Llegaron
a una finca que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: ‘Sentaos aquí
mientras yo voy a orar’.
Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, y empezó a
sentir horror y angustia, y les dijo: ‘Me muero de tristeza, quedaos aquí y
estad en vela’. Adelantándose un poco, cayó a tierra, pidiendo que si era
posible se alejase de él aquella hora; decía: ‘¡Abba! ¡Padre!: todo es posible
para ti, aparta de mí este trago, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que
quieres tú’.
Se acercó, los encontró adormilados y dijo a Pedro: ‘¿Estás
durmiendo, Simón? ¿No has podido velar ni una hora? Estad en vela y pedid no
ceder en la prueba: el espíritu es animoso, pero la carne es débil’.
Se apartó
de nuevo y oró repitiendo las mismas palabras. Al volver los encontró otra vez
adormilados, porque se morían de sueño, y no sabían qué contestarle.
Volvió por
tercera vez, y les dijo: ‘¿Así que durmiendo y descansando? ¡Basta ya, ha
llegado la hora! Mirad, el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los
pecadores. ¡Levantaos, vamos!; ya está ahí el que me entrega’.
CUANDO LEAS
Jesús llegó a Jerusalén aclamado por sus seguidores.
¡Bendito el que viene en el nombre del
Señor!, Mc 11, 10. Parecía que el hijo de David, el Mesías, iba a tomar
posesión de su trono y a inaugurar su reinado. Pero Jesús entró en el templo
como uno de los muchos rabinos que subían con sus discípulos a Jerusalén para
la celebración de la Pascua, y se dedicó a enseñar. Primero, con un gesto
profético: entró en el templo y se puso a
echar a los que vendían y a los que compraban allí. ‘Mi casa será casa de
oración para todos los pueblos. Pues vosotros la tenéis convertida en una cueva
de ladrones’, Mc 11, 15.17. Jesús denunciaba así el uso que los sacerdotes
y los escribas hacían del templo. Habían convertido el lugar del encuentro con
Dios y con los hermanos israelitas en una casa de cambio de moneda y un mercado
de animales, donde ellos obtenían pingües beneficios a costa de los sacrificios
del pueblo y con el pretexto de rendir a Dios el culto debido. No es extraño
que los sacerdotes y los escribas decidieran en ese momento acabar con él y
estudiaran la mejor forma de lograrlo (cf. Mc 11, 18-19).
Jesús siguió enseñando en el
templo durante los días siguientes. Cuestionó la legitimidad de los sacerdotes
y los escribas, que no eran los pastores del pueblo que Dios deseaba. Discutió
con ellos sobre la ley, poniendo en entredicho la interpretación que ellos
hacían de ella en aras de su prestigio social, de su poder y de sus cuentas
corrientes. Se atrevió a profetizar el fin del templo, signo visible de la
presencia de Dios en medio del pueblo y garantía de la pervivencia de Israel
como entidad política. Los sumos sacerdotes y los letrados no ocultaban lo
mucho que les disgustaba aquel galileo advenedizo. Conclusión: andaban buscando una manera de darle muerte
prendiéndolo a traición, Mc 14, 1-2. Jesús era consciente de la amenaza que
suponían para él las autoridades del pueblo: Ella ha hecho lo que podía, ha embalsamado mi cuerpo para la sepultura,
Mc 14, 8. Jesús celebró la Pascua clandestinamente, porque sabía que sus
enemigos le acechaban. Más aún, sabía que habían hecho un trato con uno de sus
íntimos: Os aseguro que uno de vosotros
me va a entregar, uno que está comiendo conmigo, Mc 14, 18. Así, Jesús hace
de aquella cena pascual su cena de despedida, y deja claro que en su inminente
muerte Dios se compromete de nuevo en favor de todos: Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos,
Mc 14, 24.
