juan influyó en la decisión de Jesús de comenzar su misión, el caso es que lo encontramos predicando en Galilea.
En su predicación aparece sintetizado todo el Evangelio. Con Jesús el tiempo de espera del Mesías, anunciado por los profetas, ha llegado a su fin. Con Jesús el Reino de Dios comienza y llega hasta nosotros. Nuestra respuesta aparece resumida en dos verbos: convertirse y creer en el Evangelio.
Este proceso de conversión, de cambio de mentalidad y corazón al que nos invita Jesús lo tendrá que ir haciendo cada lector a medida que pasa las páginas del Evangelio de Marcos. Será el conocimiento cada vez más profundo de Jesús, viendo lo que dice y hace, lo que hará posible esa conversión. Será un camino que tendremos que recorrer todos los discípulos de Jesús. Aquí simplemente se enuncia.

Llamada a los discípulos:
Los versos que siguen nos relatan la llamada de Jesús a los cuatro primeros discípulos. Es Jesús quien toma la iniciativa de buscar discípulos, en vez de ser los discípulos los que buscan al maestro, como solía ocurrir en la época. Jesús, al igual que Dios en el A.T, es quien llama y propone una misión. No son los discípulos los que quieren y se lo proponen, sino los que son queridos e invitados por Jesús.
Jesús es el protagonista y el único que habla. El poder de la mirada de Jesús es lo que atrae a los discípulos que, sin mediar palabra, le siguen rápidamente.
Jesús no les hace una propuesta, en condicional, y les dice: si quieres… sino que usa un imperativo: “Venid”. Expresa la fuerza y autoridad de su llamada, que sólo Dios tiene.
El seguimiento de Jesús aparece expresado con “Seguir detrás de” y será el mismo Jesús quien, cuando llame la atención a Pedro en Galilea, le diga: “Ponte detrás de mí”. Al final del texto de hoy se dice que fueron detrás de él. Esta es la posición correcta en el seguimiento: detrás de Jesús y no delante de Jesús. Después de la resurrección el ángel dice a las mujeres: “Id y decidle a los discípulos y a Pedro: Va delante de vosotros a Galilea” (Mc 16,7). Está claro: Jesús delante y el discípulo detrás.
Jesús cuando llama no presenta un programa de vida sino que es su persona y la comunión con Él la base del seguimiento, “venid detrás de Mí”. En primer plano está la relación con Jesús, no el ser pescadores de hombres, y desde ahí, comienza el seguimiento.
El paso de pescadores de peces a pescadores de hombres es una metáfora usada también por los filósofos y es un ascenso de categoría. Sin embargo, aún tendrá el evangelista Marcos que desarrollar lo que significa este paso en la dinámica del Reino de Dios.
Los discípulos dejan las redes en el caso de Simón y Andrés, y el negocio familiar (redes, barca y jornaleros) en el caso de Santiago y Juan. Se van sin posesiones ni herencias y más adelante preguntarán a Jesús: “Nosotros que lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué?...” Recibirá el ciento por uno, les dice Jesús (Mc 10,28-30) y es que el hecho de que el Reino de Dios haya llegado con Jesús cambia la relación con las cosas. Con Jesús todo comienza de nuevo, como en el Génesis.
La llamada de Jesús les invita a comenzar una nueva vida y un nuevo estilo de fraternidad. Aunque son hermanos de dos en dos, Jesús les irá descubriendo el nuevo estilo de relación que se ha de dar entre ellos: el que quiera ser el primero que sea el último. Los discípulos se convertirán en comunidad y en Iglesia. En este texto dejan a su padre Zebedeo y con Jesús se creará una nueva familia. Jesús les dirá: éstos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.

CUANDO MEDITES

- Galilea es el lugar dónde Jesús fue bautizado, donde comienza su vida pública y, después de la resurrección, dónde le encontrarán sus discípulos. Podemos decir que todo comenzó en Galilea. ¿Dónde comenzó mi relación con Jesús?, ¿a qué lugares está asociado mi ser cristiano?
- Jesús nos llama a la fe y a la conversión como respuesta a la llegada del Reino: ¿cómo ha de cambiar mi mentalidad?, ¿a qué conversión me llama Jesús hoy?
- Jesús llama al seguimiento cada día, según en el momento en el que estoy: ¿qué llamadas me hace hoy Jesús?, ¿cómo puedo crecer en mi ser discípulo?

