lunes, 23 de mayo de 2011

La caída de Babilonia

Lectio divina de Apocalipsis 18, 1-24


1 Después de esto vi bajar del cielo a otro Ángel, que tenía gran poder, y la tierra quedó iluminada con su resplandor. 2 Gritó con potente voz diciendo: «¡Cayó, cayó la Gran Babilonia! Se ha convertido en morada de demonios, en guarida de toda clase de espíritus inmundos, en guarida de toda clase de aves inmundas y detestables. 3 Porque del vino de sus prostituciones han bebido todas las naciones, y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido con su lujo desenfrenado.”
4 Luego oí otra voz que decía desde el cielo: “Salid de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas. 5 Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus iniquidades. 6 Dadle como ella ha dado, dobladle la medida conforme a sus obras, en la copa que ella preparó preparadle el doble.

7 En proporción a su jactancia y a su lujo, dadle tormentos y llantos. Pues dice en su corazón: Estoy sentada como reina, y no soy viuda y no he de conocer el llanto...
8 Por eso, en un solo día llegarán sus plagas: peste, llanto y hambre, y será consumida por el fuego. Porque poderoso es el Señor Dios que la ha condenado.”
9 Llorarán, harán duelo por ella los reyes de la tierra, los que con ella fornicaron y se dieron al lujo, cuando vean la humareda de sus llamas; 10 se quedarán a distancia horrorizados ante su suplicio, y dirán:
«¡Ay, ay, la Gran Ciudad! ¡Babilonia, ciudad poderosa,
que en una hora ha llegado tu juicio!»
11 Lloran y se lamentan por ella los mercaderes de la tierra, porque nadie compra ya sus cargamentos: 12 cargamentos de oro y plata, piedras preciosas y perlas, lino y púrpura, seda y escarlata, toda clase de maderas olorosas y toda clase de objetos de marfil, toda clase de objetos de madera preciosa, de bronce, de hierro y de mármol; 13 cinamomo, amomo, perfumes, mirra, incienso, vino, aceite, harina, trigo, bestias de carga, ovejas, caballos y carros; esclavos y mercancía humana. 14 Y los frutos en sazón que codiciaba tu alma, se han alejado de ti; y toda magnificencia y esplendor se han terminado para ti, y nunca jamás aparecerán.
15 Los mercaderes de estas cosas, los que a costa de ella se habían enriquecido, se quedarán a distancia horrorizados ante su suplicio, llorando y lamentándose:
16 «¡Ay, ay, la Gran Ciudad, vestida de lino, púrpura y escarlata,
resplandeciente de oro, piedras preciosas y perlas,
17 que en una hora ha sido arruinada tanta riqueza!»

Todos los capitanes, oficiales de barco y los marineros, y cuantos se ocupan en trabajos del mar, se quedaron a distancia 18 y gritaban al ver la humareda de sus llamas:
«¿Quién como la Gran Ciudad?»
19 Y echando polvo sobre sus cabezas, gritaban llorando y lamentándose:
«¡Ay, ay, la Gran Ciudad, con cuya opulencia se enriquecieron
cuantos tenían las naves en el mar; que en una hora ha sido asolada!»
20 Alégrate por ella, cielo, y vosotros, los santos, los apóstoles y los profetas, porque al condenarla a ella, Dios ha juzgado vuestra causa.
21 Un Ángel poderoso alzó entonces una piedra, como una gran rueda de molino, y la arrojó al mar diciendo: «Así, de golpe, será arrojada Babilonia, la Gran Ciudad, y no aparecerá ya más...»
22 Y la música de los citaristas y cantores, de los flautistas y trompetas, no se oirá más en ti; artífice de arte alguna no se hallará más en ti; la voz de la rueda de molino no se oirá más en ti; 23 La luz de la lámpara no lucirá más en ti; la voz del novio y de la novia no se oirá más en ti.
Porque tus mercaderes eran los magnates de la tierra, porque con tus hechicerías se extraviaron todas las naciones; 24 y en ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos y de todos los degollados de la tierra.

CUANDO LEAS

- El capítulo 18 pertenece a la sección que narra la caída de Babilonia (Ap 17,1-19,8). En el capítulo 18, compuesto en forma de tríptico, se presenta el juicio y la ejecución de la sentencia en contra de la ciudad pecadora. Dos proclamaciones de Juicio al inicio y al final del capítulo, en Ap 18,1-8 y Ap 18,21-24, sirven de marco a una serie de lamentos (Ap 18,9-19) ante la ruina de la "gran prostituta". Tres grupos de personas (reyes, mercaderes y navegantes), los centros del poder político y económico, contemplan y lamentan el desastre repentino y total de la ciudad imperial.