¿Qué opciones tenía Jesús en
esta situación? Salir de Jerusalén a escondidas y regresar a Galilea, donde se
le apreciaba. Dicho con una palabra: huir. Hubiera podido armar a sus
partidarios y hacerse coronar rey a la fuerza. Incluso podía romperse por
dentro, deprimirse hasta el suicidio. Pero Jesús, acabada la cena, marchó a una finca que se llama Getsemaní para
orar. Allí Jesús se hizo plenamente consciente de los sentimientos que se
agitaban en su interior. Marcos dirá que sentía horror y angustia, que se moría de tristeza, que se sentía solo: ¿Así que durmiendo y descansando? La
oración de Jesús en Getsemaní consistió en gritar a aquel que se le había
revelado en el bautismo: Tú eres mi Hijo,
a quien yo quiero, mi predilecto, Mc 1, 11, y que en una montaña alta y
apartada, señalándole a él, había dicho a sus discípulos: Este es mi Hijo, a quien yo quiero, escuchadlo, Mc 9, 7. Jesús
recurrió a aquel que se le había manifestado amorosamente como origen de su ser
y de su misión: ¡Abba! ¡Padre! La
oración de Jesús fue agónica, un auténtico combate. Él era perfectamente
consciente de su debilidad, al contrario que Pedro: Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré, Mc 14, 31. Jesús
confiaba en el Padre: todo es posible
para ti, y le manifestó con toda sinceridad lo que deseaba en aquel
momento: aparta de mí este trago.
Pero, a la vez, quería ser fiel a su Padre, corresponderle con un amor sin
condiciones: no se haga lo que yo quiero,
sino lo que quieres tú. Jesús acabó entregándose al que reconocía como
único Señor de su vida, cuya voluntad se le estaba revelando en las
circunstancias concretas que estaba viviendo.
CUANDO MEDITES
¿Cuál es tu primera reacción
cuando estás en una situación angustiosa? ¿Orar? ¿Dar vueltas a la cabeza?
¿Culpabilizarte? ¿Culpar a otros, a las circunstancias, a Dios? Si no te
encuentras en una situación semejante, contempla la agonía de Jesús en
Getsemaní. Afirmas que le amas, hazte eco de su horror, angustia, tristeza y soledad.
¿Reconoces que su fidelidad al Padre hasta la muerte es al mismo tiempo amor
por ti? Echa un vistazo al dolor de tantos. ¿Tienes alguna responsabilidad en
él? Haz tuyos esos dolores, y dale al que sufre tu amor. Es decir, regálale tu
fe en el Señor crucificado y resucitado, tu esperanza de que el dolor se
acabará y compartirás la vida feliz de tu Señor, tu ayuda eficaz en las
circunstancias concretas en que se haya.
CUANDO ORES
- Deja que el Espíritu ore en
ti con tu cuerpo, tus sentimientos, tus palabras. ¿Te postras en adoración? ¿Te
arrodillas? ¿Te sientas? ¿Alzas las manos? ¿Estás en pie? ¿Susurras? ¿Gimes?
¿Lloras? ¿Le alabas? ¿Le agradeces? ¿Le suplicas? ¿Le cuentas cómo te sientes?
¿Desahogas tus preocupaciones ante él? ¿Le confías tus inquietudes y proyectos?
¿Le hablas del sufrimiento de tantos? ¿Le preguntas? ¿Te abandonas a su amor y
a su voluntad?
- ¿Sientes el amor de Dios?
Déjate amar. Déjate convertir. Déjate fortalecer para que tu vida, animada por
el Espíritu y obediente a él, sea
testimonio, servicio y evangelización.
Lectura
orante de Is 50,4-7, Fil 2,5-11 y Lc 19,18-40
Canto: El siervo
1. No gritará, no alzará su voz,
no voceará por las calles,
no quebrará la caña cascada
ni apagará la llama vacilante.
Éste es mi siervo
en quien me complazco.
Es mi elegido
a quien sostengo,
para que traiga la salvación
a todos los pueblos (bis).
2. Yo, el Señor, te llamé,
te tomé de la mano,
para dar vista a los ciegos
y liberar al cautivo.
3. Sin apariencia humana,
desfigurado y humillado,
se escandalizan ante tu rostro,
ante Ti,
mi Siervo amado.
……………………..
Oración para disponer el corazón
1. Exulta de gozo, hija
de Sión,
grita de alegría, hija
de Jerusalén,
porque se acercan los
días de la Pascua
y tu Señor viene a ti,
humilde y montado en un asno,
justo y victorioso
sobre todo orgullo y
altanería humana.
2.
Aclámalo como un niño,
corre tras
Él,
pon a sus
pies
todo lo que eres,
expón tu vida ante sus ojos,
pues Él viene a ti como
poderoso Salvador.
3. Él te mostrará la
victoria de la paz
sobre las violencias
humanas,
porque hoy se anuncia la
paz
a través de su
mansedumbre sin medida.
4. Él te hará ver la
victoria de la humildad
sobre las grandezas
humanas,
porque hoy son los pequeños
el centro de todas las
miradas.