CUANDO ORES

- Agradece la llamada que Dios te hace, a través de Jesús, a ser su discípulo. Agradece las llamadas de cada día a seguirle.
- Recuerda tu vocación con sus momentos gozosos y sus momentos dolorosos. Ponlo todo en las manos misericordiosas de Dios.
- Pide fuerza para seguir detrás de Jesús en el camino del discipulado. Pídele lo que necesites en este tramo del camino.

SER DISCÍPULO
Podría seguir así, tirando más o menos como hasta ahora: manteniendo el equilibrio prudentemente, justificando mis opciones dignas, diciendo “sí” cuando todo es a medias…

Pero también puedo ser… discípulo.

Quiero ser dueño de mi vida, no renunciar a mi libertad, gozar de tantas cosas buenas, entregarme a los míos, y tener esa serena paz del deber bien cumplido…
Pero también puedo ser… discípulo.

Puedo cargar con mi cruz, quizá con la tuya. También, complicarme la vida y complicársela a otros con osadía, hablar de la buena noticia y soñar nuevas utopías…
Pero también puedo ser… discípulo.

Anhelo hacer proyectos, proyectos vivos y sólidos para un futuro solidario; deseo ser eficaz, acertar, dar en el clavo y ayudar…
Pero también puedo ser… discípulo.

Soy capaz de pararme y deliberar, escuchar, contrastar y discernir; a veces, me refugio en lo sensato, otras, lanzo campanas al vuelo y parece que rompo moldes y modelos…
Pero también puedo ser… discípulo.

No siempre acabo lo que emprendo; otras arriesgo y no acierto, o me detengo haciendo juegos de equilibrio; me gusta apuntarme a todo y dejar las puertas abiertas, por si acaso. Me asusta tu oferta…
Pero también puedo ser… discípulo.
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Sigo principalmente a M. NAVARRO PUERTO, Marcos Guías de Lectura del Nuevo Testamento. Estella (Navarra) 2006. 54-55, 64-71.
Autora: Azucena Fernández, equipo de lectio divina de la U.P. Comillas)

martes, 11 de octubre de 2011

¿Hacemos las paces?

Termina un día largo y cansado, y quiero regalaros, y regalarme de nuevo, este hermoso escrito de mi hermana. Es un don, y una delicia, narrar la vida como acariciándola con palabras tan audaces y tan auténticas. Incluso si lo que se narra son sólo sucedáneos.
 

Esa era una frase muy común en la infancia, en mi infancia: ¿Hacemos las paces? Y hacer las paces significaba que el enfado se olvidaba, que esa soledad que conllevaba la enemistad pasajera y esa pequeña marea interior de desamparo por la pérdida de la amistad, de la complicidad y del dañado afecto, desaparecía ipso facto con solo asentir con la cabeza. Que todo tenía arreglo con ese humilde gesto afirmativo que admitía el deseo de paz; que había un borrón y cuenta nueva; que ya había de nuevo motivos para reír y jugar; que el mundo se había vuelto a recomponer. Y, ciertamente, recuerdo una agradable sensación de paz cuando hacíamos las paces, cuando a través de la persona que te importaba, y a la que demandabas esa alianza de paz, te reconciliabas de alguna manera con el mundo.

No estoy segura de si, con los años, se aprende a convivir en paz con el mundo, creo que más bien se trata de indiferencia, deliberada indolencia. Lo cierto es que, a pesar de que el mundo parece librar una batalla contra los seres que lo habitan, mis cuentas particulares están saldadas, y que con quien únicamente tengo necesidad de hacer las paces es conmigo misma. No traigo más luchas, me basta con ésa. Creo que llevo media vida (año arriba, año abajo) pidiéndome de vez en cuando hacer las paces.

