jueves, 21 de octubre de 2010

Mantenemos la luz encendida

¿Qué sentido tiene que yo esté aquí, en esta iglesia, a la intempestiva hora de comer, para dedicar una hora y media a la oración? ¿No da igual otra hora? ¿No da igual otro lugar más próximo y, por qué no decirlo, más cómodo?
Mi presencia aquí, y la de una docena de personas a lo largo del día, es un signo que desaparecería si cada cual rezara en su hora preferida y en lugares dispersos.
Nuestra presencia aquí, ante el Señor Eucarístico, tiene un valor de signo y de memoria. Somos signo de que que la Iglesia ora ininterrumpidamente en todos sus miembros, en cada instante de las veinticuatro horas del día, en todos los rincones del mundo. Somos memoria de que el centro de nuestra comunidad cristiana es el Señor Jesús. Somos memoria de que su forma de vivir puede expresarse simplemente en un trozo de pan partido para dar de comer a todos. Somos signo de que Él es nuestro Maestro y nos llama a una cita para aprender de Él y para recibir sabiduría, luz, fuerza, amor, esperanza... en este rato que estamos junto a Él conscientemente.

En lugar de contemplar sólo el Pan eucarístico expuesto en una demasiado vistosa custodia dorada, le miro a Él sentado en la silla de Maestro enseñándonos el Evangelio. Jesús Vivo y Resucitado está realmente presente en ese frágil Pan como Maestro.


El grupo de personas que sostiene la adoración todos los jueves en Santa Teresa representa a toda la comunidad que adora a su Señor y es sostenida por Él. Y representa a la Iglesia orante, que intercede por toda la humanidad.
Imagino la parroquia como un foco que, en medio de nuestro barrio y de la ciudad, irradia una luz muy blanca y llena de energía, de bendición, de gracia (que es el amor salvador de Dios derramado sobre todo y sobre todos).
Cuando la comunidad adora a su Señor en la Eucaristía, el templo se convierte en un faro encendido parecido al que sirve de guía a los pescadores para que lleguen, seguros, a puerto.
Y cada uno, mientras adora, es como un farero encargado de mantener la luz encendida para que todos los navegantes tengan una travesía feliz.