5. Él te enseñará la
victoria dela alegría del Espíritu
sobre las tristezas
humanas,
porque, a su paso, se
desborda
el entusiasmo que viene de Dios.
6. Él abrirá tu corazón
para que acojas
la victoria de la
esperanza
sobre los desencantos
humanos,
porque el Reino de
Dios viene a nosotros en Él
y llena de Vida
todos los rincones de nuestra casa.
…………………………………………………………………………………………….
* Isaías 50,4-7
4 Mi Señor me ha dado una lengua de
iniciado,
para saber
decir al abatido
una palabra
de aliento.
Cada mañana
me espabila el oído
para que escuche,
como los iniciados.
5 El Señor Dios me ha abierto el oído;
y yo no me
he rebelado ni me he echado atrás.
6 Ofrecí la espalda a los que me
apaleaban,
la mejilla
a los que mesaban mi barba.
No oculté
el rostro a insultos y salivazos.
7 Mi Señor me ayudaba, por eso no
quedaba confundido,
por eso
ofrecí el rostro como pedernal,
y sé que no
quedaré avergonzado.
* Filipenses 2,5-11
5Tened entre vosotros los mismos sentimientos que
Cristo:
6El cual, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente
el ser igual a Dios.
7Sino que se despojó de sí mismo
tomando condición de siervo
haciéndose semejante a los hombres
y apareciendo en su porte como hombre;
8y se humilló a sí mismo,
obedeciendo hasta la muerte
y muerte de cruz.
9Por lo cual Dios le exaltó
y le otorgó el Nombre,
que está sobre todo nombre.
10Para que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en los cielos, en la tierra y en los abismos,
11y toda lengua confiese
que Cristo Jesús es Señor
para gloria de Dios Padre.
...............................
Canto: En mi
debilidad (Brotes)
En mi debilidad, me haces fuerte.
En mi debilidad, me haces fuerte.
Sólo en tu amor, me haces fuerte,
sólo en tu vida, me haces fuerte.
En mi debilidad, te haces fuerte en mí.
.................................
Lucas
19,18-40
28 …Marchaba por delante
subiendo a Jerusalén.
29 Y sucedió que, al
aproximarse a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió
a dos de sus discípulos, 30 diciendo: «Id al pueblo que está
enfrente y, entrando en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no
ha montado todavía ningún hombre;
desatadlo y traedlo.
31 Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo
desatáis?", diréis esto: "Porque el Señor lo necesita."»
32 Fueron, pues, los enviados y lo encontraron
como les había dicho.
33 Cuando desataban el pollino, les dijeron los
dueños: «¿Por qué desatáis el pollino?»
34 Ellos les contestaron: «Porque el Señor lo
necesita.»
35 Y lo trajeron donde Jesús; y echando sus mantos
sobre el pollino, hicieron montar a Jesús.
36 Mientras él avanzaba, extendían sus mantos por
el camino.
37 Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos,
toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos
los milagros que habían visto.
38 Decían: «Bendito el Rey que viene en nombre del
Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas.»
39 Algunos de los fariseos, que estaban entre la
gente, le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos.»
40 Respondió: «Os digo que si éstos callan
gritarán las piedras.»
CUANDO LEAS
- Puesto que el Evangelio de
la celebración narra la Pasión
de Jesús que también contemplaremos el próximo viernes –aunque narrado por Juan
y hoy por el evangelista Lucas-, vamos a orar hoy con el evangelio de la
entrada de Jesús en Jerusalén y las dos primeras lecturas de la celebración del
Domingo de Ramos.
- La primera lectura
invita a detener nuestra mirada sobre la figura del Siervo de Yahveh.
Éste es también el protagonista de las lecturas que la liturgia nos presentará
los próximos días: lunes, martes, miércoles y viernes santo.
- Las palabras de Isaías 50, 4-7 constituyen lo que se
denomina el tercer oráculo o canto del Siervo y nos volveremos a
encontrar con él el miércoles, con una ampliación de dos versículos más. Lo que
conocemos como primer oráculo podremos contemplarlo el lunes santo: Is
42,1-7; el segundo canto del Siervo, Is 49, 1-6, la Iglesia nos lo presenta el
martes santo y el cuarto y más largo, el que encontramos en Is 52,13-53,12,
nos es ofrecido para la celebración del Viernes santo con objeto de conocer
mejor al autor de nuestra salvación, Jesús, el Cristo.