- Todo este pasaje, que recuerda los grandes oráculos proféticos del Antiguo Testamento, se inspira en Ez 26-28 (lamentaciones por la caí¬da de la ciudad de Tiro). Aparecen aquí tres grupos representativos, tres sectores político-económicos que se ven comprometidos en esta denuncia: los reyes de la tierra (poder político: Ap 18,9-10), los merca¬deres de la tierra (poder económico: Ap 18,11-17) y los mercaderes del mar (poder comercial: Ap 18,17-19). Los tres grupos actúan según el mismo esquema: lloran, se lamentan con ayes doloridos, pero se man¬tienen a lo lejos para que no les envuelva el desastre.

- Todos estos versículos conforman un discurso de denuncia frente al poder económico del Imperio y de su expresión por vía del comercio que Roma realiza con sus socios que se encuentran dispersos por todas sus fronteras. El texto habla por sí mismo y no necesita mayor explicación. Es importante, sin embargo, profundizar en el lamento central, el de los mercaderes de la tierra (Ap 18,11-17). Ellos se lamentan, en el colmo de su interés, de que sus mercancías ya no se venden. Sorprende la larga oferta de productos; y esta enumeración detallada vale como una condena de su actividad, inspirada bíblicamente en Ezequiel (Ez 27) e históricamente en el comercio de Roma: metales y piedras preciosas; vestidos de lujo, y objetos refinados (el autor escoge lo mejor de lo mejor de aquel tiempo). Pero sobre todo, esclavos y seres humanos. Ambiciona con tanta codicia su riqueza que no respeta el valor sagrado de la vida.

- La gran Babilonia representa, en primer lugar, a Roma, la capital del imperio. Pero el sím¬bolo bíblico se refiere a toda ciudad secu¬lar y autosuficiente; a saber, a toda ciudad que construya en su interior un sistema ce¬rrado, de consumo y lujo desenfrenado, don¬de ni la vida humana se respeta. El autor pretende hacer una llamada a la comunidad cristiana para que ésta sepa detectar en la historia esos centros de poder, no se deje atrapar por el fatuo brillo de sus riquezas, y no participe en su comercio inmoral.

- El autor invita también a la comunidad a no ren¬dirse ante el poder del Imperio, a defender los valores del Evangelio, porque Dios finalmente vencerá. Lo anuncia el último versículo del pasaje que hemos leído (Ap 18,20): Dios ha condenado y destruido Roma, ha defendido la causa de los creyentes, los apóstoles y los pro¬fetas y esto es motivo de alegría y celebración.

CUANDO MEDITES

- ¿Qué me dice esta Palabra sobre la realidad social que me rodea y sobre mí mismo?
- ¿Qué me dice de mi actitud ante el afán de poder y de poseer, ante el lujo desenfrenado y la opulencia?
- Reconoce a tu alrededor las pretensiones idolátricas de los poderosos de la tierra y la injusticia social que generan la acumulación y el comercio injusto, hasta el punto de considerar las vidas humanas una mercancía en vistas al propio provecho.
- El Señor invita a su pueblo a “salir”, a no hacerse cómplices de esa injusticia, a vivir de otro modo, como un pueblo pobre y humilde que confía en el Señor (Sof 3,12). ¿Cómo realizas tú ese éxodo continuo hacia actitudes más evangélicas?

CUANDO ORES

- Agradece esta Palabra, que es promesa de liberación para los pobres, los oprimidos y los perseguidos por causa de la justicia o de su fe.
- Contempla la realidad con los ojos el evangelio: los que están arriba, los poderosos, están abajo, mientras que los pobres, los perseguidos, los que lloran… son ensalzados y proclamados dichosos. Laten aquí las bienaventuranzas y el espíritu del Magnificat. Acoge, con fe y gratitud, esta promesa de Dios.
- Con corazón compasivo, suplica también por quienes viven esclavos de la codicia, la ambición y sólo buscan su propio interés, para que salgan de su esclavitud y descubran la dicha del compartir.
- Podemos terminar orando el salmo 131: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en el regazo materno. Mi deseo no supera al de un niño. Espera, Israel, en el Señor, ahora y por siempre”.

(Conchi López, pddm, Equipo de Lectio Divina de la U.P.Comillas)

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