El espíritu de superviviencia me ha llevado a encontrar muchos sucedáneos de paz: la escritura, escuchar música, la lectura, un paseo vespertino descalza por una playa, el deporte... Mantengo una alianza permanente con todos ellos; son el otro lado de la balanza. Pero hay dos cosas que me reconcilian especialmente con la vida: Mis hijas cuando duermen y la voz de mi hermana unida a la mía en una canción, esta última es una auténtica tabla de salvación... Es aquel gesto afirmativo que me devolvía la paz cuando era niña.

domingo, 9 de octubre de 2011

"La vida sólo es hermosa cuando está llena de amor"

En mayo, Lidia, ahora novicia discípula del Divino Maestro en Roma, escribió su testimonio vocacional para la revista Cooperador Paulino (de la Familia Paulina). Hoy lo traigo aquí porque es auténtico, intenso y hermoso. Nosotras caminamos porque Él nos ama y nos llamó primero. Ésta es la historia de una de esas llamadas.
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Hace unas semanas, mientras estaba en el via crucis de Via della Conciliazione en Roma, un chico de rasgos orientales se acercó agitado al stand donde me encontraba. Sus movimientos eran torpes y su rostro parecía desencajado. Apresuradamente, mirando sin ver y sin mediar palabra, cogió todas las imágenes y folletos expuestos. Cuando por fin consiguió meter todo doblado en su pequeño bolso, alzo la vista y me dijo entristecido: “Soy ateo…; busco a Dios pero no lo encuentro. Vengo de Tierra Santa pero allí tampoco estaba…”. Tembloroso y cabizbajo se alejaba…


-¡Eh!¡Eh…! –Exclamé, apenas pude reaccionar… -¡Yo también era atea! -Continúe gritando. Mi voz se hizo cada vez más fuerte e insistente hasta que pudo oírme y se giró. Volvió corriendo, como quien quiere saciar su sed, y charlamos durante un buen rato. ¿El desenlace? No importa, ¡quién lo sabe! Lo importante es que yo, increyente, que rechazaba a Cristo crucificado y que proclamaba como el filosofo “Dios ha muerto”, encontré el amor del alma mía, lo he abrazado y no lo dejaré jamás (Cant 3,4).

¿Que cómo? ¿Que qué he hecho? ¡Nada! ¡Nada especial! Basta dejarse encontrar en la voz de un silencio tenue y en la escucha atenta para descubrir que somos habitados por alguien más que nosotros mismos. Es en la desnudez de todas nuestras obras y proyectos, en el silencio de los recuerdos, las preocupaciones y los agobios, cuando su Presencia y su Palabra se hacen perceptibles.
Ahora soy novicia, discípula del Divino Maestro. Hace más de dos años decidí emprender un nuevo camino en mi vida que hoy me ha traído a Roma, donde vivo, y dónde junto a mis compañeras, Josefina y Magdalena, y el resto de hermanas, no ceso de buscar el rostro de Aquél que nos busca primero: el Dios de la vida y vida abundante (Jn 10,10).

Sí, éste es el final pero ¿y el principio? El principio es que jamás habría imaginado mi vida así, es decir (y según mi abuela), siendo “monja” pero, como dice la canción, “¡sorpresas te da la vida!” y algunas, muy gratas... Como toda joven, inocente, que se cree dueña de su propia existencia, yo estudiaba y planificaba mi futuro. Creo que no es preciso aclarar qué aclarar qué clase de futuro: un buen puesto de trabajo, viajes, hijos... Mi mundo era el de las apariencias, ése en el que desgraciadamente se juega hoy la vida y que nos hace hombres y mujeres light. Un mundo en el que lo importante son los títulos académicos, el modelito que te pones, la marca del coche que conduces, etc, etc, etc, como si lo que poseemos y hacemos es lo que nos confiriese nuestra más profunda identidad. En este ambiente así de elevado no había lugar para un Dios humilde, que se abaja y despoja hasta una muerte de cruz, y para quien los que cuentan son los pequeños, los débiles.

Así vivía. Así viví durante algunos años, tan cómodamente como infeliz y desfragmentada, sin sentido, sin rumbo y sin noticias de Dios. Intentaba encontrar una respuesta al dolor, al sufrimiento, y a los interrogantes más profundos con los que a todos, antes o después, nos confronta la vida. Pero no la hallaba. Como tampoco conocía la autentica felicidad.
Mi familia es religiosa por tradición. En mi pequeño pueblo de Granada hay tres días en los que la Iglesia se llena: la Virgen de la Cabeza, el patrón, S. Sebastián, y si no han decaído, las primeras comuniones, convertidas en bulliciosa pasarela de moda… Si la fe no se hace experiencia, no sirve. Si nuestra religión no transforma la vida y la vida no interpela la religión, ésta pierde su valor y su sentido. Entonces ¿para qué ir a la Iglesia?, me preguntaba. Y, de hecho, no iba.