El objeto de esta elección no es sino adentrarnos
más en las actitudes y sentimientos que Jesús hizo suyas, que lo
mantuvieron firme hasta su entrega radical y amorosa y que caracterizan al discípulo
que, como el Siervo, saben bien que “el Señor ayuda” (Is 50,7).
- El texto se centra en la
figura del Siervo de YHWH, que habiendo recibido una misión desea mantenerse
en fidelidad a Dios y a los hombres, por ello permanece firme en el
sufrimiento y en el aparente fracaso. La suerte de este atento discípulo de la Palabra de Dios prefigura
la de Cristo, el humilde que no opuso resistencia a la voluntad del Padre, sino
que “a pesar de su condición divina… se rebajó hasta someterse incluso a la
muerte, y una muerte de cruz” (segunda lectura, Flp 2, 6-11).
La vocación del siervo lo muestra como un discípulo
que, por don y misión de Dios, trasmite la Palabra a los
desanimados e indecisos (“para saber decir al abatido una palabra de aliento”
Is 50, 4a). Pero esto sólo ocurrirá si
él el primero se abre diariamente como un discípulo pronto a escuchar la Palabra que no es suya y
de la cual no puede disponer ni a su gusto ni exclusivamente para él.
- En este tercer poema se
acentúa el tema del fracaso, presente también en el segundo oráculo (“me
había cansado en vano y había gastado mis fuerzas para nada” Is 49,4). El
siervo encuentra hostilidad y persecución, incluso violencia: golpes, insultos,
salivazos y ultrajes (Is 50, 6-7). Pero consciente desde el principio de las
exigencias de su vocación, el Siervo no opone resistencia a Dios; y su pleno consentimiento le hace fuerte
y manso de cara a los perseguidores: ni huyó ante la Palabra “yo no me he
rebelado ni me he echado atrás” (Is 50,5), ni se arredró ante las
injurias y la violencia de los que quisieron acallarla, reduciéndola al
silencio.
- Si no se rinde ante el
sufrimiento es porque confía en la ayuda de Dios: "El Señor
me ayuda, por eso soportaba… sabiendo que no quedaría defraudado” (Is 50,7),
porque confía en que es valioso para el Señor, y "en Dios se halla
mi fuerza” (Is 49,5), y porque confía en que Dios lesostiene y le
dará su Espíritu, como se afirmará el lunes: “Este es mi siervo a quien
sostengo, mi elegido en quien me complazco. He puesto sobre él mi espíritu” (Is
42,1).
…………….
El evangelio de Lucas 19,28ss
- Fíjate en
dónde ocurre cada escena: en la primera, están más o menos en la mitad del
Monte de los Olivos y los personajes son Jesús y sus discípulos. La segunda
escena tiene lugar en la aldea cercana y los personajes son los discípulos
enviados y los propietarios del pollino. En la tercera, están ya bajando del
Monte y los personajes son Jesús y la multitud de los discípulos. En lugar de
conversación, hay exclamaciones de alegría y alabanza. En la cuarta el clima jubiloso anterior es
reemplazado por la murmuración de los fariseos y la respuesta tajante de Jesús.
- Observa cómo
todo el texto está marcado por el descenso: Jesús desciende de “arriba”
(Betania, Betfagé, el Monte de los Olivos...) y va hacia “abajo” ( Jerusalén lo
está con relación al Monte, el pollino
es un animal pequeño, los mantos están en el suelo...).
Mira el verde de los olivos, el colorido de los mantos
tendido en el suelo, el esplendor de las murallas que rodean Jerusalén. Siente
la fuerza deslumbrante del sol de la mañana,
el polvo del camino, el lomo cálido del pollino. Escucha el
griterío de la gente, las alabanzas, la bendición, la aclamación que repite la
que oyeron los pastores en Belén. Escucha las protestas de los fariseos que
ofrecen un trasfondo oscuro a la luminosidad de la escena. Trata de escuchar
también a esas piedras que gritan...
CUANDO
MEDITES
Detente en algunas
palabras claves del texto:
REY: al proclamar a su manera el evangelio, Lucas ha
querido, más aún que los otros evangelistas, presentar a Jesús entrando en
Jerusalén como para una entronización regia. El trasfondo del texto son otras
dos entronizaciones célebres del AT: la del rey Salomón. «Los allegados de
David hicieron montar a Salomón sobre la mula del rey... todo el pueblo gritó:
'Viva el rey...'. Subió después todo el pueblo detrás de él; la gente tocaba
las flautas y manifestaba tan gran alegría que la tierra se hendía con sus
voces» (1 Re 1, 38-40). Y la de Jehú: «Los oficiales se apresuraron a
tomar cada uno su manto que colocaron bajo él encima de las gradas; tocaron el
cuerno y gritaron: 'Jehú es rey'» (2 Re 9, 13). Jesús sigue el patrón de sus
antepasados y se presenta como rey en Jerusalén y como un Rey poderoso, que da
órdenes con un tono soberano, prevé las dificultades con que chocará su
realización pero afirma su cumplimiento seguro: “Id al pueblo que está
enfrente y encontraréis... Y si alguien os pregunta... Encontraron... Les
preguntaron...»...
Pero la realeza de Jesús aparece marcada por signos diferentes: el de la
paz y el de la humildad. La semejanza con la coronación de Salomón, cuyo nombre
significa «el pacífico», es pretendida, con el fin de apoyar el tema, como
también el recuerdo del himno cantado por los ángeles la noche de Navidad.
Jesús es un rey de paz que trae a Jerusalén, la ciudad cuyo nombre significa
«ciudad de paz» (Sal 122,6), la paz que su nombre reclama.
POLLINO. El término aparece 4 veces como sustantivo y 7 como
pronombre (van subrayados) y evoca la profecía de Zacarías: “Alégrate, ciudad de Sión; aclama,
Jerusalén; mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso, humilde,
cabalgando un pollino, una cría de borrica.” (Zac 9, 6) Nos recuerda que
nuestro rey está en medio de nosotros como el que sirve y su realeza aparece
marcada por la pobreza y la mansedumbre. Ya el samaritano había echado mano de
una cabalgadura para llevar al hombre herido. Aquí el pollino “sube de
importancia” y de él se dice algo muy importante: ¡Jesús tiene necesidad de él!
PIEDRAS. Las palabras de Jesús están seguramente tomadas de un
texto de Habacuc: ¡Ay del que mete en casa ganancias injustas y anida muy
alto para librarse de la desgracia! Las piedras de las paredes gritarán
alternando con las vigas de madera (Hab 2,9). Se diría que tanto el profeta
como Jesús están capacitados para captar una “frecuencia de onda” inaudible
para nuestros atrofiados oídos. En el contexto de Habacuc, las piedras gritan ante la injusticia. En el
de Jesús, y frente a la dureza de corazón y de mente de los fariseos, las
piedras tomarían el relevo de la proclamación de su realeza si callara la
aclamación de sus discípulos.
CUANDO ORES
Todos: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el
Rey de Israel!
¡Bendito
eres Tú, Jesús, Señor y Maestro nuestro,
que,
desde el seno del Padre, desde tu Cielo,
bajaste
a nuestra Tierra y abrazaste nuestra carne
para
ser la Presencia Viva de Dios
en
medio de nosotros!
¡Bendito
eres, Señor de todo lo creado,
porque
no hiciste alarde de tu categoría de Dios,
sino
que te despojaste y, por amor a nosotros,
tomaste
la condición de esclavo, pasando por uno de tantos!
¡Bendito
eres, Señor y Salvador nuestro,
que
pasaste por el mundo haciendo el bien
y
curando a muchos sus enfermedades y dolencias!
¡Bendito
eres Tú, Médico y medicina!
¡Bendito
eres Tú, Esperanza de los pobres!
¡Bendito
eres Tú, Perdón de los pecadores,
bendito
eres Tú, Luz de los que andan en
tinieblas!
¡Bendito
eres Tú, manantial para el sediento,
bendito
eres Tú, Pan vivo bajado del cielo!
¡Bendito
eres Tú, Rostro del Padre, reflejo de su Gloria e impronta de su Ser,
misericordia
hecha gesto y palabra
para
la humanidad destinada a la salvación!
¡Bendito
eres Tú, Jesús, que ahora subes a Jerusalén
y
entras aclamado como Rey poderoso
sobre
un asnillo, cabalgadura de pobres y de pacíficos!
¡Bendito
eres Tú, Rey convertido en Siervo!
¡Bendito
eres Tú, Príncipe de la Paz!
¡Bendito
eres Tú, Maestro y Dador del Amor, la Reconciliación y la Vida!
¡Bendito
eres Tú, Pan eucarístico de la Nueva Pascua
sellada
con tu Cuerpo entregado y tu Sangre derramada!