Los meses pasaban y los ciclos seguían su curso. Un invierno y otra primavera, la luz del alba y un nuevo amanecer, la lluvia que empapa la tierra reseca, todo imperceptible para mí. Me llevaba la inercia y mis ojos estaban cerrados a tanta belleza que nos envuelve.
Me faltaban pocos meses para acabar el instituto secundario y comenzar la universidad. En medio de todo el caos, una sucesión de luminosos e inesperados acontecimientos: el camino de Santiago con el tránsito incesante de peregrinos y sus misteriosos bosques; la amistad de una profesora y su entrañable familia, que me conduce a las comunidades catecumenales donde comienzo a intuir algo de Dios, y la experiencia del enamoramiento… No, no fueron simples casualidades. La casualidad no existe. Yo lo llamo Providencia y nube de testigos, presencias luminosas que me condujeron hacia la luz. Algo comienza a despertarse en mí; mi vida quiere adquirir otra tonalidad…

Y, como digo, sin avisar, también llegó el turno del amor. Conocí a un chico e iniciamos un noviazgo. Él, un joven fuertemente tocado por Dios, ha sido uno de los parteros de mi alma: entre otras muchas cosas buenas, me introdujo en el universo de la trascendencia y la interioridad. Pero después de más de cuatro años, nuestro compromiso se acabó. Una fuerza más grande que la de nuestro amor lo empujaba a él en otra dirección: la cartuja de Miraflores, en Burgos. Sí, dado el escaso número de monjes cartujos, estadísticamente hay más posibilidad de ser agraciado con la lotería que de que tu novio sea cartujo… ¡y me tocó a mí! ¿Habla el Señor o no?

De nuevo, mis planes se hicieron añicos. Apenas tenía 23 años y, otra vez, arrastraba la vida. Una pregunta me reconcomía: ¿Quién? ¿Quién es ese Dios para que un hombre enamorado lo deje todo por Él…? Como herencia, antes de partir, me dio su resistente crucifijo de madera, el cual fue objeto de mi rabia e incomprensión una salvífica noche de marzo. Eran las dos y media de una fría madrugada, año 2007. Regresaba a casa después de lo que quería ser una noche de marcha entre conocidos. Mi intento de alienarme fue fallido y, antes de lo previsto, me vi en el sillón del salón, abatida, con los ojos fijos en el crucifijo. Como los orantes bíblicos, lloraba, gritaba y gemía desesperanzada. Tenía mil preguntas y ninguna respuesta: sólo una cruz y el silencio. La noche avanzaba y el dolor se intensificaba… Con todas mis fuerzas, llena de ira y de reproches, cogí el crucifijo y lo lancé contra la pared, a cuatro metros. Pasados unos instantes, más serena, fui a recogerlo… Lo que sucedió después no lo sé... Una gran paz, una certeza - Dios estaba aquí y yo no lo sabía (Gn 28,16)- , y dos libertades encontradas: la de Dios-Amor que me precedía y la mía que dejó de luchar… “me has seducido, Señor, y me has podido” (Jr 20,7).

A partir de aquí, me sentí llevada. Por otro cúmulo de sorprendentes “casualidades” llegué a un pequeño y encantador pueblecito del Alto Tajo, Buenafuente del Sistal. Allí aprendí a dejarme asombrar por un Dios desconcertante. Allí, mis queridas monjas cistercienses mantienen la oración incesante desde hace siglos y el ritmo lo marcan las campanas con su viejo tañer. Después de unas semanas de soledad y discernimiento, y cuando teóricamente yo ya no tenía que estar allí, aparecieron cuatro discípulas del Divino Maestro, entre ellas, Conchi, otra de las “parteras” de mi alma. En el tiempo de discernimiento, yo me había dado cuenta de que la vida contemplativa me atraía vivamente, pero también la vida apostólica entre la gente. Es más, comencé a sentir la urgencia apasionada de comunicar a todos a este Dios que había descubierto como Amor y como Vida. Me pareció que esta llamada a la mística y al servicio correspondía con el carisma de la que ahora es mi congregación y, poco a poco, el Señor me atrajo a este otro lugar para ser su discípula.