¡Bendito
eres Tú, el Divino hecho humano,
El
Grande hecho pequeño,
El
Rico convertido en pobre,
El
Fuerte convertido en débil,
El
Todopoderoso sometido a la impotencia...
...
El Bondadoso sentenciado como a un malhechor,
El
Justo condenado injustamente,
El
Amado del Padre tenido por “abandonado de Dios”,
El
Digno de adoración despreciado y crucificado!
Bendigamos,
con todo el agradecimiento del corazón, al Bendito,
hecho
maldito por amor a nosotros,
porque
maldito es el que cuelga del madero!
Fijemos
los ojos en Él,
entremos
con Él a Jerusalén
y
aprendamos su lección de amor y fidelidad.
Todos: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el
Rey de Israel!
La lectio divina contiene se vale de comentarios de Mª Pilar Casarrubios Lucas, del equipo de lectio divina de la UPComillas, y de mis propios materiales (oraciones) y comentarios.
En una aldea
de pescadores, una muchacha soltera tuvo un hijo y, tras ser vapuleada, al fin
reveló quién era el padre de la criatura: el maestro zen, que se hallaba
meditando todo el día en el templo situado a las afueras de la aldea.
Los padres
de la muchacha y un numeroso grupo de vecinos se dirigieron al templo,
interrumpieron bruscamente la meditación del maestro, censuraron su hipocresía
y le dijeron que, puesto que él era el padre de la criatura, tenía que hacer
frente a su mantenimiento y educación. El maestro respondió únicamente: “Muy
bien, muy bien…”
Cuando se
marcharon, recogió del suelo al niño y llegó a un acuerdo económico con una mujer
de la aldea para que se ocupara de la criatura, la vistiera y la alimentara.
La
reputación del maestro quedó por los suelos. Ya no se acercaba nadie a recibir
instrucción.
Al cabo de
un año de producirse esta situación, la muchacha que había tenido el niño ya no
pudo aguantar más y acabó confesando que había mentido. El padre de la criatura
era un joven que vivía en la casa de al
lado.
Los padres
de la muchacha y todos los habitantes de la aldea quedaron avergonzados.
Entonces acudieron al maestro, a pedirle perdón y a solicitar que les
devolviera el niño. Así lo hizo el maestro. Y todo lo que dijo fue: “Muy bien,
muy bien…”
¡El hombre
despierto!
¿Perder la
reputación…? No difiere demasiado de perder aquel contrato que uno estaba a
punto de firmar en sueños.
y me hago un corazón obstinado
en creer en el amor,
un corazón que late al compás
del mundo que sufre, del mundo doliente.
Hoy suelto mi mente rígida y dogmática de piedra
y me hago una mente fluida y simple,
como la de un niño,
una mente que piensa bien y se niega a etiquetar.
Hoy suelto mis miradas duras y estáticas como piedras,
y me hago una mirada comprensiva y compasiva,
mirada que penetra en los posibles porqués de los otros,
en su historia, que me es desconocida…;
mirada que va más allá de lo aparente,
mirada inclusiva,
que rescata la belleza y la bondad escondidas
en la aparente fealdad de muchas realidades.
Hoy suelto mis palabras cortantes,
mis palabras hirientes como guijarros afilados,
y me hago palabras dulces,
palabras que dicen bien, que bendicen,
palabras que acarician y no hieren.
Y me hago labios que deciden
no pronunciar juicios ni condenas,
labios que sonríen, que animan y que alientan.
Hoy suelto mis manos y mis brazos cerrados
a la ternura,
y me hago unas manos que cuidan, que sirven,
unas manos que levantan,
unas manos que sostienen,
unos brazos que abrazan sin miedo
y que estrechan lazos con lo diferente.
Hoy suelto piedras
y abro un camino,
y dejo espacio a la compasión,
La mujer adúltera, Antonio José da Silveira
(ilustración de El rostro femenino de Dios,
Benjamín González Buelta, sj)
En aquel tiempo, Jesús
se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el
templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los
fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio,
le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La
ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le
preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose,
escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y
les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E
inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron
escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con
la mujer, en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer,
¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó:
«Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no
peques más».