En todo este itinerario, un hallazgo, quizás el más importante de todos mis días: la vida sólo es hermosa cuando está llena de amor, y un nuevo y revolucionario modo de vivir: el de Jesús, el de la donación, porque la auténtica felicidad tiene que ver con el servicio.

El día 1 de mayo asistimos a la beatificación de Juan Pablo II, testimonio vivo del dolor transfigurado convertido en amor. De él tomo prestada la invitación con la que deseo concluir estas palabras: ¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!

Lidia Troya, novicia discípula del Divino Maestro
Mayo de 2011

jueves, 6 de octubre de 2011

Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios

El grupo de lectio divina de la Universidad Pontifica Comillas, que se reúne en Alberto Aguilera (Madrid) todos los jueves a orar, de 7:30 a 8:30, comenzó ayer su andadura del nuevo curso.
Así como el año pasado oramos con el difícil libro del Apocalipsis, este año lo haremos con el evangelio de Marcos (el correspondiente al ciclo B que comenzaremos en Adviento).
Ojalá sirva para todos podamos conocer un poco más a Jesús, desde la cercanía orante del corazón.

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Lectio Divina de Marcos 1,1-13

1 Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios.

2 Como está escrito en el libro del profeta Isaías:
"Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino.
3 Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos".
4 Así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.5 Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.6 Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:
7 «Detrás de mí vendrá el que es más fuerte que yo, y yo no soy digno de inclinarme y desatarle la correa de sus sandalias.8 Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con espíritu santo».

9 En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.10 En cuanto salió del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu descendía sobre él en forma de paloma; 11y una voz desde el cielo dijo:
«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».
12 A continuación el Espíritu lo empujó hacia el desierto, 13 donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.

CUANDO LEAS

Con este texto comienza, como él mismo dice, el evangelio, la buena noticia, según Jesús, el Cristo. El primer versículo es en realidad el título de la obra, y en él se proclama ya que Jesús es hijo de Dios, que él es la buena noticia y que el tema del evangelio es la revelación progresiva de Jesús como Mesías. Este evangelio más breve que los de Mateo, Lucas y Juan, fue escrito con anterioridad (en torno al año 70 dC) y su redacción se caracteriza por la claridad, transmitiendo lo esencial del mensaje.
Desde el comienzo del evangelio se percibe la importancia que el autor da en la relación de Jesús con las antiguas tradiciones judías. Su persona, eje de su mensaje, no está aislada de la tradición profética, a la que a través de citas directas como la de Isaías, e indirectas (como a la figura de Elías), queda asociada. En el texto se puede ver cómo la profecía de Isaías se cumple con Juan y la de éste con Jesús.
En los dos títulos que aparecen ya en el primer versículo, ungido e hijo de Dios, se condensa su carácter de elegido, enviado y responsable de la paz, la justicia. Con el título del versículo 2, Señor, se da cuenta de su soberanía.
En el versículo 4 se da el cumplimiento de la profecía de Isaías, el anuncio de la preparación y de la llegada de un mensajero. Juan no solo anuncia, sino que actúa, a través del bautismo de conversión. Su figura enlaza con la del profeta Elías por su emplazamiento en el río Jordán, sus vestidos (2Re 1) y su acción; predicar la conversión que no es otra cosa que la vuelta a Dios (cf. 1Re 18). Al mismo tiempo anuncia a quien vendrá detrás de él y señala que entre los dos hay diferencias: Juan bautiza con agua y Jesús con espíritu santo; ello indica que la vinculación de Jesús con Dios es más estrecha que la de Juan, él posee su espíritu (cf. 2Re 2). Sin embargo el bautismo es la actividad que enlaza el ministerio de Juan de Jesús. Es un signo de cambio, de comienzo de algo nuevo y de inclusión en la comunidad. Para nosotros se ha convertido en signo de pertenencia a la comunidad de Jesús. Marcos es el único evangelista que presenta este rito al comienzo del evangelio. El bautismo que Jesús recibe indica el comienzo de su misión.
Ese momento se expresa a través de una teofanía, una manifestación de Dios. La idea de los cielos rasgados implica una relación entre el espacio de lo divino y de lo terrenal; el envío del espíritu en forma de paloma, la permanencia de esa presencia divina. Además incluye la voz, modo prioritario de comunicación de Dios en la tradición profética (que ya había aparecido en el v. 3).
La palabra de Dios define, al declarar a Jesús como Hijo, quién es Dios y cuál es su característica fundamental: el amor. Le dice a Jesús: “Tú eres mi hijo querido, en ti me alegro”. Jesús aparece como el hijo amado.
Marcos sitúa después del bautismo la tentación en el desierto (12-13). Pero es necesario tener en cuenta el párrafo anterior para entender el sentido pleno de éste. El desierto tiene un hondo significado en la tradición veterotestamentaria. Es lugar de miedo, tentación, sufrimiento, prueba..., pero también el lugar del encuentro con el Dios providente y protector. Este relato puede evocar las experiencias de: Agar e Ismael a quienes otorga una nueva misión (Gn 16,7; 21,14), al pueblo que en la experiencia del éxodo (Ex 15,22-ss.) en donde el pueblo aprende a ser Pueblo de Dios (no sin dificultades y caídas), a Elías a quien alimenta y envía al Horeb, al encuentro de Dios (1Re 19)... El hecho de que Marcos sitúe a Jesús en ese espacio anuncia las dificultades en su misión pero también recuerda que ese espacio de duda y tentación también es de Dios: en ese espacio estaba entre las fieras (somete a las fieras como Elías a los cuervos 1Re 17) y lo asisten los ángeles, es decir, Dios mismo está ahí.
En este comienzo hay varios elementos importantes en el evangelio marcano. Entre ellos destacamos: Jesús es el hijo amado de Dios y Jesús continúa la tradición de los profetas del Antiguo Testamento pero es diferente a todo lo anterior. Él está siempre acompañado por Dios (padre, espíritu, voz, ángeles) tanto en los espacios clásicos de bendición como el Jordán (bautismo) como en los espacios en los que se experimenta o se piensa en la lejanía de Dios (desierto o tentaciones).