CUANDO LEAS
- Cuando
leas el
pasaje de Isaías, ten en cuenta el momento en que el profeta escribió
este texto tan hermoso: fue durante el tiempo en que el pueblo de Israel estaba desterrado en Babilonia, muy lejos de
su tierra y en manos de un imperio opresor (Babilonia). En esa situación,
Israel se acuerda de los tiempos pasados, de aquel episodio de su historia en
que Dios los sacó de la esclavitud de Egipto. La primera estrofa de la lectura
hace alusión al paso del Mar Rojo, cuando el Señor les preparó un camino o una
senda por el mar, que se abrió en dos para dejarles pasar. Y alude también al
desastre que sufrió el ejército egipcio en su persecución.
- Israel
recuerda aquella liberación con nostalgia, pero el profeta les dice que lo
mismo que Dios obró esas maravillas en el pasado, lo hará ahora y aún mayores.
Por eso les dice: “No recordéis lo de
antaño... mirad que hago algo nuevo. Ya está brotando, ¿no lo notáis?”.
Dios está ideando un modo de salvar a
su pueblo y conducirlo de nuevo a su tierra, a través de un desierto en
el que se abrirán caminos y quedará convertido en un manantial para dar de
beber a su pueblo. Porque para Dios
nada hay imposible.
- ¿Por
qué la liturgia habrá escogido este texto en relación al relato de Juan 8,1-11?
Se me
ocurren varias posibilidades:
- Porque alguien que carga y arrastra una antigua
identidad no deseada (porque no se ajusta a lo que realmente es, porque se ha
perdido, porque se ve arrastrado por inercias que no quiere… ) va a ser
renovado enteramente.
- Porque Dios hará “algo nuevo”, le dará un nombre
nuevo, lo hará todo nuevo en aquel ser que había perdido la frescura, la inocencia
primera, la integridad…
- Porque Dios pondrá liberación y libertad en esa situación
de esclavitud. Pondrá agua donde hay sed. Pondrá camino donde no se acierta a
ver ningún camino, mostrará una salida donde no se ve salida alguna…
Eso tienen en común Israel y la mujer adúltera.
Hay un texto de Ezequiel, mucho más duro y explícito,
que nos puede ayudar a comprender mejor la situación interior de Israel y la
mujer, y también el alcance de la actuación de Dios. Como si cuando Dios
libera, restaura y perdona…
- el viejo se volviera niño (Nicodemo…),
- la prostituta, una mujer capaz de un inmenso amor (Lc
7, 36-50),
- la adúltera, una esposa fiel,
- el discípulo que niega al Maestro, un discípulo
capaz de morir con su Maestro (Juan 21,15-19),
- el publicano ladrón, un hombre generoso y
desprendido (Lc 19,1-10),
- la mujer poseída por siete demonios, la mujer más
libre del mundo para seguir y anunciar a Jesús (Mc 16,9-11; Lc 8,2)…
Ezequiel
16, 30
30
¡Oh, qué débil era tu corazón - oráculo del Señor Yahveh - para cometer todas
estas acciones, dignas de una prostituta descarada!
31
Cuando te construías un prostíbulo a la cabecera de todo camino, cuando te
hacías una altura en todas las plazas, despreciando el salario, no eras como la
prostituta. 32 La mujer adúltera, en lugar de su marido, toma
ajenos. 33 A toda prostituta se le da un regalo. Tú, en cambio,
dabas regalos a todos tus amantes, y los atraías con mercedes para que vinieran
a ti de los alrededores y se prestasen a tus prostituciones. 34 Contigo
ha pasado en tus prostituciones al revés que con las otras mujeres; nadie
andaba solicitando detrás de ti; eras tú la que pagabas, y no se te pagaba: ¡ha
sido al revés!
35
Pues bien, prostituta, escucha la palabra de Yahveh (…)
53
Yo… te restableceré a ti… 60 …
yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré
en tu favor una alianza eterna.
61
Y tú te acordarás de tu conducta y te avergonzarás de ella (…)
62
Yo mismo restableceré mi alianza contigo, y sabrás que yo soy Yahveh, 63
para que te acuerdes y te avergüences y no oses más abrir la boca de vergüenza,
cuando yo te haya perdonado todo lo que has hecho, oráculo del Señor Yahveh.
CUANDO MEDITES
- Hoy,
tú eres Israel. ¿Qué te oprime o te esclaviza? ¿Qué te preocupa o te agobia?
¿Qué “desiertos” y “sequías” amenazan tu vida?
- Trae
a la memoria episodios de tu vida en que Dios te ha liberado, salvado,
cuidado... ¿Crees que Dios puede salvarte hoy? ¿Crees en “el Dios de los
imposibles”? ¿Crees que Dios es capaz de recrear toda la realidad, incluida
toda tu persona, librándote de tus esclavitudes?