CUANDO MEDITES

Iniciamos hoy la lectura orante del evangelio de Marcos y él comienza hablando de una “buena noticia”. ¡Eso es ilusionante!. Marcos nos invita a estar atentos y a conocer o descubrir algo que siempre es nuevo. La actitud de encuentro es la que debe señalar el camino. No por ser más conocidas las lecturas de los evangelios son menos enriquecedoras y sorprendentes. La palabra es siempre viva y eficaz.
Marcos, con su inicio, plagado de referencias veterotestamentarias, invita al lector a revisar su conocimiento del Antiguo Testamento. Ello nos recuerda que el mensaje del Jesús no se puede entender sin una referencia constante a lo Antiguo.
Juan habla de uno “más fuerte” que él. Su fuerza radica en su vinculación con el Padre, con el hecho de ser “hijo”, lo que le lleva a optar por los desfavorecidos, los pecadores, los sencillos... Jesús es, desde el inicio, el Hijo amado. Como tal su misión tendrá que ver con la misericordia. El amado de Dios, transmite ese amor de Dios.
Cuando Dios se manifiesta en el Jordán por los cielos rasgados, por la voz y por el Espíritu, se está mostrando a sí mismo: aquel que se manifiesta en la historia, que se comunica y que se hace presente en la transformación del mundo.
En el comienzo del evangelio se hace referencia al pasado y al presente y se abre hacia el futuro. Los espacios en los que se desarrolla son los caminos, el desierto, el Jordán…ello le da un carácter de universalidad muy fuerte desde sus inicios. En el evangelio confluyen todos los tiempos. Al mismo tiempo todos los espacios son de Dios.

CUANDO ORES
- Agradece la posibilidad de recorrer con Marcos el anuncio de la Buena Noticia.
- Pide lucidez para ser capaz de descubrir a los mensajeros, para escuchar la voz, para entender el mensaje.
- Descúbrete en el Jordán con Jesús y escucha “Tú eres mi hijo/mi hija amado/a”
- Acompaña a Jesús al desierto y presenta a Dios la inmovilidad, los “cuarenta días de incertidumbre”, las tentaciones..., y recuerda que también en esos momentos tú y la comunidad creyente estamos servidos por los ángeles, acompañados por Dios.
- Da gracias por todas las personas mediadoras que como Isaías o Juan te han ayudado a encontrar el camino, a superar las dificultades, a reconocerte amado/a…
- Gesto orante, simbología, evocaciones: agua del bautismo - arena del desierto.


(Autora: Carmen Yebra, equipo de lectio divina de la U.P. Comillas)