- En el evangelio de Juan encontramos a una mujer
sorprendida en adulterio. Una vez más, como en otros casos, vemos a los
fariseos y escribas confrontados con Jesús: ellos, dispuestos a acusar, juzgar
y condenar; Él, compasivo, dispuesto a perdonar.
- Por grande que sea tu
pecado, Dios te perdona y anima a estrenar una vida nueva: “Tampoco yo te
condeno. Anda y, en adelante, no peques más”. ¿Crees que Dios perdona todas tus
culpas, por graves que sean? ¿Crees que Él te hace nuevo/a cada vez que te
equivocas, cada vez que tropiezas, cada vez que lo niegas, cada vez que haces
daño a otros, cada vez que te autoagredes, cada vez que te sientes incapaz de
amar...?
- ¿Has experimentado alguna vez cómo el perdón y la
paciencia de alguien que te ama, te han levantado de tu caída, de tu error y ha
sanado tus heridas interiores?
- ¿Cómo es tu actitud espontánea ante el prójimo: de
juicio o de misericordia?
CUANDO
ORES
1.
Salmo 103 (adaptado)
- Bendito seas, Jesús, Dios
de misericordia infinita,
imagen del Padre, encarnación
de su bondad.
Desde el fondo de mi ser te
bendigo, Señor,
y recuerdo siempre tus muchos
beneficios.
- Bendito seas Tú, que
perdonas todas mis culpas
y sanas todas mis
enfermedades.
Bendito seas Tú, que rescatas
mi vida de la infelicidad,
del desánimo y la
desesperanza,
y saturas de bienes mi
existencia.
- Bendito seas, Jesús,
misericordioso y cercano.
Como se alzan los cielos por
encima de la tierra,
así de alto e inmenso es tu
amor para con nosotros.
Tan lejos como está el
oriente del ocaso,
así alejas de nosotros todas
nuestras rebeldías.
- Como un padre y una madre
sienten ternura por sus hijos,
así sientes ternura por
nosotros,
porque Tú nos conoces
enteramente,
y sabes que somos tan
frágiles como el barro.
- Bendito seas, Jesús, el
Amigo de los niños y de los pobres,
de las mujeres, de los
enfermos y de los extranjeros,
de los extraviados y
pecadores:
Dame un corazón lleno de
compasión
para que pueda ofrecer a
otros
el mismo amor que Tú
derrochas conmigo.
- Bendito seas, Jesús, que
nos recreas y nos haces nuevos.
Como un alfarero, pones sobre
mí tus manos
y modelas mi corazón a tu
imagen
para que sea enteramente
tuyo.
Gracias porque no me juzgas,
porque me miras con bondad,
porque, como a la mujer
adúltera,
me das la oportunidad de comenzar
otra vez
y estrenar vida nueva.
2. La mujer adúltera
Mientras
enseñabas
en el primer
aire de la mañana,
un tumulto de cacería
se fue acercando excitado
por la explanada del templo.
Arrastraban a una mujer
sorprendida en adulterio
en la noche confundida (Jn 8,1-11).
¿Dónde estaba
el varón?
Mirando
desde la ley,
no había salida alguna,
y tú también estabas cercado
con la mujer encogida.
Pero el amor, cuando mira,
en las murallas de piedra
siempre descubre puertas
que se abren hacia la vida.
Con tu pausa de silencio
abriste otro universo.
Dibujabas en el suelo
como el dedo de Yahveh
en las piedras de Moisés,
y con una sola propuesta,
Desarmaste los
puños cerrados
con las piedras del crimen:
“El que esté
libre de pecado,
que tire la primera piedra”.
En
el encuentro contigo,
la mujer
liberó a los varones,
amos de la sociedad;
la condenada
liberó a los jueces,
dueños de la vida y de la muerte;
a adúltera
liberó a los justos
según las leyes del templo.
Los hombres,
los amos,
los justos,
fueron dejando caer al suelo
las piedras de la muerte
que llevaban dentro
y se alejaron en el silencio
del primer día del mundo.
La mujer,
la condenada,
la adúltera,
quedó sola y renacida
ante tu mirada creadora,
en el centro de la libertad,
estrenando el corazón
y un nuevo tiempo de vida.
Y
en ti, Jesús de Nazaret,
liberado también del cerco,
brilló
para todo el pueblo
la ternura eterna del Padre.